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Apenas recuerdo nada de cuando era un niño del Madrid pero sí aquella certeza de haber venido a este mundo a ganar. Uno vaga por estos lares como puede, casi arrastrado, sufriendo y trampeando en la vida hasta que decide hacerse del Madrid. En ese momento, se abren los cielos, suenan trompetas jubilosas y una mano divina desciende para tocar la frente del creyente y ungirlo de triunfo eterno. Vestir el Blanco, implicaba un juramento de lealtad hacía un club forjado para sacar vidas del arroyo y elevarlas a un estado superior de felicidad permanente, sin atenerse a las formas ni a los apellidos, solo a la victoria final.

Abandoné la nave blanca a los cinco o seis años, plenamente convencido de que mi paso por este mundo iría de otra cosa así que bien haría en irme mentalizando. Pronto intuí que mi sitio estaba entre aquellos cuatro gatos que ocupaban la mesa del fondo y que siempre  discutían entre ellos, incapaces siquiera de ponerse de acuerdo en si todos eran del Barça o, al menos, del mismo Barça. Mi gusto por la discusión más irracional y las causas perdidas, me llevó a abrazar aquella fe sin verdades absolutas y un bando para cada idea que resistía, tenaz y gallarda, al terror provocado por hordas de buitres y machos en forma de Quinta que campaban a sus anchas por los campos de la Liga.

“El barcelonista, pensé, es un madridista no avisado, alguien a quien no se le dijo nada”. ¿Sería aquello posible? Lo decía un tipo que, probablemente, llevase meses sin probar el agua y que se descubrió a si mismo sufriendo una barcelonitis tan aguda que le escribió a Guardiola el más hermoso homenaje que un periodista le haya regalado a su marcha. Aunque afilado y divertido, me pareció que  Jabois se tiraba a la piscina y no acertaba con el agua en aquella sentencia de ‘Grupo Salvaje’. No tardaría mucho en darme cuenta de mi error.

“Bueno, carallo, bueno”. Tras haber renunciado a una infancia feliz y abocarme voluntariamente al horror de noches sin cenar y sabanas mojadas, resulta que el nuevo mantra culé reza lo importante es ganar” y el estandarte del club lo portan unos madridistas sin avisar que se pavoneaban, supremacistas, durante la edad de oro blaugrana, avergonzando a los verdaderos creyentes de aquella filosofía. Reconozco en sus salmos el mismo catecismo blanco con que me bautizó mi abuelo hace tanto tiempo y, por suerte, será difícil que ustedes puedan confundirme con uno de ellos pues la brea y las plumas me identifican ya como infame medio barcelonista, apenas un ninot de malas intenciones, incapaz de olvidar los viejos credos y blanquear un poco su alma por el bien del club.

Mi hija me ha comentado que es usted medio judío. 
– Es mi mejor mitad. 

(Uno de los Nuestros)

 

foto publicada en racoblaugrana.com

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