El maldito Barça

Foto de Israel Íñiguez publicada en El Confidencial
Foto de Israel Íñiguez publicada en El Confidencial

Cuando Coy Lahood, el mayor magnate de la  minería industrializada de la comarca desciende del tren, su hijo Josh y uno de sus hombres salen a su encuentro para acompañarle a casa tras un largo viaje a Sacramento. El hombre parece contento por como han ido las cosas en la capital y su sonrisa reluce compitiendo en plano con una ostentosa cadena de oro de la que, se intuye, pende un reloj con más oro todavía. “Y bien, ¿qué tal por Sacramento, papá?” pregunta Josh mientras se hace cargo del equipaje de mano que porta su padre. “Hijo mío, Sacramento es una ciudad maravillosa. Hay dos políticos por cada lavandería y por cada político, hay dos putas”. 

Hoy, una agrupación de socios del club presenta una moción de censura contra el presidente Sandro Rosell y sus directivos Xavier Faus, Jordi Cardoner y Josep María Bartomeu. Cansados de solicitar respuestas al club y de toparse con la callada por respuesta, los socios han optado por la única alternativa que les quedaba. Sandro Rosell y parte de la junta que preside deberán rendir cuentas por asuntos de extrema gravedad, como su censurable y sostenida relación con los violentos, representada en la vergonzante firma de un presidente del FC Barcelona junto a la de Josep Lluís Sureda,  líder histórico de Boixos Nois, en un documento escrito sobre la piel ajena de los nudillos de los violentos.

Antes de subir al carruaje, Lahood pregunta a su hijo sobre los avances para lograr que el molesto campamento minero abandone las tierras junto al arroyo. “Han surgido problemas, papá .Un misterioso jinete apareció de la nada y zurró a los muchachos“. La noticia es una puñalada a su avaricia  por lo que borra cualquier signo de sonrisa de su cara y gruñe contrariado. El lugar dónde trabajan aquellos paletos es el único rincón del valle que no le pertenece y el único filón sin agotar que puede quedarle a su imperio industrial del oro.

Llevamos solo seis meses. Nos los tenemos que ganar”, apuntaba comprensivo y conciliador un compañero de junta en 2003, ante las primeras críticas recibidas. “A ver, a ver, a ver, perdona, perdona…” Un desafiante Rosell se levantaba de su silla bruscamente, alzando la voz, airado, “ganar ya hemos ganado las elecciones que es lo que teníamos que ganar”,  replicaba molesto. “Hablo de respeto, de legitimidad, Sandro”. Hasta aquí podíamos llegar “Pues mira, macho;  ya llevamos cuatro años ganándonos el respecto así que…”  Rosell zanjaba la cuestión con un aspaviento que indicaba, muy a las claras, por dónde se podían ir a tomar los discrepantes.

Personalmente, veo difícil que prospere la moción pero el mero hecho de haberla planteado ya es un duro golpe para un presidente que aspira a someter en lugar de gobernar y que, como al villano de  “El Jinete Pálido‘,  ya habrá borrado la sonrisa de su cara al comprobar que hay quién está dispuesto a luchar. “¿Y qué tal los negocios, jefe? pregunta su empleado tratando de devolver la conversación al alegre cauce inicial ¿ha conseguido alguna ayuda en Sacramento?“. Visiblemente irritado, Coy Lahood, el todopoderoso magnate del oro, responde con el más profundo desprecio que logra arrancar a sus entrañas “el maldito Sacramento no vale ni las tetas de un mono”.   

José Antonio Acuña Rial, ‘Cruyff’.

foto de Luís Gabriel. Archivo Marca.
foto de Luís Gabriel. Archivo Marca.

A Jose Antonio Acuña Rial todos lo conocían como Chis. Era uno de aquellos jóvenes que comenzaban a fumar hachís y a experimentar con otras drogas, a finales de los setenta en Vilagarcía de Arousa. Chis era de Sanxenxo y allí, junto a otros amigos de Las Palmeras como los Chiruca o Chenano, montaron el pub Siete Colinas que se convirtió en el epicentro del verano en ambas rías, la de Pontevedra y la de Arousa, espacio de libertad y modernidad en la Galicia asfixiante y atrasada de entonces. De Chis, uno de los pioneros en bajar al sur para aprovisionarse de chocolate, se enamoró una joven arousana de nombre Adelaida que abandonó el hogar familiar y se fue a vivir con él.

