Vestir el blanco

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De las pocas bodas a las que me invitan últimamente, me retiro temprano y con la sensación amarga de que el mundo es un lugar mucho peor que aquel de mis tiempos como camarero. Los profesionales de hoy, imagino que por exigencias del guión, se limitan a servir, asentir con cara de pez e insistir hasta el hastío de que bajo la carpa no se puede fumar. Yo recuerdo que hubo un tiempo dónde, los invitados, hacían la ola con servilletas mientras desfilabas con la bandeja, a ritmo de ‘España cañí’, borrachos todos al primer plato, comensales y servicio. Se nos permitía bailar con quién de nuestras virtudes solicitase, cantar alguna ranchera con la orquesta y, llegada cierta hora más o menos prudencial, tomar unas copas con alguna de las solteras del evento, en la barra del mismo, siempre bajo la atenta mirada del jefe de sala, responsable. Por encima de todo, se pensaba en la felicidad del invitado.

Salvo honrosas excepciones, por el contrario, hoy día todo ha quedado reducido a una pretensión efímera y caprichosa de la novia. Efímera por que la convivencia no suele acabar en vals, las estadísticas están de mi parte en esto y caprichosa, por que a base de pretender recrear lo visto en ‘La boda de mi mejor amigo’ y aberraciones similares, acaban convirtiendo una celebración que debería ser divertida en una obra de teatro escolar, con todo el mundo aflojándose las corbatas y mirando el reloj. Pero en eso consiste el poder de vestir el blanco, mis estimados y bien contados lectores. El hechizo y ternura que provoca una mujer vestida de novia bien puede competir con un niño disfrazado de gatito, e incluso la Guardia Civil, siempre implacable ante cualquier infracción de un vulgar, está dispuesta a mirar hacia otro lado si quién tira una colilla en la autopista, es una joven camino del altar o del hotel, blanca y radiante.

Si el acuciado Alexandre Rosell luciese modelo cano de Rosa Clará o Agatha Ruíz de la Prada, un suponer, apostaría yo dos de los siete dedos que me quedan a que, todos esos que ahora lanzan sus portadas y sus columnas contra el presidente, acusadores, respetarían más el proceso. Quizás provisto de velo y un bonito ramo, terminasen por ablandarse los corazones de quienes dudan de su virtud y la de sus actos. Vestir el blanco, se me antoja la única manera de que un juez de Madrid atienda a la única verdad; que todo lo hizo Sandro por amor al club y arrebatar a Neymar de los brazos corruptos de un señor mayor. De todas maneras, hace bien el presidente en solicitar la inhibición de tal elemento y pedir el traslado del caso a los juzgados de Barcelona, decisión que aplaudirá incluso el ex-patrono de la Fundació F.C. Barcelona y culé condecorado, Felix Millet,  pues mis planes no suelen funcionar y este en concreto, ahora que lo pienso y ya termino, a saber de dónde lo habré quitado.

“Dirás que las leyes cambian, pero no el modo de pensar de la gente.”

Adivina quién viene esta noche

Foto de Zahia Dehar publicada en elpais.es

Tócala otra vez

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Para escribir sobre Xavi Hernández, no se me ocurrió mejor manera de afrontar el folio en blanco que acudir a un viejo cd con bandas sonoras de clásicos del cine y dejar sonar el “As time goes by” de Dooley Wilson, el entrañable e inmortal Sam de ‘Casablanca’. La figura del mediocentro por antonomasia irá de por vida ligada a la de un pianista negro de chaqueta blanca, por obra de un comunicador genial capaz de ver música dónde otros apenas divisaban una gran mentira. Canta Dooley que “a kiss is just a kiss” y entre las notas de su piano uno puede escuchar la voz inconfundible de Andrés, implorando a Xavi que lo haga una vez más, como siempre: “¡Tócala otra vez!”

