¡Guardiolismo y Sommer Sabbash, hostias!

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“Nihilistas, hay que joderse! Dirás lo que quieras sobre el nacional socialismo pero al menos era una doctrina.” 

Ahora se lleva mucho ser ecléctico, que es una manera muy sofisticada de darse importancia y que me viene de perlas para hacerme el interesante con las rapazas del pueblo, fácilmente impresionables con una media melena, unas Converse oficiales y un calificativo semejante. No es que me fuese mal antes, cuando presumía de otras cosas, incluso en una ocasión me llegaron rumores sobre una discusión entre una madre que me acusaba de vago e indeseable y su hija mayor, que alegaba adorable nihilismo en mi defensa. A toro pasado, no me duelen prendas en reconocer el ojo clínico de  Doña Margarita, para que nos vamos a engañar, pero por entonces yo era joven y vengativo, así que la cosa terminó en la playa de Lourido, regalándonos la niña y yo nuestras flores sobre una manta de ídem.

“¡¿Es que todo el mundo se ha vuelto loco?! ¡¿Es que soy el único por aquí que no se caga en las reglas?!”

En el azaroso mundo del fútbol y su relato, a día de hoy, la más mínima convicción corre el riesgo de ser degradada a puro dogmatismo por obra y gracia de esta nueva cultura de recto ancho y tacto esponjoso, que lo mismo aplaude un jugada hilvanada que una patada alevosa y que no se sonroja en elevar a los mismos altares a un creador como Iniesta que a una fotocopiadora como Luiz Gustavo. A estas alturas, uno está dispuesto a aceptar pulpo como animal doméstico pero no es realista pensar que podrá convivir en el mismo acuario con un mejillón, lo siento por quién tuviese semejante ocurrencia en mente para demostrar su eclecticismo incluso en el campo de las mascotas. Difícilmente se puede abrazar dos ideas contrarias de raíz. Cuestionable declararse admirador de Klopp y de Guardiola y establecer una comparación al mismo nivel cuando uno ha declarado que la propuesta del otro casi le aboca “a la práctica del tenis” y este ha respondido al coronarlo como “maestro del contragolpe”, con lo que ello significa en su idioma particular.

“¿De qué cojones estás hablando tú?… Te estoy hablando de trazar una línea sobre la arena, Nota; más allá de la línea es imposible.” 

Más allá de las pasiones que levante cada cual entre sus adeptos, sean dogmáticos o eclécticos los corazones de los hombres, lo cierto es que Pep Guardiola ha vuelto a dar una pequeña lección a quién ha preferido comenzar el partido ante un micrófono. El gélido saludo final y las posteriores declaraciones, se me antojan las respuestas proporcionadas del técnico de Santpedor ante una bravuconada innecesaria que a buen seguro no le habrá gustado lo más mínimo, celoso guardián de su creación y educado contendiente, correcto y respetuoso hasta la saciedad con los méritos de cualquier contrario. Un o-3 rampante en el marcador y dos cambios precisos y concretos para señalarle a Klopp lo errado de sus comentarios y advertirle, a su manera, de que todavía le quedan tres años de enfrentamientos habituales por delante, tiempo que se me antoja suficiente para aburrirlo hasta la saciedad; también de perder.

“¿Ves lo que pasa, Larry? ¿Ves lo que pasa cuando das por culo a un desconocido Larry? ¡Esto es lo que pasa cuando das por culo a un desconocido, Larry!”

 

Imagen de hdwpapers.com

Trajes, corbatas y galardones de oro

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El Tío Luís era otro de tantos gallegos que, sin futuro ni apenas esperanza, se fueron a hacer las américas buscando una vida siquiera digna, con poco más que alguna maña, una vieja maleta de cuero y una chaqueta de lana. Para su desgracia, la fortuna lo devolvió a casa, de allí a un cierto tiempo, con la misma maleta roída, más remiendos en la chaqueta y eso sí, una lucida corbata de rayas que se compró nada más poner un pié en Montevideo. Solía contar como, al descender por la escalerilla del barco, la fortuna le sonrió en forma de moneda de peso uruguayo. “Menudo país este, que el dinero anda tirado por el suelo” pensó, mientras se agachaba a recogerlo. No quiso más saber y anticipando que necesitaría de una para su meteórico ascenso en tan rica y próspera tierra, empeñó la moneda en comprar aquella corbata con la que, años después, regresaría al puerto de A Coruña gracias al billete de vuelta que sus hermanos le habían procurado desde Galicia.

