Cantinfleando

420-Cantinflas-esp.imgcache.rev1311365964163aarp.org

Desde que la mano incorrupta de Guardiola nos soltó para que comenzásemos a caminar solos, los barcelonistas deambulamos un tanto desamparados, de aquí para allá, a merced de cualquier embaucador con medio discurso y un mundo gratuito de drogas de portada al alcance de nuestras pequeñas manos culés. Pese a la insistencia atronadora de las fanfarrias que pregonan a diario que nada ha cambiado y que seguimos conformando el mascarón de proa de la vanguardia futbolística, lo cierto es que, cada vez, se escuchan más voces por todo el mundo que anuncian que el Barça ha dejado de ser equipo admirado por único para convertirse en vulgar ejemplo de la mediocridad reinante mientras se cuestionan, con el ceño fruncido y la ceja levantada, qué tipo de asado es este que Martino se atreve a presentar como si se tratase de la receta original del sigasaga con, apenas, un suave aliño criollo.

Y esta carne ¿de qué es?

De gallina

¿De gallina? A mi se me hace que le echaron otra cosa que no es gallina…

Martino está cometiendo un error garrafal al insistir en que no pretende cambiar nada y presentarnos, partido tras partido, una excusa y un argumento para tratar de convencernos de una similitud imposible. Como entrenador y primer responsable tiene todo el derecho a tomar las decisiones que estime oportunas, faltaría más pero, a lo que no tiene tanto derecho es a tratar de engañar al socio y abonado. Por mucho que insista Don Gerardo en que se trata de la polla blaugrana de siempre, incluso los más entregados devotos del rosarino han percibido ya el característico sabor de la carne de caballo.

Bueno… tiene un poquito de carne de caballo

Un poquito como cuánto…

Mita y mita; tiene medio caballo y media gallina.

Medio caballo es mucho caballo, me van a perdonar. Para los que nos resistimos a romper el carnet que acredita nuestro peculiar ADN de tiquitaqueros blandurrios, creyentes devotos del pase horizontal y la paciencia infinita, ver a Song sustituyendo a Iniesta y entregando el control del partido al pavero Madrid de Ancelotti, fue como encontrarnos la cabeza del equino ya no en la cama, si no en la sopa, como una mosca gigante con los ojos como puños y la lengua desparramada sobre el mantel. El horror tiene muchas caras y para un culé que se precie de haber formado parte de algo sublime y elevado, dicho horror debe asemejarse al rostro del camerunés corriendo a un lado y a otro del campo, esforzado en la lucha y sudoroso de tanto achicar espacios y despejar balones, otrora pecado mortal tan propio de portugueses y demás pueblos bárbaros que todavía no adoraban al redondo y verdadero dios; el balón.

A mi la carne de caballo no me gusta; es muy pesada!

Pero este es caballo de carreras…

Ah, bueno. Pues entonces sí.

Así me gusta. ¿Y con qué va a acompañar? ¿agüita, vino, cervecita?.

Así estamos, a estas alturas de la película. Con la certeza de que ya todo el restaurante sabe que es carne de caballo pero con la seguridad absoluta de que nadie protestará mientras se sirva de manera gratuita, tenga buena presencia y no nos muestren la cabeza cortada del animal. Mientras tanto, Martino continuará cantinfleando, que es el arte de hablar mucho y no decir nada, mientras gana tiempo para seguir vulgarizando un sueño y ajustándolo a la corta talla de unos dirigentes que le señalarán como culpable de los cristales rotos a final de temporada o cuando sea menester. Al fin y al cabo, si hay un chascarrillo de Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes que todo el mundo conoce es aquel que popularizó con su película de 1941El gendarme desconocido” y en la que un entrañable Cantinflas repetía sin cesar algo así como “a sus ordenes, jefe!”.

El clásico derbi

derbiclasico (2)

A los de provincias, y perdonen si levanto demasiado la voz, nos deben una explicación; ¿qué carallo es eso de ‘El Clásico’? Entiendo y respeto que, ustedes que tienen de todo, tengan también su ración de duelo fratricida con cierta solera y trascendencia mediática, de ahí la necesidad de ampliar el abanico de marcas con proyección y vendernos el nuevo apodo con pretendido y pretencioso lirismo. Pero sepan ustedes que, por insistentes que se pongan con sus periódicos, sus radios y sus canales de televisión, en Campelo, como en otros tantos pueblos y pequeñas ciudades de España y medio mundo, lo del sábado seguirá siendo ‘El Derbi’, mal que les pese.