Cuando debutó Xavi, servidor ni siquiera sabía que dónde mejor se vive es en la cama o debajo de un ombligo y por ahí sigue el hijo de la María Mercé, toca que te toca, uno intuye que atropellado por las nuevas ideas tácticas y quizás, rehén de su extrema fidelidad a quién le paga, que es el club, mientras algunos dedos le señalan como culpable de lo que al minuto se defiende con resultados. Hace pocas semanas, le contaba Cruyff  a Pedro Pablo Alonso en A Coruña, que es difícil hablar de lo que se está haciendo mal en el Barça cuándo nunca se entendió qué se hacía bien, y sin saber yo de fútbol más que Naranjito, me parece que quién paga los platos rotos de tal incomprensión es Xavi.

Harina de otro costal es la crítica de una parte del mourinhismo y John Carling, que en algo tenían que coincidir y miren por dónde, tuvo que ser en la ira hacia el poeta con botas, príncipe de los ladrones de cuero, que diría el maestro Perarnau. Acusan al 6 de supremacista, de inquisidor, de trazar líneas entre el bien y el mal para la correcta práctica del fútbol y quizás no les falte razón, lo que tampoco se la resta a Hernández. Desde pequeño me enseñaron que a Noé no se le enseña nada sobre la lluvia y con Xavi se pretende. Es él quién ha olido el miedo en los rivales, quién los ha mecido como bebes en cunas de 105×70 y quién ha devorado títulos y estadísticas sin que alguno sepa todavía si toca y se va o si simplemente, toca y se queda; algo podrá opinar del asunto.

700 partidos y la certeza de que siempre nos quedará París. Y luego Roma. Y después Londres, quién sabe si Lisboa. Y en medio de la escena, acostumbrado a repartir juego desde el alambre y sospechoso habitual del fútbol español, como todos los talentosos, el pequeño pianista continúa a lo suyo, “it’s still the same old story, a fight for love and glory”, tocando una y otra vez la misma canción al tiempo que el espíritu de Andrés se acomoda la pajarita, apoyando un codo en una pequeña mesita de madera mientras en su rostro se dibuja una pícara sonrisa de jugón, adornada por aquellos ojos suyos de niño grande, siempre asombrado, que es como uno aprende que la vida, con Xavier Hernández al piano, solo puede ser maravillosa.

“Si ella lo resistió, yo también. ¡Tócala!”

Casablanca

Niños y borrachos

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Por esas cosas de la vergüenza ajena y el apuro propio, esta mañana he salido a la calle de incógnito, medio oculto bajo una bufanda enorme de punto que me tapaba media cara, un coqueto gorro de lana negro y las pertinentes gafas de sol, el atuendo perfecto para no pasar desapercibido en una villa como esta, lo se pero ¿qué quieren que les diga? Supongo que he visto demasiadas malas películas, de ahí la fama de imbécil patológico que arrastro en el arrabal, tan merecida como posiblemente ustedes intuyan.

Con la idea de llegar al punto de extracción sin incidentes, evité cruzarme con el peluquero, que es un centinela a sueldo de Concha Espina, y nada más salir por el portal agaché la cabeza y apuré la marcha, apenas levantando la vista cada seis o siete zancadas, mecánico como un nadador de estilo libre hasta llegar a la librería, el objetivo primero de un plan al que todavía quedaba la parte más espinosa del asunto por abordar; comprar el Sport y regresar a casa sin levantar sospechas ni provocar altercados.

De camino al estante de la prensa diaria, eché mano a una revista de portada sugerente y temática actual, “Diosas y Trans”, con la esperanza de que el matiz añadido, aligerase la verdadera carga de profundidad que iba a suponer abordar el mostrador con el periódico de Casanovas en la mano, que una cosa es que a uno lo acusen de curioso en demasía y otra que te asocien a la mentira y el insulto gratuito. Por fortuna y con mucho tacto por su parte, intuyendo mi apuro, el dependiente me ha preguntado si quería una bolsa “para esconder el periódico”, comprensivo y gentil.