Yo recuerdo al Tío Luís ya mayor, cuando el paso de los años y el peso de la vida le habían convertido en el tipo más sabio y respetado de todo Campelo, querido por los suyos y por los demás. En el bar, se sentaba siempre en una mesa próxima a la ventana para leer el periódico con luz natural y de vez en cuando, hacía un comentario en voz alta, para llamar la atención sobre alguna noticia que consideraba importante, como aquella vez que se topó con el anuncio de una famosa campaña sobre el uso del preservativo y exclamó sorprendido “póntelo, pónselo… manda carallo enfundado!”. Al Tío Luís, que era del Barça, se lo llevo por delante un cáncer hace ya unos cuantos años pero, antes de ir “a emborracharse con Cristo”, como solía decir, dejó una lección vital, un mapa cartográfico de la existencia difícil de olvidar. Era una especie de refrán cantado que decía algo así como “de neno, rei; de xoven, capitán. De casado, burro e de vello, can”.

En realidad, yo venía dispuesto a hablarles del Balón de Oro pero no he podido evitar la tentación de mandarlo todo al carallo y enterrarlo bajo mil demonios, me van a perdonar. A quién ya transita por esta vida en el vagón de los burros, estas chiquilladas de reyes y capitanes peleándose por las glorias del laurel y el beso de la chica, le aburren sobremanera. Como resultarán de pesados y asfixiantes los premios individuales y sus razones (siempre objetivas según quién las ofrezca), que de Karim Benzemá se dijo que aterrizaba en Madrid con un galardón en cada pierna y ahí está la pobre criatura, sin apenas poder moverse del propio peso, imagino. Si de mi dependiese, y en lugar del habitual trofeo dorado patrocinado por Adidas, al ganador le sería entregada una corbata de rayas como la de mi Tío Luís. No es que fuese a evitarnos el bombardeo mediático propio de estos festejos pero al menos, dificultaría la decisión de qué traje ponerse a los protagonistas del barullo, en el caso de Messi, motivo de verdadera y urgente reflexión. Presentarse ante un mito marcial como Hristo Stoichkov, vestido por la ensoñación botánica de una novia cadaver, no merecería menos que un par de fraternales bofetadas o quizás un simple e histórico “svedeva, svedeva, Bota de Oro”.

 

Foto publicada por gallegosporelmundo.wordpress 

El aire en la cara

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Ahora le pregunta uno a cualquier criatura qué quiere ser de mayor y el que no aspira a delantero centro de la Selección, sueña con ser tronista de un programa de Tele 5, aunque solo sea por ver suspirar a su madre. De mis tiempos de escolar recuerdo yo alguna encuesta semejante en alguna clase de sociales y los resultados eran siempre de lo más variopintos. La mayoría anhelaba continuar la saga familiar recuerdo, especialmente los chicos, lo cual me parecía una medida bastante aproximada de cuán diferentes se veían desde los ojos de un niño las respectivas vidas de un padre y una madre en una aldea del rural gallego. A mi, que sufría viendo a los míos ahogados tras fogones y una barra de bar durante jornadas interminables los 365 días del año, lo que me atraía era abandonar aquella prisión y sentir el aire en la cara, por eso nunca pestañeaba a la hora de responder sobre tan peliaguda cuestión. “De mayor, quiero ser basurero”. ¿Qué trabajo podía haber mejor que uno que permitía viajar colgado de un camión? Por mucho que me intentasen convencer de lo desacertado de mi planteamiento, no había otra tentación vital que se acercase siquiera, a mi vocación de recorrer la bisbarra agarrado a la parte trasera de uno de aquellos enormes camiones blancos de la recogida.

