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Rocío está empeñada en que me apunte al paro y ya no se qué más inventar para evitarme el trance de engrosar una estadística que no nos hace ningún bien como país, así se lo digo. A ella, mi patriotismo le importa más bien poco y advierte estar cansada de deslomarse a trabajar para que yo pueda pasar el día en casa tocando la guitarra, escribiendo tonterías y cuidando gatos; pintando la mona, en definitiva. No le falta razón, bendita criatura, pero lo cierto es que nací un tanto incapacitado para el trabajo, al menos en la variante de sueldo y horario, la tónica habitual, pásmense ustedes. Si me aseguran que regalan los empleos por la calle y que no trabaja el que no quiere, posiblemente replantearía mi tajante negativa pero, con millones de desempleados pasando verdaderas penurias y familias enteras sin una triste nómina en la que apoyarse a final de mes, no se me pasaría nunca por la cabeza reclamar alguno para mi; puro idealismo.

Ahí tienen, por ejemplo, al pobre Gerardo Martino, sin poder trabajar, aduce. El suyo es asunto peculiar aunque no menos dramático, me hago cargo. En su caso, la frustración no proviene de la falta de empleo ni de las fricciones familiares que esto suele provocar, no. El suyo es un caso concreto de ahogo vital por falta de carga de trabajo, puede entenderse así, lo que le provoca grandes pesares como honrado y responsable hombre de empresa. Imagino que, por puro intimismo, que otra cosa no pero parece el Tata sacado de una película de Campanella, el rosarino nunca explica qué quiere trabajar exactamente y si les digo la verdad, casi prefiero no saberlo, puesto al tanto ya sobre la curiosa costumbre que tiene Martino de escaparse a ver el trabajo de los porteros cuando llega el momento de los ejercicios específicos del juego de posición, en los entrenamientos. Unos dicen que no los entiende, otros que prefiere delegarlos en alguno de sus colaboradores y los demás, intuyen que simplemente no le interesan pero los consiente, quizás por aquello del qué dirán. 

Me imagino a Don Gerardo, cada mañana, avergonzado frente al espejo mientras se viste el chándal oficial del club para acudir a un trabajo que, en realidad, no existe. Desayunar en silencio por no mentir más de la cuenta, salir de casa a su hora e ir a matar la mañana con Gaz y Lomper, viendo como evolucionan los cancerberos mientras tararea algún éxito de Donna Summer, que los tres acompañan con el pie. De vuelta al hogar y tras otro día sin poder trabajar, fingir cansancio y estrés ante la familia, hablar sobre algunas mejoras y evoluciones a implantar en la empresa y, ya en la cama, con las luces apagadas, rezar por que no se descubra todavía que todo se trata de un engaño y un despelote, mientras en su cabeza no para de sonar el maldito You can leave your hat on y se dice a si mismo que necesita dormir. Mañana será otro duro día sin hacer nada. 

” Hay que ver lo cansado que es no dar un palo al agua. “

Full Monty

Fotografía publicada en cinesphera.wordpress

3 comentarios en “Otro duro día sin hacer nada

    1. No se me atragante, por dios, para un comentario que tengo! Delega partes, las más específicas del juego de posición. El por qué es el misterio. Yo me apostaría unas cervezas a que no le interesa y le parece intrascendente, en el fondo.

  1. Veo su apuesta. No la doblaré… pero creo que es más por prudencia que por desinterés. Que Martino llevase la voz cantante en esa parte del trabajo sería como querer enseñarle a un suizo a hacer relojes siendo uno de Albacete. Y en la Masia ya hay”relojeros”

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