A semejantes desdenes nos obliga la fidelidad a una cabecera bajo la cual, trabajan algunos de los periodistas más honrados y capaces que conozco, ninguneados  por una dirección convencida de que ni la gente necesita periódicos, ni estos a los periodistas, cada vez más difuminado cualquier interés informativo o literario entre columnas cochambrosas, portadas indignas y editoriales embrutecedores hasta el hastío, lo mismo contra la estrella rival que contra mitos propios, en su ausencia. Desconozco el placer que encuentran algunos en actitud tan mezquina pero me gustaría probar; parece buena droga.

Yo creo firmemente en aquella máxima de que solo los niños y los borrachos dicen la verdad, por eso el Balón de Oro de Cristiano Ronaldo quedó perfectamente legitimado, para mi, por el abrazo de su hijo y las palabras previas de Amarildo, personaje amable y singular en quién pensaba de regreso a casa, olvidando el plan inicial hasta que ya fue demasiado tarde y me topé con el peluquero cerrándome el paso, visiblemente indignado y blandiendo un ejemplar idéntico al que yo escondía entre porno, como si me fuese a pegar con él y recordándome, a su manera, lo bien que sabemos perder todos el día que ganamos.

“¿Sabes, Matthew? No estás siendo muy galante… ¿Tanto te repugnaría hacerme el amor?” 

The Dreamers

Fotografía publicada en http://www.notociasgrotescas.com

Un chiste y un punto

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Al choque de trenes en el Calderón, se presentó el Barça con un comunicado de prensa bajo el brazo escrito por els coleguis de Neymar (@ColeguisNeymar ) y de allí salió con el título de invierno, que es aquella vieja bufanda de lana que protegía nuestros pescuezos hasta la llegada del profeta volador, ilusionados y abrigados durante el invierno para terminar ahogados con los primeros calores de la primavera, que es cuándo el Madrid solía cobrarse las deudas. Cruyff nos enseñó que, con apenas un ligero chal holandés, uno podía resistir el frío y aspirar a reír en las noches de verano, algo que apenas asociaba yo a ganar un partido nocturno, en la playa, frente a Pablete y toda la cuadrilla de madriles que veraneaban en Campelo. Con Johan, más allá de la idea de juego, dejamos de pedir bufandas a los Reyes Magos y explicaciones al Régimen para ponernos las Ray-Ban y mirar de cara al sol, sin disculpas ni lloriqueos. Y fue tanto el brillo desprendido que, en cierta ocasión, llegamos a deslumbrar a Buyo para que devolviese al campo aquella pelota que se iba fuera, como aquella Liga, lo cual agradeció Pier en el campo y Núñez en los palcos, con media tonelada de medallas de oro y brillantes del club rumbo a Tenerife y alrededores.

El partido, a mi juicio aburrido, me remitió a tantos y tantos duelos empeñados en dar la razón a quienes opinan que el fútbol es poco más que veintidós señores corriendo detrás de un balón. Ayer eran veintitrés, por que si algo hay que reconocerle a Mateu Lahoz es que corre más que nadie. Iniesta, que de un tiempo a esta parte es sospechoso de demasiadas cosas, se adueñó de la primera parte como suele. El de Fuentealbilla hace lo mismo que Zidane en su día y que, a su vez, sublimó John Balan en los escenarios y tabernas de referencia de las Rías Baixas; despistar al respetable con una mano mientras percute sobre la puerta con la otra. Le dieron varios golpes a Don Andrés y de uno de ellos salió la coartada perfecta para enmascarar lo previsto; se fue el manchego y entró Messi. Aquello puso fin a cualquier idea de dominar la situación y comenzó el tiempo de las amenazas; Leo y Neymar por el lado culé y Dani Alves y Jordi Alba por el colchonero. Por suerte, Simeone parecía estar anoche a otra cosa, a juzgar por su aspecto uno pensaría que lo mismo esperando un alijo, vaya usted a saber, y su equipo no aprovechó los continuos regalos de los laterales azulgrana, anoche cuatribarrados.