Un Barça-Madrid es el único partido capaz de desatar la sinrazón entre familiares o allegados que, pese a todo y al final del camino, se velarán unos a otros en la más respetuosa intimidad y apesadumbrados, entre copas de aguardiente y empanada. Si se fijan en la letra pequeña que acompaña, el Clásico es poco más que una guerra de fogueo entre ambiciosas metrópolis con enormes cuentas de explotación mientras que, el Derbi, define la lucha fratricida que se instala junto al corazón de los hombres y mujeres de cualquier aldea, ya sea Vilardebós o Valladolid y va más allá del mero resultado de un partido; un verdadero asunto de honor. Un Derbi es un padre que no permite regresar al hogar a su hijo mientras no se arrodille y bese un felpudo con el escudo del Madrid o ese hermano que revienta una luna al coche recién estrenado del mayor para orinar sobre su cazadora merengue de licencia oficial. Incluso aquella madre que arruina con la plancha la blaugrana de su Rafiña, olor a chamusquina de alma negra y ultrasur, prueba que el nuevo concepto no basta para definir la verdadera trascendencia que alcanza, fuera de sus propias ciudades, el partido de partidos.

Rezuman más literatura las manchas de tabaco en la madera de cualquier taberna de pueblo que la nueva denominación de origen de los Barça-Madrid. Lo más parecido a un literato que tenemos en Campelo es Serafín el Fijo, pregonero actualizado al volante de su viejo Lada Niva, micrófono en mano y unos enormes altavoces repintados con brocha sobre el roído techo del 4×4. Un mito inalcanzable para ciertos periodistas con ínfulas que tratan de renombrar el Derbi de siempre con semejante plumaje. Un par de veces al año, entre fragmentos de ‘El negro no puede‘, el bueno del Fijo nos regala los oídos y la imaginación con un, este sí, verdadero Clásico. Subiendo la cuesta del muelle y después de que Georgie Dann desvele que los problemas del muchacho son de insomnio, Serafín se aclara la voz, corta la música y anuncia al respetable con perfecta entonación radiofónica: “El próximo domingo, en el estadio municipal de A Seca y a las cinco de la tarde, duelo de máxima rivalidad entre la S.C.D Campelo y S.C.D Campañó. Habrá pelea, como de costumbre“.

Foto publicada en Taringa

España tiene un nuevo rey

20243_la-reina-sofia-celebra-el-gol-de-puyol (2)

En Julio de 2010, los californianos Faith no More recogían los aplausos de un público totalmente entregado, tras su poderosa interpretación de The gentle art of making enemies, lo que aproveché para entablar conversación con dos chicas que me sonreían hacía un buen rato, de manera ostensible y sorprendente. Las muchachas resultaron ser polacas, muy agradables y dicharacheras, por cierto, pero imposibles de asumir. Sobre el escenario, con el pelo engominado, su bigote francés y la camisa de seda, Mike Patton tomaba la palabra y reclamaba nuevamente mi atención, distraída todavía con aquel Piolín polaco tatuado sobre un pecho de impresión. “España tiene un nuevo rey“, anunció Patton en un correcto castellano.

También por aquellos días de Julio, en las entrañas del Moses Mabhida de Durban, la reina Doña Sofía aplaudía febril al héroe de las semifinales, que la saludaba con el pelo mojado, el pecho descubierto y una toalla a la cintura, hercúleo gladiador. Solo bajo aquella toalla blanca somos capaces de atisbar la verdadera capitanía de la selección nacional, representada en público por un muchacho que confundió la grandeza con el hecho de besar a su novia, en directo y para más de 160 países. “No hay grandeza en quién quiere engrandecerse decía Paul Éluard. Con Abidal alzando la Champions al cielo de Londres, el gesto del capitán trasciende más allá que la propia fotografía y lo embarca para siempre en la leyenda del deporte, ejemplo para generaciones venideras.

