Foto publicada en blogdecine.com
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Hay algo diferente en el modo de jugar de Andrés Iniesta en los últimos tiempos o quizás siempre estuvo ahí y yo no acerté nunca a vislumbrarlo, no lo se. Es apenas una mueca, una suerte de gesto en que sonríe sin sonreír, tirando de los músculos de la cara hacia atrás para abrir la boca, casi forzándola  y dejando ver sus dos hileras de pequeños dientes blancos, entre divertido y peligroso, muy cercano a la demencia. Suele recurrir a ella, las más de las veces, cuando se queda a las puertas del gol pero sabe que acaba de destrozar moralmente al gremio de defensas para el resto del partido y que el portero solo piensa ya en llamar cuanto antes a la familia para poder despedirse de los niños con, al menos, un mínimo de dignidad.

“¿De verdad tengo pinta de tener un plan?”. La telaraña urdida por Neill Lennon se teje sobre el manchego, con Ambrose, Van Dijk, Jones y Matthews formando las cuatro esquinas de una jaula con la que pretenden encerrarle mientras los observa pensativo. “Ellos maquinan. Maquinan para controlar sus pequeños mundos”. Con pasos cortos, comienza a acercarse a una pelota que Neymar retiene en la banda, a la espera de una señal. Está a solo a unos metros y la reclama con un leve gesto. Ya la tiene. “Yo no maquino, solo intento demostrarles a los que maquinan lo patético que es que intenten controlarlo todo”. La pisa, se gira y cambia el ritmo. A su alrededor, tres rostros desencajados bufan en esfuerzo hercúleo por llegar hasta él, ya en el pico del área pequeña. Ambrose, el fornido nigeriano, ve su oportunidad y se lanza a desbaratar la jugada. Un suave toque frustra sus intenciones, “los que maquinan son los que te han hecho esto” parece decir la última mirada que le dedica al africano, al que la pelota se le cuela entre las piernas mientras sus ojos rompen en sanguinolentos ríos de pánico. “Tú maquinabas, hacías planes y mira como has acabado” escucha en su cabeza mientras sus manos de ébano se estiran tratando de alcanzar una suerte que ya está echada. Aquello no estaba en el guión. Todo fluía tranquilo y bajo control hasta aquel preciso instante, nada se salía de lo aparentemente lógico y normal. “Yo solo he hecho lo que mejor se hacer, he cogido vuestro plan y le he dado la vuelta. A nadie le entra el pánico cuando todo va según lo previsto, aunque lo previsto sea terrible” les revela justo antes de asestar el golpe definitivo mientras el portero, previamente confesado, solicita una mano divina a su católico cielo o una última cena, en su defecto. Todo parece perdido ya cuando el holandés Van Dijk, empujado por la divina providencia reclamada por Forster, se lanza al suelo y consigue que todo termine en un simple saque de esquina. O quizás no tan simple. Todos respiran aliviados y se miran entre si buscando respuestas que les ayuden a comprender lo que acaban de sufrir. El sudor del miedo se entremezcla con el propio del esfuerzo físico y al mirar atrás, encuentran esa mueca o gesto, apenas esa sonrisa que avisa de la sinrazón que se acaba de desatar,”“Instaura una pequeña anarquía, altera el orden establecido y comenzará a reinar el caos. Soy un agente del caos, ¿y sabes qué tiene el caos? Que es justo”.

Cuando el entrenador del F.C. Barcelona decidió efectuar el cambio, la abarrotada grada del Celtic Park, que hasta aquel momento no había dejado de cantar, vociferar y animar a su equipo durante todo el encuentro, fue bajando la voz, respetuosa, al descubrir que se iba el 8 para luto y a la vez alivio de todos. The Paradise, dónde la hierba es verde y las chicas bonitas, se rendía a Andrés Iniesta, natural de Fuentealbilla, futbolista único y patrimonio artístico de la humanidad, rompiendo a aplaudir en una emocionante y espontánea ovación. “Andrés come aparte” dijo Guardiola de él en una ocasión “no lleva pendientes, no se pinta el pelo…”. Si algún día decide llevar la contraria al de Santpedor, le recomiendo una buena sombra de ojos y un borrón de carmín rojo en la boca para adornar esa sonrisa, ese gesto o mueca  suya que aterroriza y desequilibra a rivales y demás familia por igual, sin ninguna esperanza de que Batman aparezca para salvarlos pues, en este cuento mío, juega con el 10 y en el mismo equipo.

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