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Al Barça de las familias le sobran los niños, vaya por dios. De pedirles que canten se ha pasado a exigirles que paguen, amparados en una supuesta ley que obliga a todo bicho viviente, sea cual sea su edad, a presentar una entrada y ocupar localidad propia en el Estadi para prevenir posibles riesgos ante eventuales excesos de aforo. “No quiero que se diga que Sandro ha matado un niño“, dramatiza y concluye el President. No se a ustedes pero a mi me sobran leyes. Desconozco si esto es habitual en otros países pero tengo la impresión de que, en España, nacen más leyes que niños y en eso no miren a Galicia, disculpen, que bastante hacemos con saltarnos las que podemos y poner nuestro semen, reconocido en los más cualificados estudios independientes por su excelente calidad, al servicio de la demografía nacional.

Por lo pronto, yo no puedo más que celebrar que alguien haya levantado esa liebre. Ya está bien de tanta dictadura costumbrista y de tanto gorroneo infantil. La semana pasada, mientras mataba la tarde en el restaurante familiar, apareció Doña Concha para confirmar el número de invitados al bautizo de su primer nieto y advertir que asistiría “otro miniño, el hijo de Adelita” del que no pretendía pagar el plato, claro estaba, como reza la vieja costumbre. “La criaturiña tiene solo seis años, ya me dirás; no hizo ni la primera comunión”. Tragué saliva. El verano anterior, en otro banquete, el angelito de Adela se había zampado un plato de cigalas, otro de langostinos, dos trozos de rodaballo y un solomillo sin pestañear, el muy cabrón. Con cinco años ya era un morlaco formidable de casi cincuenta kilos, todavía sin las astas características pero apuntando, ya, la misma nobleza que el padre para seguir el engaño. “Tarta no le traigas que está muy gordiño y no le conviene. Si eso, un yogur… Pero desnatado, ¿eh?; si no, no”, me había dicho Adela con su mejor entonación, tratando de demostrarme aquella supuesta madurez que, según su versión, nos había separado hacía ya mucho tiempo.

Personalmente, no soy muy miniñeiro por la sencilla razón de que me dificultan en exceso la labor de hacerme pasar por uno de ellos, en eso sí tenía razón Adela. Trato de retrasar el proceso de maduración enrocado en recuerdos infantiles de mañanas azules y fútbol en la playa o aquellas tardes rojas en que entrábamos desnudos a la finca de Rosalía, a robar fruta y provocar su ira moralista con nuestras pichiñas y culos al aire, mientras nos perseguía con la vara de azuzar a los bueyes y amenazaba furiosa “os conozco a todos; vais a ir a vuestras madres!”. Lo que venía después, fue reforzando mi idea de que había cierto olor a podredumbre en aquella madurez de los adultos, aquella pamplina que terminaba con Rosalía saliendo por la puerta del bar de mis abuelos, con un cuartillo de aguardiente tostada bajo el brazo y 200 pesetas en el mandil, indignada pero bien servida. “Dios dirá si son inocentes pero, a mi, el apuro y la fruta se me pagan”.

Fotografía de archivo de @History_Pics

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