El juego permanece parado, a dos minutos de que se cumplan los noventa reglamentarios. La falta ha sido tan grosera que a Undiano Mallenco no le queda otra que pitarla, mal que le pese. “Es falta, Sergio le dice a Ramos acompañando sus palabras con gesto contrariado, “tengo que pitarla”. A un metro, y pese a que la falta es a favor, un defensa blaugrana vigila el balón como un ludópata vigila la máquina mientras pide cambio en la barra, atento al típico espabilado que espera, agazapado, a que la engorden de perras para llevarse el especial con una sola moneda. Por su espalda se acerca Piqué que le abraza y le hace una confidencia al oído, divertida, a juzgar por la sonrisa que luce el hijo del escritor. Visiblemente molesto, el capitán se revuelve y lo aparta de forma brusca, sin un atisbo de divertimento en la mirada.

– Déjate de hostias y estate atento, collóns!

– Pero si ganamos dos a seis y estamos en el descuento. A ver…

– Ni a ver, ni nada. Tú atento hasta que el árbitro pite final, que nos conocemos!

De vuelta a Julio de 2010, dos días después de derrotar a la potente Alemania y meternos en la final de la Copa del Mundo de Sudáfrica, más de 20.000 personas esperaban a que Mike Patton desvelase el misterio, mientras un acorde lejano de guitarra  anticipaba el inicio de “King for a Day“, y grandes cortinas de seda y cañones de luz teñían el escenario de rojo y azul. Las polacas seguían sonriéndome y yo, todavía desinformado sobre sus verdaderas intenciones, me bebí el resto de la copa por lo que pudiese pasar, a partir de ahí. “España tiene un nuevo rey” repitió el californiano, antes de mirar al cielo de Madrid, alzar su mano y proclamar solemne: “Su nombre es Carles Puyol”. Cuando bajé el puño, las polacas ya habían desaparecido, al igual que mi cartera, lo que me hizo desear con toda mi alma que comenzase a sonar, lo más atronadora posible, aquella tan buena de “Surprise! You’re dead.

Que paguen los niños

BWJBBseIIAA5rOYpolicianiñosdesnudos

Al Barça de las familias le sobran los niños, vaya por dios. De pedirles que canten se ha pasado a exigirles que paguen, amparados en una supuesta ley que obliga a todo bicho viviente, sea cual sea su edad, a presentar una entrada y ocupar localidad propia en el Estadi para prevenir posibles riesgos ante eventuales excesos de aforo. “No quiero que se diga que Sandro ha matado un niño“, dramatiza y concluye el President. No se a ustedes pero a mi me sobran leyes. Desconozco si esto es habitual en otros países pero tengo la impresión de que, en España, nacen más leyes que niños y en eso no miren a Galicia, disculpen, que bastante hacemos con saltarnos las que podemos y poner nuestro semen, reconocido en los más cualificados estudios independientes por su excelente calidad, al servicio de la demografía nacional.

Por lo pronto, yo no puedo más que celebrar que alguien haya levantado esa liebre. Ya está bien de tanta dictadura costumbrista y de tanto gorroneo infantil. La semana pasada, mientras mataba la tarde en el restaurante familiar, apareció Doña Concha para confirmar el número de invitados al bautizo de su primer nieto y advertir que asistiría “otro miniño, el hijo de Adelita” del que no pretendía pagar el plato, claro estaba, como reza la vieja costumbre. “La criaturiña tiene solo seis años, ya me dirás; no hizo ni la primera comunión”. Tragué saliva. El verano anterior, en otro banquete, el angelito de Adela se había zampado un plato de cigalas, otro de langostinos, dos trozos de rodaballo y un solomillo sin pestañear, el muy cabrón. Con cinco años ya era un morlaco formidable de casi cincuenta kilos, todavía sin las astas características pero apuntando, ya, la misma nobleza que el padre para seguir el engaño. “Tarta no le traigas que está muy gordiño y no le conviene. Si eso, un yogur… Pero desnatado, ¿eh?; si no, no”, me había dicho Adela con su mejor entonación, tratando de demostrarme aquella supuesta madurez que, según su versión, nos había separado hacía ya mucho tiempo.

