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En Julio de 2010, los californianos Faith no More recogían los aplausos de un público totalmente entregado, tras su poderosa interpretación de The gentle art of making enemies, lo que aproveché para entablar conversación con dos chicas que me sonreían hacía un buen rato, de manera ostensible y sorprendente. Las muchachas resultaron ser polacas, muy agradables y dicharacheras, por cierto, pero imposibles de asumir. Sobre el escenario, con el pelo engominado, su bigote francés y la camisa de seda, Mike Patton tomaba la palabra y reclamaba nuevamente mi atención, distraída todavía con aquel Piolín polaco tatuado sobre un pecho de impresión. “España tiene un nuevo rey“, anunció Patton en un correcto castellano.

También por aquellos días de Julio, en las entrañas del Moses Mabhida de Durban, la reina Doña Sofía aplaudía febril al héroe de las semifinales, que la saludaba con el pelo mojado, el pecho descubierto y una toalla a la cintura, hercúleo gladiador. Solo bajo aquella toalla blanca somos capaces de atisbar la verdadera capitanía de la selección nacional, representada en público por un muchacho que confundió la grandeza con el hecho de besar a su novia, en directo y para más de 160 países. “No hay grandeza en quién quiere engrandecerse decía Paul Éluard. Con Abidal alzando la Champions al cielo de Londres, el gesto del capitán trasciende más allá que la propia fotografía y lo embarca para siempre en la leyenda del deporte, ejemplo para generaciones venideras.

El juego permanece parado, a dos minutos de que se cumplan los noventa reglamentarios. La falta ha sido tan grosera que a Undiano Mallenco no le queda otra que pitarla, mal que le pese. “Es falta, Sergio le dice a Ramos acompañando sus palabras con gesto contrariado, “tengo que pitarla”. A un metro, y pese a que la falta es a favor, un defensa blaugrana vigila el balón como un ludópata vigila la máquina mientras pide cambio en la barra, atento al típico espabilado que espera, agazapado, a que la engorden de perras para llevarse el especial con una sola moneda. Por su espalda se acerca Piqué que le abraza y le hace una confidencia al oído, divertida, a juzgar por la sonrisa que luce el hijo del escritor. Visiblemente molesto, el capitán se revuelve y lo aparta de forma brusca, sin un atisbo de divertimento en la mirada.

– Déjate de hostias y estate atento, collóns!

– Pero si ganamos dos a seis y estamos en el descuento. A ver…

– Ni a ver, ni nada. Tú atento hasta que el árbitro pite final, que nos conocemos!

De vuelta a Julio de 2010, dos días después de derrotar a la potente Alemania y meternos en la final de la Copa del Mundo de Sudáfrica, más de 20.000 personas esperaban a que Mike Patton desvelase el misterio, mientras un acorde lejano de guitarra  anticipaba el inicio de “King for a Day“, y grandes cortinas de seda y cañones de luz teñían el escenario de rojo y azul. Las polacas seguían sonriéndome y yo, todavía desinformado sobre sus verdaderas intenciones, me bebí el resto de la copa por lo que pudiese pasar, a partir de ahí. “España tiene un nuevo rey” repitió el californiano, antes de mirar al cielo de Madrid, alzar su mano y proclamar solemne: “Su nombre es Carles Puyol”. Cuando bajé el puño, las polacas ya habían desaparecido, al igual que mi cartera, lo que me hizo desear con toda mi alma que comenzase a sonar, lo más atronadora posible, aquella tan buena de “Surprise! You’re dead.

2 comentarios en “España tiene un nuevo rey

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