Santa_compa_a_01

Pasaban de las once y en el bar solo quedábamos los cuatro de siempre, la dueña y la compañía que nos regalaba el televisor, en aquel momento ocupado por Gerard Piqué explicando unas cosas muy extrañas sobre juego y resultado que a mi, al menos, me sonaron a clásico argumento merengue de hace tres temporadas. Mi amigo Tinín apuraba su aguardiente y pedía otra ronda “por los difuntos!“. Alzó la copa hacía el televisor, insinuando no referirse a los que habíamos visitado por la tarde en el cementerio parroquial y lo siguiente que dijo, sin quitar ojo de la pantalla, fue “hace mucho que nadie ve a la Santa Compaña, ¿verdad?”.

De pequeños, raro era el invierno dónde no había un día de temporal que hacía volar la mitad de las tejas de pueblo y una noche de difuntos en la que alguien viese a la Santa Compaña; era matemático. Recuerdo la noche que Salvador llegó al bar empapado en sudor, visiblemente alterado y reclamando una copa de Soberano con urgencia. Acababa de cruzarse con los difuntos y estos le habían pedido, según decía, un bocadillo de queso. “De queso no, Salvador, de mortadela; te lo dijo bien claro” interrumpió su cuñado al fondo del local, apoyando sobre la barra una calabaza con ojos, dientes y una vela dentro, la misma que Salvador había visto en el muro del camino de la Cachada y a la que había creído engañar con el ingrediente final del bocadillo.

“Con el alumbrado de los caminos y la televisión, se le jodió el invento a la Santa Compaña, Tinín” zanjó Ánxel mientras sorbía otra chisca de aguardiente sin quitar la vista de una pantalla en la que Piqué seguía diciendo la suya y yo, que tampoco le sacaba ojo de encima al futuro presidente, apunté algo sobre la conveniencia de que se le apareciese la Santa Compaña al defensa, “a ver si deja de decir parvadas, que carallo!”. Fue entonces cuando Rocío, la dueña del bar en silencio hasta ese momento, agarró la botella de caña de hierbas y volvió a rellenar las copas, interpretando nuestras necesidades por la pírrica victoria. Luego me miró desafiante, apoyó los pechos en la barra al acercarse, y me susurró al oído, casi acuchillando: “A ti, lo que te jode de Piqué, es saber que yo le dejaría enterrarme lo que él quisiera”. No reaccioné hasta que estalló la carcajada de los otros tres borrachos cuando Rocío, alejándose de nuestro lado me apuntilló definitivamente diciendo “mira mi novio que pálido quedó, Tinín; ni que mirara a la Santa Compaña!”. Bebí un trago de aguardiente y me sacudí como un perro, antes de volver a clavar los ojos en las imágenes de Piqué y pensar en cuánto se gana callado.

fotografía publicada en idiosincraciaciudadana.blogspot.com

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