Raúl Caneda, a quien Guardiola define como “un cerebro futbolístico privilegiado, del que he tenido la oportunidad de aprender“,  insiste en que todo empieza con Johan, con el holandés. A Raúl, los debates sobre estilos y modelos le aburren y simplifica “puedes hacer dos cosas; intentar ser mejor que el contrario o intentar que el contrario sea peor que tú. Crear o destruir, no hay más.“sentencia Raúl. Le aprieto respondiendo que la crítica antepone lo práctico a lo estético, que la gente quiere, ante todo, ganar. “¿Y quién ha ganado más en tu Barça que Cruyff y Guardiola?¿no es práctico, eso? Ah no, que lo práctico es Emerson y Diarrá, cierto“. Sonríe.

Una tarde, mientras Adelaida, Chis y los demás se entretenían fumando costo y charlando en casa de este, se presentó el padre de la joven, acompañado por el inspector de la Policía Local. Venían a llevarse a la chica y además, amenazaban a los demás con una denuncia por corrupción de menores. “No me voy. Tengo 18 años y anteayer se aprobó la mayoría de edad”. La chica era Adelaida Charlín. Con el tiempo, sus hermanos, Melchor y Manuel se unían a la pandilla del porro y rápidamente olfateaban el negocio que se presentaba ante ellos. Los dos jóvenes convencieron a su padre de lo beneficioso de cambiar el Winston de batea por las nuevas sustancias y como contaba Manuel  Jabois,  en su memorable artículo  Las patas machacadas de la nécora, entre los años 1991 y 1995 “el clan Charlín ya ganaba más de 400 millones de pesetas sólo en loterías y quinielas”.

Raúl está convencido de que se acabará imponiendo la idea de Cruyff, la necesidad de tener la pelota para jugar bien. El día que esto suceda, los que hoy desprecian al holandés y lo señalan como verdadero corruptor del alma culé, se morderán entre sí por izar la bandera de la nueva modernidad y venderla por fascículos. Raúl Caneda, que es de O Grove, te habla de lo que está por venir con la misma seguridad serena de aquel otro pionero, natural de Cambados que a finales de los setenta compartía partidas de cartas con la Guardia Civil, mientras se fumaba su canuto de hachís, en el bar Peñóns. “A ver cuándo coño vas a cambiar de tabaco, mira que es fuerte” protestaba el agente “Tranquilo, sargento, ya se irá acostumbrando, es tabaco holandés”.

El error

foto de La Vanguardia

Gerardo Martino ha vuelto a regalarnos una rueda de prensa opiácea y muy alejada de la sensatez aparente, plena de estadísticas adormecedoras y ejemplos de salón. Cada vez que el Tata nombra a Rafa Márquez, se abre una ventana al pasado por la que me asalta un recuerdo de infancia, de juventud o incluso ajeno, como un resorte . Son esas anécdotas que nadie escribe ni lee pero nunca se olvidan. Las leyendas que cada aldea conserva sabedora de que sin ellas seguirían en el mismo sitio pero serían distinto pueblo. En el caso de mi pequeño  Campelo, os contos como los llamamos, casi siempre tienen que ver con marineros, normalmente borrachos y puteros, lo cual me llevó a creer desde rapaz que, el camino más corto a la eternidad, comenzaba en la barra del Otilio y terminaba en la del Cachas locas, con el último chavo de la marea enterrado por debajo de cualquier ombligo.

Jacinto Márquez, Sintito, era marinero del Mari Cruz. Había salido el viernes del Otilio, bien vestido, perfectamente afeitado y demasiado perfumado, como era habitual. Las tres copas de whisky antes de las cuatro de la tarde, aventuraban un fin de semana épico y Sintito cumplió las expectativas. Al lunes siguiente, mientras el Mari Cruz repostaba gas oil en Portonovo y el resto de la tripulación tomaba la última antes de salir a faenar, el pequeño de los Márquez apareció en el bar de la lonja, destrozado por el duro fin de semana y movido por instinto o quizás, solo por algo de sed . La camisa, sin un solo botón y llena de jirones, indicaba un claro forcejeo. Los arañazos de la cara, una mujer y el calibre de la borrachera auguraba muy pocas explicaciones. Al ver a su patrón y compañeros lo intentó. “Eu, eu… ¿non sabes?. Que filla de puta...” farfulló.  Jesús, el capitán del pesquero, se levantó de la mesa, lo agarró por un brazo y lo sacó del local casi a rastras “pasa a dormir al barco, borrachón, que eres un borrachón” lo despachó Xaino, que así es como llamaban todos a Jesús. El patrón era un tipo pétreo, abstemio, bajito y con muy mala manera de explicar las cosas por segunda vez.