El recién nombrado Director de Comunicación del F.C.Barcelona, Albert Montagut, debió ser un niño con cara de bueno y, no se por qué, me lo imagino con un rebelde remolino en el cogote imposible de controlar, al más puro estilo de aquel mítico personaje del blanco y negro infantil que atendía al nombre de Alfalfa, ¿recuerdan?. Tertuliano de perfil opiáceo y oficialista en los últimos tiempos, a Montagut se le atribuyen nácares verbales como calificar a Pep Guardiola de “vedette de segunda”, y pregonar que él no echa de menos, “ni lo más mínimo”, al técnico de las catorce copas. No está mal, como credencial primera a presentar ante la actual directiva, ávida de enterrar una leyenda que les devora a cada palada de tierra que vierten  sobre su memoria y su fosa, ya vacía. Puede que el sueño cumplido del nuevo dircom se parezca mucho al de mi niñez con la diferencia de haber visto él “Los Soprano” y tener claro dónde hay que sentarse para sentir verdaderamente el aire en la cara, en esto del negocio de la basura.

“La mierda siempre te arrastra hacia abajo, el dinero fluye hacia arriba. Tienes que saber qué corriente quieres seguir”.

Tony Soprano.

Foto publicada en El Perdiódico

Messi, el Prestige y la patita por debajo de la puerta.

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A Leo, como al Prestige, lo paseamos arriba y abajo hasta que se le partió el bíceps femoral y pintó de negro el panorama. Que Barça Galicia nunca han gozado de excesiva suerte en el juego ni en el amor parecía notorio pero, al menos, teníamos salud; ahora, ya ni eso. Los gallegos arrastramos una negra sombra tal que, durante la lluvia de regalos de 1992, dónde a Barcelona le tocaron los JJOO, a Sevilla le correspondió la Expo y el AVE a medias con Madrid e incluso a Huelva le sonrió la conmemoración del Quinto Centenario del descubrimiento, a nosotros, la fortuna nos trajo otro petrolero, el Mar Egeo. En cuanto al Barça, la calamidad ha sido una constante; un año le partían la pierna a Maradona, otro secuestraban a Quini e incluso las cenizas de un volcán vikingo se le atravesaron una vez, camino de recoger una Champions en el Bernabeu, que ya me dirán ustedes si no pareció todo aquello escrito por un tuerto del barrio de Chamberí.

La semana pasada, durante animada rueda de prensa con Lu Martín colgado del caño y un supuesto periodista de una televisión nacional preguntando “Tata; ¿a ti te parece normal?” que me entraron ganas de hacer ‘chas’ y aparecerme a su lado para contestar “no se, tron; no quiero rallarme”, el entrenador Martino se puso disfraz de Rajoy  ministro y negó las alarmantes evidencias. “A leo no le pasa nada, está entrenando muy bien; los únicos que lo ven mal son ustedes!” zanjó. Unos días después, Lionel se lesionaba de forma severa el mismo músculo dañado frente al PSG la temporada pasada y, hasta 2014, no volveremos a verle campar por los verdes terrenos de juego dónde últimamente, por cierto, más bien acampaba.

La lesión de Messi ha destapado un cambio de tendencia que debería tenerse en cuenta para poder entender acontecimientos futuros. Las mismas voces y altavoces que anulaban cualquier opinión contraria al credo mesiánico obligatorio, comienzan a advertir sombra de pecado en Leo y acaparan columnas y tertulias tratando de humanizarlo. Quizás solo pretendan que lea a Rilke por las noches”, como dice Tallón  o quizás estén preparando un entorno apropiado para su venta, no lo se. “Le gusta mucho la coca cola” se indignaba un tertuliano, la otra noche. A mi, ver a Brau tocándole la cara a Antonella, no me ha gustado nada; pero que nada, nada” apuntaba otro, en escalada imparable de razonamientos propios de esas horas y esas tabernas.