Personalmente, no soy muy miniñeiro por la sencilla razón de que me dificultan en exceso la labor de hacerme pasar por uno de ellos, en eso sí tenía razón Adela. Trato de retrasar el proceso de maduración enrocado en recuerdos infantiles de mañanas azules y fútbol en la playa o aquellas tardes rojas en que entrábamos desnudos a la finca de Rosalía, a robar fruta y provocar su ira moralista con nuestras pichiñas y culos al aire, mientras nos perseguía con la vara de azuzar a los bueyes y amenazaba furiosa “os conozco a todos; vais a ir a vuestras madres!”. Lo que venía después, fue reforzando mi idea de que había cierto olor a podredumbre en aquella madurez de los adultos, aquella pamplina que terminaba con Rosalía saliendo por la puerta del bar de mis abuelos, con un cuartillo de aguardiente tostada bajo el brazo y 200 pesetas en el mandil, indignada pero bien servida. “Dios dirá si son inocentes pero, a mi, el apuro y la fruta se me pagan”.

Fotografía de archivo de @History_Pics

Messi

Archivo La Voz de Galicia
Archivo La Voz de Galicia

Decía Beethoven que “el genio se compone de un dos por ciento de talento y un noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación“. A Pedro, mariscador de a bordo de la Cofradía San Telmo de Pontevedra y vecino de Lourido, todos le llaman Messi para distinguirlo como indiscutible número uno de la profesión con un profundo y sincero respeto, verdadera admiración y la dosis mínima de sorna que exige un gremio acostumbrado a sufrir y combatir las calamidades con chutes continuados de sana retranca.

Desde que la Xunta de Galicia acotase las capturas diarias por especie, Messi no ha dejado de desembarcar en el muelle ni una sola marea con todas y cada una de las diferentes cuotas completadas e incluso rebasadas, para alegría de los coyotes de mar que esperan, junto a las básculas, algún sobrante ajeno. Mi amigo Pau, mariscador mortal, sabe de la dificultad que eso entraña pues apenas alcanza a ser genio un día por semana. En cambio, Messi “es Maradona todos los días“, ya lo dijo Valdano, y su perseverancia arroja números incomparables con los de cualquier otro aspirante que sueñe siquiera acercarse a su trono de dictador amable. “Yo, el día que completo todas las cuotas, pido champán y hago el amor a mi señora como si fuera la primera y última vez en mucho tiempo”, me cuenta Pau.

En cierta ocasión, recogiendo unos pedidos en la lonja, vi entrar a Messi cargado con varios sacos de moluscos y su eterna sonrisa, ingenua hasta despertar ternura, casi caridad. Los allí presentes calcularon, a ojo, otra triunfal marea y comenzaron a corear un “Messi, Messi, Messi” que sonó atronador amplificado por el eco en el recinto. “¿De qué planeta viniste?” le gritaba Pau, que aplaudía y vitoreaba entregado. En lugar de besar bebés y firmar los muslos de toda la asociación de mariscadoras como habría hecho yo en su lugar, él se rascó el cogote con la mano que llevaba libre mientras reclamaba apurado “no me llaméis Messi, joder“, totalmente sobrepasado por el espontáneo tributo y yo me acordé de aquello que decía mi abuelo de coser la gloria con hilo de humildad.

A Pedro no lo patrocinan las grandes marcas aunque vista con camisetas de Yamaha que le regala su mecánico motorista. No se llenan estadios para verle, no tiene una fundación con la que desgravar ni es imagen perseguida por políticos para hacerse fotos. Es solo uno de esos genios que no se conformó con el dos por ciento que le concedió la genética y pelea día a día por cada palmo del noventa y ocho por ciento restante. Messi, el mariscador anteriormente conocido como Pedro no se considera un genio y solo trata de ser un buen marido, lo que según Balzac, a quién nunca ha leído ni falta que le hace, lo confirma como ambas cosas. Y todavía quedará alguno que le exija un mundial…

