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Definitivamente, para que en este país hablen bien de uno, no hay nada como decir “adios, muy buenas” y tirar para el otro barrio. Se nos ha ido Luis Aragonés, leyenda eterna del fútbol español y en menos de 24 horas ya se le atribuyen todo tipo de obras y milagros, demostrando una vez más nuestro gusto por llenar de medallas a los difuntos. Todavía recuerdo cuando se murió Rial y no se presentó ni la familia. En el funeral, el padre Millán dijo unas palabras, para los cuatro que estábamos presentes y en un reconocimiento postrero como he visto pocos sentenció: “Todos conocíamos a Rial y aunque muchos decían que era un poco cabrón, lo cierto es que también formaba parte del rebaño del señor”. 

Somos muchos los que no conocemos el fútbol sin él. Echo la mirada atrás y recuerdo a un Luis fronterizo, siempre al límite del elogio y la bronca, amado por unos y odiado por otros, solo unánime el reconocimiento como amo y señor del contragolpe ibérico, valor y estigma al mismo tiempo. Quizás ustedes ya no se acuerden, pero hubo un tiempo en España dónde el contraataque era asunto de equipos menores, y a Luis se le colgó pronto la etiqueta de entrenador de equipos pequeños, incompatible con divos del área y periodistas de salón de los grande clubes.

Obviando la leyenda del futbolista, pues solo la conozco de oídas y sería atrevimiento por mi parte siquiera referirme a ella, en mi opinión, el gran error de Aragonés fue su desprecio a los pioneros del cambio. El Sabio, a quién para mi gusto le pusieron el mote antes de tiempo pero terminó por merecerlo con honores, tuvo también su época ‘hater’, que diría el Sr. Mercutio, y a quienes reclamaban la pelota y medían a los jugadores por talento, no por centímetros, los bautizó Aragonés como ‘líricos’, en denominación de origen que hizo bastante fortuna hasta que se la cargaron las matemáticas sencillas, esas que consisten en contar copas, y a la que el propio Luis acabó contribuyendo.

Si de Guardiola sabemos que es un talibán de la idea de Cruyff, de Luis nos quedará para siempre la sensibilidad y el arresto necesario para bajarse de un barco que intuyó con rumbo equivocado y subirse al que terminó por llegar a buen puerto, con todo un país a bordo. No debería menospreciarse esa capacidad de rectificar, especialmente dónde no se perdonan las deslealtades con los viejos regímenes. Y aclaro que esto último no tiene nada que ver con la política, solo con el fútbol y sus entornos más próximos, aquellos que llevan toda una vida viviendo de cuatro frases hechas y buenas sobremesas con los protagonistas. Los acomodados señores del “deja estar el mundo como está,” que diría mi tío Darío.

Vaya desde aquí mi aplauso más sincero a la vida y obra de un sabio que acabó por “pensar primero en ti y luego en Shevchenko“. Y un brindis merecido por el último enlace verdadero entre los bares y el fútbol, ese matrimonio que se hunde por culpa de Rojadirecta y de una generación que no bebe, a saber por qué falsa creencia. Dónde sea que se van los más grandes, le espera ya mi estimado José, un tipo que siempre presumió de beber lo mismo “que Don Luis Aragonés Suárez.” Para ellos dos, reposa ya una botella de su coñac favorito en el mausoleo del Otilio, de la que espero ver como cada año va desapareciendo un pequeño sorbo, bien merecido y a su salud.

“Cada botella pierde un dos por ciento de su contenido cada año. Dicen que es la parte de los ángeles.”

La parte de los ángeles, Ken Loach.

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