Aunque fue ‘Nunca máis’ el movimiento que trascendió y pareció representar el sentir general de un pueblo pisoteado e indignado con aquellos que se mostraban más pendientes de aparecer bien peinados frente a las cámaras que de decir la verdad, hubo otro movimiento popular mucho máyor, igual de legitimado en sus posiciones por su condición de marineros o mariscadores afectados, que no se manifestaron, ni limpiaron playas ni ayudaron a los voluntarios venidos de fuera, sino que celebraban maratonianas jornadas de exaltación del albariño, al grito de “outro máis”  y a cuenta del estado, para acabar disculpando en la urnas a los que cazaban corzos mientras el barco danzaba, acompasado, ‘un dos tres’, ‘un dos tres’.

Bien haría el aficionado blaugrana en tomar buena nota para anticipar, al menos, parte de lo que está por venir. Lo vimos con la marcha de Cruyff o la de Guardiola y lo veremos con la de otros mitos blaugrana, quizás la de Iniesta , quizás la de Messi, segura ya la de Valdés.  La mayoría conformista bendecirá lo que sea a cambio de cuatro cromos y un reloj de cuco y desde el club se nos solicitará que enseñemos la patita por debajo de la puerta, no sea que vengamos a ensuciar y ponerlo todo perdido. Y al que ose enturbiar, ya lo dijo Don Manuel: “Se le pega un cañonazo y punto”.

Foto publicada por http://www.larioja.com

Madridistas sin avisar

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Apenas recuerdo nada de cuando era un niño del Madrid pero sí aquella certeza de haber venido a este mundo a ganar. Uno vaga por estos lares como puede, casi arrastrado, sufriendo y trampeando en la vida hasta que decide hacerse del Madrid. En ese momento, se abren los cielos, suenan trompetas jubilosas y una mano divina desciende para tocar la frente del creyente y ungirlo de triunfo eterno. Vestir el Blanco, implicaba un juramento de lealtad hacía un club forjado para sacar vidas del arroyo y elevarlas a un estado superior de felicidad permanente, sin atenerse a las formas ni a los apellidos, solo a la victoria final.

Abandoné la nave blanca a los cinco o seis años, plenamente convencido de que mi paso por este mundo iría de otra cosa así que bien haría en irme mentalizando. Pronto intuí que mi sitio estaba entre aquellos cuatro gatos que ocupaban la mesa del fondo y que siempre  discutían entre ellos, incapaces siquiera de ponerse de acuerdo en si todos eran del Barça o, al menos, del mismo Barça. Mi gusto por la discusión más irracional y las causas perdidas, me llevó a abrazar aquella fe sin verdades absolutas y un bando para cada idea que resistía, tenaz y gallarda, al terror provocado por hordas de buitres y machos en forma de Quinta que campaban a sus anchas por los campos de la Liga.

“El barcelonista, pensé, es un madridista no avisado, alguien a quien no se le dijo nada”. ¿Sería aquello posible? Lo decía un tipo que, probablemente, llevase meses sin probar el agua y que se descubrió a si mismo sufriendo una barcelonitis tan aguda que le escribió a Guardiola el más hermoso homenaje que un periodista le haya regalado a su marcha. Aunque afilado y divertido, me pareció que  Jabois se tiraba a la piscina y no acertaba con el agua en aquella sentencia de ‘Grupo Salvaje’. No tardaría mucho en darme cuenta de mi error.

“Bueno, carallo, bueno”. Tras haber renunciado a una infancia feliz y abocarme voluntariamente al horror de noches sin cenar y sabanas mojadas, resulta que el nuevo mantra culé reza lo importante es ganar” y el estandarte del club lo portan unos madridistas sin avisar que se pavoneaban, supremacistas, durante la edad de oro blaugrana, avergonzando a los verdaderos creyentes de aquella filosofía. Reconozco en sus salmos el mismo catecismo blanco con que me bautizó mi abuelo hace tanto tiempo y, por suerte, será difícil que ustedes puedan confundirme con uno de ellos pues la brea y las plumas me identifican ya como infame medio barcelonista, apenas un ninot de malas intenciones, incapaz de olvidar los viejos credos y blanquear un poco su alma por el bien del club.