O Rei

neymarelvis

El 5 de Junio de 1956, Elvis Presley aparecía por segunda vez en el Milton Berle Show, programa que la NBC emitía desde sus estudios en Burbank, a las afueras de Los Ángeles. Entre bastidores y a poco de comenzar su actuación, el propio Berle se acercó a Elvis y le animó a actuar sin su guitarra, liberado para dar rienda suelta a toda su expresividad sobre el escenario. “Deja que todos te vean, hijo“. El terremoto que provocó aquella actuación pronto desembocaría en auténtica alarma social. Al día siguiente, el crítico televisivo del New York Times, Jack Gould apuntaba que “una de sus especialidades es un acentuado movimiento que imita, en forma primaria, el repertorio de las rubias explosivas de las pasarelas de cabaret“. En otra de las cabeceras neoyorquinas, la del Daily News, Ben Gross continuaba la línea despectiva de su colega  “Elvis llevó a cabo una exhibición sugestiva y vulgar, teñida de unos niveles de salvajismo que deberían ser exclusivos de los prostíbulos” demostrando, en mi opinión, una cierta fijación de los críticos moralistas de la costa este por los locales de alterne.

Neymar Da Silva Santos Junior es un futbolista diferente y los demás lo saben. Es una ley de patio de colegio, campo de gravilla o estadio cinco estrellas; todos reconocen inmediatamente al bueno. Los rivales se sienten desamparados y en inferioridad cuando salen a su encuentro, cargados de resignación y malas intenciones ante su incapacidad para siquiera estorbar al astro más allá de la propia inspiración de este y lo dejan patente en sus rostros, desencajados por la frustración y el sufrimiento. La facilidad de Neymar para desarmar contrarios está comenzando a crear cierta alarma social en el mundillo de los entrenadores de la vieja escuela que ven como sus hombres se derrumban antes los movimientos de pelvis del carioca como auténticas adolescentes quebradizas, abocando sus planteamientos a una suerte de samba que ni conocen ni pretender bailar. Por eso empiezan a surgir las primeras voces alertando de las malas artes del brasileño y reclamando castigos para su conducta inmoral, “por la gracia de Dios”.

Sus acciones y movimientos buscan avivar las pasiones sexuales de los adolescentes y los indicadores del daño que Presley hizo en La Crosse son las dos niñas de secundaria en cuyos muslos se pueden ver sus autógrafos”. De esta manera definía el diario de la congregación católica de La Crosse, entonces dirigido por John Edgar Hoover, la actuación de Elvis en la villa que daba nombre al condado y dónde sufrió el asalto a su camerino por parte de un par de miles de adolescentes desbocadas. Imagino que es así como deben sentirse los entrenadores corajudos como JIM, al entrar al vestuario y descubrir a alguno de sus fornidos muchachos guardando con mimo la camiseta del brasileño o escuchándoles suspirar en la ducha cómo casi logran rozarle en aquella jugada. “Definitivamente, Elvis Presley es un peligro para la seguridad de los Estados Unidos”, concluía la citada hoja parroquial. El diario Marca, que también tiene su punto parroquial, no me lo negarán, avisaba ayer del peligro y la inmoralidad latente del carioca. Parió la abuela.

La violencia es el único recurso que algunos conocen para competir contra el talento y esto es lo que busca esta campaña de tintes moralistas que comenzó con el resignado técnico del Celtic y ha desembocado con el mismísimo Mourinho en el centro de la escena, quizás animado por la reaparición de Mario Gotze tras el supuesto teatrillo con Ramires denunciado en Praga y que acabó con el alemán en el quirófano. Atribuirle cierta fama de mal deportista y peor compañero se antoja básico para que los colegiados consientan su caza con manga ancha y mira estrecha mientras esa logia de entrenadores de élite que se dedican solo a demoler la propuesta rival mantienen el estatus de su mentira, al menos una década más, aplaudidos por la crítica especializada.

“Antes de Elvis no había nada” aseveró Roberto Bolaño a Mónica Marestain en una entrevista en la que esta le dio a elegir entre el propio Elvis, John Lennon y Lady Di. Antes de Neymar Da Silva Santos Junior, es posible que tampoco hubiese nada, aunque lo pareciese. Larga vida a O Rei.

