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A pesar de mi petición expresa mirándola a los ojos, el mensaje rogatorio sobre mi buzón y una pegatina de prohibición expresa sobre el botón del interfono, la cartera ha vuelto a despertarme esta mañana con dos golpes de timbre tan luengos que advertirían a medio Londres de un inminente bombardeo nazi. Muy indignado, pues todas las mañanas sobre la misma hora doy fe de su tenacidad, he saltado de la cama hacia el rellano y desde allí, la he increpado con verdadero enojo y tono un tanto pendenciero, lo reconozco,  hasta que he escuchado la puerta del piso cerrarse tras de mi y he caído en la cuenta de que no llevaba las llaves encima, apenas enfundado en un grotesco pijama comprado al peso en Portugal. Por suerte, mi vecino Don Luis, el cura, es el otro gran damnificado por la obsesión compulsiva de semejante tipeja y al verme de puertas afuera me ha invitado a pasar, tomarme un café y usar su teléfono para reclamar el auxilio de mi chica. Entre campurrianas y un café casi divino, me he enterado de la denuncia contra Sandro Rosell por presunta apropiación indebida de unos cuarenta millones de euros en la operación del fichaje de Neymar,  y no he podido evitar hacer cálculos sobre cuántos sicarios podría yo pagar, con todo ese dinero, para dejar las cosas claras a la desafiante funcionaria de Correos. En realidad, cuarenta millones de euros no son nada, apenas triste dinero cuando uno ambiciona la felicidad.

El aficionado al fútbol se asemeja, cada día más, a un niño que presume de su nuevo reloj, rodeado de curiosos que se abalanzan encima suyo para contemplar semejante maravilla, mientras siente la envidia de los otros alentando en su cogote, la gloria máxima para cualquier ego infantil. Los fichajes se han convertido ya, en una parte tan importante del espectáculo como la propia competición, un título más en juego, y estampar o no la firma de un astro en una simple servilleta de papel, puede competir con una Liga o una Champions en sonrisas y lágrimas, no digamos ya en portadas y tertulias. Las primas de fichaje, a intermediarios o a quién plazca según proceda, las admitimos ya como normales y por descontadas en pos del objetivo final, pese a saber que el fútbol está en manos de dirigentes que pecan por palabra, obra o comisión. Hemos llegado a un punto dónde, dichos corretajes, pueden llegar a duplicar el precio del traspaso en si, como en el caso de Neymar, y sin embargo apenas unos pocos levantan la voz para reclamar una explicación transparente, mientras una legión de conformistas presume del reloj con el que  todo el patio soñaba en primavera, aunque no tengamos la caja ni la garantía firmada por causa de la confidencialidad.

Parece que la denuncia concede quince días al President Rosell para ofrecer explicaciones sobre los pagos y quizás en esta ocasión, y de una vez por todas, sepamos cómo se han distribuido los millones de la discordia, tan desaparecidos hasta el momento como el famoso seny culé, temerariamente transigente ante semejantes procederes. Si preguntan ustedes por mi opinión, mucho me temo que las explicaciones que nos brinden se asemejarán en demasía a las del Sr. Bandero, aquel personaje de Luís García Berlanga en su premiada “Todos a la Cárcel”, en la que con evidente ironía y acentuando una bondad discutible ante las cámaras, explicaba a una reportera de televisión que él no había asesinado a su mujer.

-Vamos a ver, señor Bandero, ¿nos podría contar, entonces, cómo se encontró a su mujer con un hacha en la cabeza?

-Para mi fue una sorpresa; no esperaba eso de ella.

7 comentarios en “Un reloj de 40 millones de Euros

  1. Si fueses una mujer, Rafael, seguro estaría nervioso en cada tuit, en cada gesto que concediese al respetable. Aseguraría, cínicamente incluso, que esa manera de escribir, tan inteligente, tan directa, tan compleja y tan simple solo puede salir de un cerebro del otro sexo. Qué le vamos a hacer, están por encima. De todas formas, dicho esto, me alegra que se llame Rafael -y no Rafaela- y dignifique con cada frase, donde puede llegar un cerebro masculino. Escribe usted muy bien, no se si se lo han dicho.

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