Mi hija me ha comentado que es usted medio judío. 
– Es mi mejor mitad. 

(Uno de los Nuestros)

 

foto publicada en racoblaugrana.com

La vida es sueño

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Dormir de pie es una habilidad formidable y extremadamente difícil de dominar, se lo digo yo que me pasé unos cuantos veranos perfeccionando las diversas técnicas y elevando su práctica a categoría de arte. Eran tiempos locos, que duda cabe, en los que distinguía el día de la noche por el lado de la barra en que me encontraba en ese momento y malvivía a base de donuts y cafés con leche, sin apenas gustarme el café ni los dichosos dulces con agujero, por cierto. A día de hoy, y a pesar de lo lastimosa que pueda parecer la escena, recuerdo aquellas cabezadas con la frente apoyada en la máquina de pistachos de la barra del Otilio como triunfos incontestables frente a una turba vecinal empeñada en recordarme a diario que no servía para nada.

Decía Oscar Wilde que “la mejor base para un matrimonio feliz es la mutua incomprensión” y quizás por ahí se entienda mi total apego por Campelo y el de Andoni Zubizarreta por el F.C.Barcelona, dónde todos nos dedicamos a decirle que para nada sirve mientras él duerme de pie, quizás soñando con el sustituto de Valdés o con un cuento, como en aquella deliciosa anécdota de “El váter de Onetti”, de Juan Tallón, en la que el escritor uruguayo interrogaba a un albañil amigo suyo que reformaba la casa.

“Varelita, ¿me oíste hablar en sueños?”

“No, Don Juan, no le he oído decir nada”

“Qué lástima; era un cuento perfecto. Se me ha escapado para siempre”.

Hay quién dice que algo así sucedió con el fichaje del anhelado central que, tras dos años de exhaustiva búsqueda e inminente llegada, se aplazó sine die pues nadie atendía a los nombres que Andoni sugería en sueños. A Zubizarreta, que salió de Bilbao con el currículum emborronado y el caché por los suelos, le tendió una mano un amigo suyo de Santpedor al que la vida sonreía y necesitaba un hombre de plena confianza para afrontar una batalla colosal, con al menos la mitad de los enemigos en casa. Ahora que todos se preguntan como puede Zubizarreta dormir de pie, yo que me conozco el truco, solo me pregunto si puede hacerlo con la conciencia tranquila.

Una historia petisa

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A Don Francis le preocupa la popularidad del muchacho y teme que algún desaprensivo pueda hacerle daño. Apenas unos pocos le han visto la cara pero su apellido se marca ya con un asterisco rojo en las casetas rivales pese a tratarse del Torneo Evita, una competición para menores de catorce años auspiciada por el propio gobierno argentino. Con sus recién estrenadas once primaveras, el pequeño delantero apenas cumple la edad mínima exigida para participar en el campeonato y su habilidad exagerada es un reclamo grosero y apetitoso para jóvenes pero expertos cazadores de tobillos, tan propios del potrero de Buenos Aires como los buenos peloteros. Don Francis limita sus apariciones a los finales de partido y para el duelo frente a los cachorros de Boca Juniors, como medida excepcional, decide inscribirlo con el nombre de Montanya, para evitar atenciones excesivas sobre él.

Aquella mañana del 5 de Noviembre de 1970, Goyo, Montanya y Dieguito se apearon del 22 al llegar a Pompeya y allí tomaron el 44 que les llevaría directamente a Las Malvinas, el centro de entrenamiento de Argentinos Juniors dónde se realizaban las pruebas de acceso para formar parte de Los Cebollitas, el equipo que representaba al club en el Evita. Francisco Cornejo, al que todos llamaban Don Francis, era el encargado de buscar y moldear el nuevo talento de Argentinos y pronto se quedó prendado de la habilidad natural de uno de los tres amigos de Villa Fiorito, el más pequeño. “¿Seguro que el petiso tiene nueve años?”. Apenas dos más tarde, finalizado en el Sacachispas el duelo frente a Rácing de la Evita del 74, el entrenador de las inferiores de la Academia se acerca a Don Francis para felicitarlo a su manera. “Pero cómo tenés a ese fenómeno  en el banco! Va a ser un genio”.