El Tata, que no es de Campelo pero que también tiene derecho a aspirar a su cuota de eternidad, aterrizó en Barcelona este verano procedente de Rosario con el reto de entrenar al equipo dominante del fútbol europeo en los últimos años. Sus buenas palabras iniciales, llenas de admiración y continuismo se han tornado en hechos que, como mínimo, resultan contradictorios con lo que pregona. Alguien debería de explicarle a Martino que no se trata de datos de posesión, ni de pases largos ni de la nacionalidad del entrenador. Que sepa que antes de tener una idea, un modelo y un sello, el Barça transitaba por la medianía del fútbol mundial y peleaba con el Atleti aunque creyese hacerlo con el Real, siempre con un técnico argumentando, mejor o peor, aquella mediocridad. El aficionado culé se ha acostumbrado a ganar y ha visto lograrlo con unas señas de identidad muy claras. No vale ampararse, tampoco, en que no es posible volver a lograr la perfección. Nadie la exige. Pero se lo hemos visto hacer a Thiago, Fontás, Soriano y Muniesa a las órdenes de Luis Enrique en el B. Lo hemos visto en el maravilloso juvenil de Óscar García y hasta en los niños que mandamos al torneo de Brunete. Que alguien le diga al Tata que, tratando con tan poco respeto  y consideración al soci culé, esgrimiendo cuatro datos sesgados y comparativos con los de épocas gloriosas, para afianzar su mentira, se equivoca completamente.

Sobre las cuatro de la mañana y ya cerca de Sálvora, la radio del Mari Cruz despertaba a Jesús que echaba una cabezada mientras su hijo Susito tripulaba el barco. “Aquí, Pacucho, del Rincha. ¿Está Xaino, del Mari Cruz por ahí?. Cambio.” Jesús agarró el aparato y respondió presto “Aquí Xaino, ¿hay algo por ahí, veciño?. Cambio“. Entre vecinos, no era normal compartir las manchas de pescado pero la esperanza es lo último que se pierde, sobre todo a bordo de un pesquero. “Algo hay,  Jesusiño; tengo un calamar de 90 kilos para ti” respondió el otro patrón. La respuesta dejó un tanto descolocado a Jesús, que no podía creerse que un calamar pudiese llegar a los 90 kilos ni  mucho menos que Pacucho fuese a dárselo. De repente, los ojos se le encendieron en llamas, apretó los puños y saltó como un resorte del asiento. Recorrió la cubierta del barco, camino del camastro y al levantar la trampilla, vio que estaba vacío. Sintito se había equivocado de barco.

Yo siempre he sido partidario de que, a los equivocados, ya sea de barco, de club o de profesión, se nos debe brindar una segunda o incluso tercera oportunidad para ver si algún día, por fin, damos en el clavo. Yo confío que entre los jugadores y algún buen amigo que el Tata se pueda ir granjeando en Barcelona, le puedan ir sacando de su de error que, aunque no lo diga nadie todavía, es pensar que el método con el que ganó una liga con Newell´s mejora al que el Barça ha utilizado para deslumbrar al mundo y ser dominante en el fútbol europeo durante 20 años, algo que defendería hasta Mourinho. Encerrarse atrás ganando 2-0 al Rayo no puede ser enriquecedor por mucho polo avecrem que le vistamos. Este club, comenzando por su fábrica de jugadores, no está preparado para sus alternativas de choque y segundas jugadas. Y suerte tiene Martino de cometer su error a bordo del Barça y no del Rincha o el Mari Cruz como Sintito Márquez. Al darse cuenta  Jesús de que el calamar que le ofrecían era en realidad su  extraviado marinero, se dirigió al galope al puente, fuera de sí, cogió el aparato de radio y gritó “Tira con él ao mar, tira con él ao mar!!“.