foto de La Vanguardia

Gerardo Martino ha vuelto a regalarnos una rueda de prensa opiácea y muy alejada de la sensatez aparente, plena de estadísticas adormecedoras y ejemplos de salón. Cada vez que el Tata nombra a Rafa Márquez, se abre una ventana al pasado por la que me asalta un recuerdo de infancia, de juventud o incluso ajeno, como un resorte . Son esas anécdotas que nadie escribe ni lee pero nunca se olvidan. Las leyendas que cada aldea conserva sabedora de que sin ellas seguirían en el mismo sitio pero serían distinto pueblo. En el caso de mi pequeño  Campelo, os contos como los llamamos, casi siempre tienen que ver con marineros, normalmente borrachos y puteros, lo cual me llevó a creer desde rapaz que, el camino más corto a la eternidad, comenzaba en la barra del Otilio y terminaba en la del Cachas locas, con el último chavo de la marea enterrado por debajo de cualquier ombligo.

Jacinto Márquez, Sintito, era marinero del Mari Cruz. Había salido el viernes del Otilio, bien vestido, perfectamente afeitado y demasiado perfumado, como era habitual. Las tres copas de whisky antes de las cuatro de la tarde, aventuraban un fin de semana épico y Sintito cumplió las expectativas. Al lunes siguiente, mientras el Mari Cruz repostaba gas oil en Portonovo y el resto de la tripulación tomaba la última antes de salir a faenar, el pequeño de los Márquez apareció en el bar de la lonja, destrozado por el duro fin de semana y movido por instinto o quizás, solo por algo de sed . La camisa, sin un solo botón y llena de jirones, indicaba un claro forcejeo. Los arañazos de la cara, una mujer y el calibre de la borrachera auguraba muy pocas explicaciones. Al ver a su patrón y compañeros lo intentó. “Eu, eu… ¿non sabes?. Que filla de puta...” farfulló.  Jesús, el capitán del pesquero, se levantó de la mesa, lo agarró por un brazo y lo sacó del local casi a rastras “pasa a dormir al barco, borrachón, que eres un borrachón” lo despachó Xaino, que así es como llamaban todos a Jesús. El patrón era un tipo pétreo, abstemio, bajito y con muy mala manera de explicar las cosas por segunda vez.

El Tata, que no es de Campelo pero que también tiene derecho a aspirar a su cuota de eternidad, aterrizó en Barcelona este verano procedente de Rosario con el reto de entrenar al equipo dominante del fútbol europeo en los últimos años. Sus buenas palabras iniciales, llenas de admiración y continuismo se han tornado en hechos que, como mínimo, resultan contradictorios con lo que pregona. Alguien debería de explicarle a Martino que no se trata de datos de posesión, ni de pases largos ni de la nacionalidad del entrenador. Que sepa que antes de tener una idea, un modelo y un sello, el Barça transitaba por la medianía del fútbol mundial y peleaba con el Atleti aunque creyese hacerlo con el Real, siempre con un técnico argumentando, mejor o peor, aquella mediocridad. El aficionado culé se ha acostumbrado a ganar y ha visto lograrlo con unas señas de identidad muy claras. No vale ampararse, tampoco, en que no es posible volver a lograr la perfección. Nadie la exige. Pero se lo hemos visto hacer a Thiago, Fontás, Soriano y Muniesa a las órdenes de Luis Enrique en el B. Lo hemos visto en el maravilloso juvenil de Óscar García y hasta en los niños que mandamos al torneo de Brunete. Que alguien le diga al Tata que, tratando con tan poco respeto  y consideración al soci culé, esgrimiendo cuatro datos sesgados y comparativos con los de épocas gloriosas, para afianzar su mentira, se equivoca completamente.

Sobre las cuatro de la mañana y ya cerca de Sálvora, la radio del Mari Cruz despertaba a Jesús que echaba una cabezada mientras su hijo Susito tripulaba el barco. “Aquí, Pacucho, del Rincha. ¿Está Xaino, del Mari Cruz por ahí?. Cambio.” Jesús agarró el aparato y respondió presto “Aquí Xaino, ¿hay algo por ahí, veciño?. Cambio“. Entre vecinos, no era normal compartir las manchas de pescado pero la esperanza es lo último que se pierde, sobre todo a bordo de un pesquero. “Algo hay,  Jesusiño; tengo un calamar de 90 kilos para ti” respondió el otro patrón. La respuesta dejó un tanto descolocado a Jesús, que no podía creerse que un calamar pudiese llegar a los 90 kilos ni  mucho menos que Pacucho fuese a dárselo. De repente, los ojos se le encendieron en llamas, apretó los puños y saltó como un resorte del asiento. Recorrió la cubierta del barco, camino del camastro y al levantar la trampilla, vio que estaba vacío. Sintito se había equivocado de barco.

Yo siempre he sido partidario de que, a los equivocados, ya sea de barco, de club o de profesión, se nos debe brindar una segunda o incluso tercera oportunidad para ver si algún día, por fin, damos en el clavo. Yo confío que entre los jugadores y algún buen amigo que el Tata se pueda ir granjeando en Barcelona, le puedan ir sacando de su de error que, aunque no lo diga nadie todavía, es pensar que el método con el que ganó una liga con Newell´s mejora al que el Barça ha utilizado para deslumbrar al mundo y ser dominante en el fútbol europeo durante 20 años, algo que defendería hasta Mourinho. Encerrarse atrás ganando 2-0 al Rayo no puede ser enriquecedor por mucho polo avecrem que le vistamos. Este club, comenzando por su fábrica de jugadores, no está preparado para sus alternativas de choque y segundas jugadas. Y suerte tiene Martino de cometer su error a bordo del Barça y no del Rincha o el Mari Cruz como Sintito Márquez. Al darse cuenta  Jesús de que el calamar que le ofrecían era en realidad su  extraviado marinero, se dirigió al galope al puente, fuera de sí, cogió el aparato de radio y gritó “Tira con él ao mar, tira con él ao mar!!“.

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