El equipo de Boca es realmente formidable y el tres a cero del marcador no deja ningún margen de duda sobre la superioridad de los bosteros. Don Francis, de pie junto a la línea, se gira hacia el banquillo y ordena solícito “Montanya, caliente que va a salir“. El menudo delantero se desentumece con unas carreras y cuando ingresa a la cancha no tarda más de dos minutos en anotar el primer tanto. A continuación, en una jugada magnífica sirve en bandeja el segundo a un compañero y con el empate, que el mismo vuelve a convertir, la locura se desata entre Los Cebollitas que le persiguen para abrazarle. Al pasar frente a los banquillos, uno de ellos le grita “Grande Diego“. Entonces, el entrenador de Boca se levanta como un resorte de la banqueta y hecho una furia comienza a increpar a Don Francis: “Cornejo, hijo de puta; me pusiste a Maradona!”.

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Santa Compaña

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Pasaban de las once y en el bar solo quedábamos los cuatro de siempre, la dueña y la compañía que nos regalaba el televisor, en aquel momento ocupado por Gerard Piqué explicando unas cosas muy extrañas sobre juego y resultado que a mi, al menos, me sonaron a clásico argumento merengue de hace tres temporadas. Mi amigo Tinín apuraba su aguardiente y pedía otra ronda “por los difuntos!“. Alzó la copa hacía el televisor, insinuando no referirse a los que habíamos visitado por la tarde en el cementerio parroquial y lo siguiente que dijo, sin quitar ojo de la pantalla, fue “hace mucho que nadie ve a la Santa Compaña, ¿verdad?”.

De pequeños, raro era el invierno dónde no había un día de temporal que hacía volar la mitad de las tejas de pueblo y una noche de difuntos en la que alguien viese a la Santa Compaña; era matemático. Recuerdo la noche que Salvador llegó al bar empapado en sudor, visiblemente alterado y reclamando una copa de Soberano con urgencia. Acababa de cruzarse con los difuntos y estos le habían pedido, según decía, un bocadillo de queso. “De queso no, Salvador, de mortadela; te lo dijo bien claro” interrumpió su cuñado al fondo del local, apoyando sobre la barra una calabaza con ojos, dientes y una vela dentro, la misma que Salvador había visto en el muro del camino de la Cachada y a la que había creído engañar con el ingrediente final del bocadillo.

“Con el alumbrado de los caminos y la televisión, se le jodió el invento a la Santa Compaña, Tinín” zanjó Ánxel mientras sorbía otra chisca de aguardiente sin quitar la vista de una pantalla en la que Piqué seguía diciendo la suya y yo, que tampoco le sacaba ojo de encima al futuro presidente, apunté algo sobre la conveniencia de que se le apareciese la Santa Compaña al defensa, “a ver si deja de decir parvadas, que carallo!”. Fue entonces cuando Rocío, la dueña del bar en silencio hasta ese momento, agarró la botella de caña de hierbas y volvió a rellenar las copas, interpretando nuestras necesidades por la pírrica victoria. Luego me miró desafiante, apoyó los pechos en la barra al acercarse, y me susurró al oído, casi acuchillando: “A ti, lo que te jode de Piqué, es saber que yo le dejaría enterrarme lo que él quisiera”. No reaccioné hasta que estalló la carcajada de los otros tres borrachos cuando Rocío, alejándose de nuestro lado me apuntilló definitivamente diciendo “mira mi novio que pálido quedó, Tinín; ni que mirara a la Santa Compaña!”. Bebí un trago de aguardiente y me sacudí como un perro, antes de volver a clavar los ojos en las imágenes de Piqué y pensar en cuánto se gana callado.

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