El agente del caos

Foto publicada en blogdecine.com
Foto publicada en blogdecine.com

Hay algo diferente en el modo de jugar de Andrés Iniesta en los últimos tiempos o quizás siempre estuvo ahí y yo no acerté nunca a vislumbrarlo, no lo se. Es apenas una mueca, una suerte de gesto en que sonríe sin sonreír, tirando de los músculos de la cara hacia atrás para abrir la boca, casi forzándola  y dejando ver sus dos hileras de pequeños dientes blancos, entre divertido y peligroso, muy cercano a la demencia. Suele recurrir a ella, las más de las veces, cuando se queda a las puertas del gol pero sabe que acaba de destrozar moralmente al gremio de defensas para el resto del partido y que el portero solo piensa ya en llamar cuanto antes a la familia para poder despedirse de los niños con, al menos, un mínimo de dignidad.

“¿De verdad tengo pinta de tener un plan?”. La telaraña urdida por Neill Lennon se teje sobre el manchego, con Ambrose, Van Dijk, Jones y Matthews formando las cuatro esquinas de una jaula con la que pretenden encerrarle mientras los observa pensativo. “Ellos maquinan. Maquinan para controlar sus pequeños mundos”. Con pasos cortos, comienza a acercarse a una pelota que Neymar retiene en la banda, a la espera de una señal. Está a solo a unos metros y la reclama con un leve gesto. Ya la tiene. “Yo no maquino, solo intento demostrarles a los que maquinan lo patético que es que intenten controlarlo todo”. La pisa, se gira y cambia el ritmo. A su alrededor, tres rostros desencajados bufan en esfuerzo hercúleo por llegar hasta él, ya en el pico del área pequeña. Ambrose, el fornido nigeriano, ve su oportunidad y se lanza a desbaratar la jugada. Un suave toque frustra sus intenciones, “los que maquinan son los que te han hecho esto” parece decir la última mirada que le dedica al africano, al que la pelota se le cuela entre las piernas mientras sus ojos rompen en sanguinolentos ríos de pánico. “Tú maquinabas, hacías planes y mira como has acabado” escucha en su cabeza mientras sus manos de ébano se estiran tratando de alcanzar una suerte que ya está echada. Aquello no estaba en el guión. Todo fluía tranquilo y bajo control hasta aquel preciso instante, nada se salía de lo aparentemente lógico y normal. “Yo solo he hecho lo que mejor se hacer, he cogido vuestro plan y le he dado la vuelta. A nadie le entra el pánico cuando todo va según lo previsto, aunque lo previsto sea terrible” les revela justo antes de asestar el golpe definitivo mientras el portero, previamente confesado, solicita una mano divina a su católico cielo o una última cena, en su defecto. Todo parece perdido ya cuando el holandés Van Dijk, empujado por la divina providencia reclamada por Forster, se lanza al suelo y consigue que todo termine en un simple saque de esquina. O quizás no tan simple. Todos respiran aliviados y se miran entre si buscando respuestas que les ayuden a comprender lo que acaban de sufrir. El sudor del miedo se entremezcla con el propio del esfuerzo físico y al mirar atrás, encuentran esa mueca o gesto, apenas esa sonrisa que avisa de la sinrazón que se acaba de desatar,”“Instaura una pequeña anarquía, altera el orden establecido y comenzará a reinar el caos. Soy un agente del caos, ¿y sabes qué tiene el caos? Que es justo”.

Cuando el entrenador del F.C. Barcelona decidió efectuar el cambio, la abarrotada grada del Celtic Park, que hasta aquel momento no había dejado de cantar, vociferar y animar a su equipo durante todo el encuentro, fue bajando la voz, respetuosa, al descubrir que se iba el 8 para luto y a la vez alivio de todos. The Paradise, dónde la hierba es verde y las chicas bonitas, se rendía a Andrés Iniesta, natural de Fuentealbilla, futbolista único y patrimonio artístico de la humanidad, rompiendo a aplaudir en una emocionante y espontánea ovación. “Andrés come aparte” dijo Guardiola de él en una ocasión “no lleva pendientes, no se pinta el pelo…”. Si algún día decide llevar la contraria al de Santpedor, le recomiendo una buena sombra de ojos y un borrón de carmín rojo en la boca para adornar esa sonrisa, ese gesto o mueca  suya que aterroriza y desequilibra a rivales y demás familia por igual, sin ninguna esperanza de que Batman aparezca para salvarlos pues, en este cuento mío, juega con el 10 y en el mismo equipo.