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El Tío Luís era otro de tantos gallegos que, sin futuro ni apenas esperanza, se fueron a hacer las américas buscando una vida siquiera digna, con poco más que alguna maña, una vieja maleta de cuero y una chaqueta de lana. Para su desgracia, la fortuna lo devolvió a casa, de allí a un cierto tiempo, con la misma maleta roída, más remiendos en la chaqueta y eso sí, una lucida corbata de rayas que se compró nada más poner un pié en Montevideo. Solía contar como, al descender por la escalerilla del barco, la fortuna le sonrió en forma de moneda de peso uruguayo. “Menudo país este, que el dinero anda tirado por el suelo” pensó, mientras se agachaba a recogerlo. No quiso más saber y anticipando que necesitaría de una para su meteórico ascenso en tan rica y próspera tierra, empeñó la moneda en comprar aquella corbata con la que, años después, regresaría al puerto de A Coruña gracias al billete de vuelta que sus hermanos le habían procurado desde Galicia.

Yo recuerdo al Tío Luís ya mayor, cuando el paso de los años y el peso de la vida le habían convertido en el tipo más sabio y respetado de todo Campelo, querido por los suyos y por los demás. En el bar, se sentaba siempre en una mesa próxima a la ventana para leer el periódico con luz natural y de vez en cuando, hacía un comentario en voz alta, para llamar la atención sobre alguna noticia que consideraba importante, como aquella vez que se topó con el anuncio de una famosa campaña sobre el uso del preservativo y exclamó sorprendido “póntelo, pónselo… manda carallo enfundado!”. Al Tío Luís, que era del Barça, se lo llevo por delante un cáncer hace ya unos cuantos años pero, antes de ir “a emborracharse con Cristo”, como solía decir, dejó una lección vital, un mapa cartográfico de la existencia difícil de olvidar. Era una especie de refrán cantado que decía algo así como “de neno, rei; de xoven, capitán. De casado, burro e de vello, can”.

En realidad, yo venía dispuesto a hablarles del Balón de Oro pero no he podido evitar la tentación de mandarlo todo al carallo y enterrarlo bajo mil demonios, me van a perdonar. A quién ya transita por esta vida en el vagón de los burros, estas chiquilladas de reyes y capitanes peleándose por las glorias del laurel y el beso de la chica, le aburren sobremanera. Como resultarán de pesados y asfixiantes los premios individuales y sus razones (siempre objetivas según quién las ofrezca), que de Karim Benzemá se dijo que aterrizaba en Madrid con un galardón en cada pierna y ahí está la pobre criatura, sin apenas poder moverse del propio peso, imagino. Si de mi dependiese, y en lugar del habitual trofeo dorado patrocinado por Adidas, al ganador le sería entregada una corbata de rayas como la de mi Tío Luís. No es que fuese a evitarnos el bombardeo mediático propio de estos festejos pero al menos, dificultaría la decisión de qué traje ponerse a los protagonistas del barullo, en el caso de Messi, motivo de verdadera y urgente reflexión. Presentarse ante un mito marcial como Hristo Stoichkov, vestido por la ensoñación botánica de una novia cadaver, no merecería menos que un par de fraternales bofetadas o quizás un simple e histórico “svedeva, svedeva, Bota de Oro”.

 

Foto publicada por gallegosporelmundo.wordpress 

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