El marcador, como el algodón del mayordomo aquel, no engaña y de un empate a cero poco bueno se puede decir, salvo que Rexach y Vilanova se tomen un café mañana y resuelvan lo contrario. Quizás ayer el fútbol cambió para siempre y no lo sepamos hasta que nos lo cuente Joanjo Pallás, en Mundo Deportivo. A la espera de tal acontecimiento, nos queda el comunicado oficial del club para arrancarnos esa sonrisa que el equipo parece negarnos. Con el dinero que se habrán gastado los padres de estas buenas gentes que nos dirigen, en colegios y universidades, y ni siquiera han tenido el detalle ni el decoro de comenzar el chiste con un catalán y universal “¿saben aquel que diu?”… Un chiste y un punto no parecen mal botín para haber vuelto el invierno.

 

Foto publicada en rtve.es

Ese señor y ese cartel

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Lo de no hacer nada en los primeros días del año es una costumbre tan habitual en mi como dormir con calcetines, debo reconocerlo. Me gusta empezar el año con alardes y sin esfuerzos por lo que, derrochar días enteros en poco más que enterrar las buenas intenciones acumuladas en Diciembre, se me antoja una manera tan digna como cualquier otra de otorgarse algo de importancia y comenzar el año con cierta motivación. Además, el asunto obliga luego a saltar al campo en busca de la remontada, pulgada a pulgada, tambores de guerra, miradas al cielo y la heroica por bandera, ahí dónde siempre he ofrecido yo la verdadera medida de mis posibilidades; ninguna. Si algo no se me puede discutir es la regularidad, supongo.

Ya me gustaría a mi ser uno de esos tipos formidables que voltean la vida en veinte minutos, se  duchan y vuelven a casa con tiempo suficiente para componer una balada a su esposa. Bendita criatura, este Lionel, del que ahora sabemos que también toca la guitarra, inhumano perdido, si ustedes me consienten la licencia. Sospechamos que Leo es un caprichoso ingobernable. Intuimos que incluso el más zen de entre los hombres, Pep Guardiola, se hartó de sus excesos y puso tierra de por medio, mientras las leyendas sobre su corazón puro, de hobbit ejemplar, murieron el día que una multa de Hacienda convirtió La Comarca en paraíso fiscal. Y sin embargo, en Messi creemos y en sus manos estamos, por fortuna y por supuesto. El rugido con el que un desangelado Camp Nou saludó su regreso frente al Getafe, debió de encoger el corazón de Xavier Faus, el vicepresidente económico del club, de quién cuentan las malas lenguas se giró nervioso, ante semejante revuelo, para preguntar a Zubizarreta quién era “ese señor”.

“Ese señor” era y es Lionel Andrés Messi Cuccittini, el pequeño capo del fútbol mundial y en su ausencia hemos asistido al intento, tenaz y previsible, por inundar las paredes y los muros con imágenes de nuevos ídolos y falsos maestros, también las de su propia casa. El regreso de Leo me recuerda a una escena de Karate Kid II en la que Daniel Larusso y el señor Miyagui aterrizan en Okinawa para visitar al padre moribundo de este. En los pasillos del aeropuerto, un gran cartel llama su atención: Sato Hiyoko, enemigo declarado de Miyagui, anuncia su dojo de karate con una ilustración en la que se le ve destrozar un formidable tronco de madera de un certero golpe, muy en la línea de esas portadas vigorosas de la prensa de Madrid, los Tomahawks y las falsas leyendas. Aprenda karate con el maestro Sato. 40 años como instructor de policía militar americana”

– ¿ Y usted puede partir un tronco así?

– No lo sé. Nunca ser atacado por un árbol.

foto publicada en http://www.blu-ray.com