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Seiscientos millones de euros no es dinero, estimados, cuándo se trata de adecuar un estadio que no ha dejado de adecuarse a lo largo de sus años de vida, incluidos los famosos ‘llambordíns’. Es un gran verbo adecuar, por cierto, de la primera conjugación, como casi todos mis verbos favoritos, aunque esto no les interesará demasiado a ustedes, supongo. Decía que adecuar es un gran verbo sobre todo para el que adecua, normalmente, y esto es lo más curioso de todo el asunto, el menos adecuado. Me parece todo tan macabro que lo disfruto a horrores, lo confieso, negro y profundo hasta el extremo, como ‘Fade to Black’. La víctima eligiendo el arma, el asesino y asegurando su posterior coartada; el crimen perfecto.

Uno va por la vida con poco dinero en los bolsillos, no por desconfianza ni por evitar parecer que quiere comprar a alguien, que es un complejo muy de Ourense, no se por qué, como tampoco se por qué la gente cree que en Galicia llueve mucho y no hay quién le borre la maldita idea de la cabeza, qué más da. Les decía que, con poco dinero y sin demasiadas expectativas, esto de plantearse gastar seiscientos millones de euros en una reforma, se me escapa a cualquier razón objetiva, lo siento de veras, especialmente cuándo todavía estamos pagando por aquí el puente de Rande, que también eran cuatro días y cuatro perras de nada; no me hagan hablar.

Apunta en un beso, mi estimado M.,  la necesidad de volver al vodka y no se me ocurre mejor momento que este mismo, sin pensárselo demasiado, como en la noche de Madrid. Con Del Nido solicitando un indulto para no ir a la cárcel y con dicha petición firmada por algunos de nuestros más ilustres dirigentes deportivos, qué mejor que un trago seco y cristalino de aguardiente ruso, querido. Con Lendoiro saliendo por la puerta de atrás, Llorente por la ventana y Rosell por la gatera, que mejor que abocarse sin remedio a la ingesta de uno barato cualquiera, sin tantas exquisiteces como Lenin. Con este panorama, estimado M., que mejor consejo que beber antes de ir a votar, el próximo día 5 de Abril, cuando el socio del F.C Barcelona deberá decidir si confía más de seiscientos millones de euros a esta estirpe de dirigentes, perfectamente acostumbrado a detectar la paja en el ojo ajeno pero nunca el onanismo propio; ese es mi temor.

La reforma se hará, porque la maquinaria suele funcionar a las mil maravillas cuándo conviene y, antes de que pestañeen siquiera, el socio de a pie comenzará a sentir que al campo le faltan zonas VIP, que cuándo llueve se moja, como todos los demás y para seguir con cantinelas, que no nos podemos rezagar respecto a los otros grandes clubes europeos, bendita previsión. Terminaré con una anécdota, quizás inventada pero tan maravillosa que merece rango de máxima certeza. Cuentan que Enrique Cerezo, el campechano presidente del Atletico de Madrid, disfrutaba de una lujosa velada en su yate, con unos invitados del mundo del cine cuando, en mitad del sarao, en confianza con uno de los ilustres, le revelaba esa gran verdad que a todos los demás nunca nos cuentan: “David, hay dos tipos de vida; una es esta y la otra no es vida”. Díganme si no apetece adecuar, aunque solo sea como cooperador necesario. Y tanto que apetece… ¡Desde que amanece, apetece!

foto publicada en http://www.ligabbva.com

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