Miénteme, pero solo la puntita.

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Ciertamente, no debe suponer un gran mérito ni esfuerzo seleccionar la más fenomenal de entre todas las mentiras y embustes con que, la actual junta directiva del Barça y su coro de pájaros cantores, nos has regalado los oídos en los últimos tiempos, en especial, a cuenta de la repentina necesidad de atacar la mayor inversión en la centenaria historia del club sin reservas, en una demostración de fe sin ningún parangón en la historia. A los cristianos quería ver yo si, llegado Pedro a Roma, les dice que él es la primera piedra y que las demás rondarán los seiscientos millones de euros, que no se cuánto será esto en denarios o lo que fuese que utilizase esta buena gente para pagar, pero seguro que lo lanzaban al Tíber. Buena gente, sí, pero no tan estúpida como la que, el próximo sábado día 5, dará su voto a una propuesta menos palpable y visible que las carnes del espíritu santo, puro idealismo y credo asumido.

“Si no llevamos adelante esta reforma, perderemos competitividad con respecto a los otros grandes clubes europeos, y ésta es una desventaja que luego, difícilmente, podremos recuperar”. He aquí la gran mentira, el coco que todo lo mueve en Barcelona, el hombre del saco blanco y la Santa Compaña catalana todo en uno; el Real Madrid. Casualidad o no, lo cierto es que no conozco un solo aficionado del Barça que no considerase el propio como uno de los mejores estadios del mundo y no presumiese de él hasta antes de ayer, más o menos cuando Florentino Pérez presentó su propuesta para convertir el Bernabeu en el ‘Enterprise’ y desató una ola de pelusa azul y grana como no se recuerda otra. Florentino siempre nos predispone a aceptar cierto embuste de los nuestros, aunque solo sea la puntita.

El F.C. Barcelona es el segundo club del mundo con mayor presupuesto, solo aventajado por el Real Madrid quien, pese a la perspectiva errónea habitual, solo ha ganado nueve entorchados europeos en su historia, lo que le convierte en el más laureado de los habituales contendientes, eso por supuesto,  pero no en el único competidor como muchos parece creer. Alejados en casi cien millones de euros, los siguientes en la lista son el Manchester United y el Bayern  Munich. Uno no parece sentir esa necesidad imperiosa de abandonar su teatro de sueños y al otro, su maravilloso y moderno estadio no parece haberle reportado el dinero suficiente para codearse, a nivel presupuestario, con los dos colosos del fútbol mundial. Y sin embargo compiten, del todo ajenos a estos temores que nos asolan en Barcelona, dónde algunos solo atisban un problema a tener en cuenta; las aspiraciones del Madrid.

¿Necesita el Barça un nuevo estadio y más negocio para seguir siendo competitivo? Mi respuesta es que no, que sería mucho más conveniente una directiva que optase por reducirlo, por gestionar adecuadamente recursos que ya son ingentes y por atenerse a las necesidades reales del club; un acondicionamiento racional del Camp Nou y un nuevo Palau Blaugrana. Todo lo demás, son ínfulas y oportunidad de negocio, ya veremos para quién, en principio dudo que para el propio F.C. Barcelona, que me recuerda demasiado en esta historia a la caja de un ayuntamiento, una diputación o un ministerio cualquiera; veremos quién paga los platos rotos al final del banquete pues los habrá, siempre los hay con niños y borrachos a la mesa.

Y poco más que decir, pues me parece que está todo ya bastante manido, al menos entre los cuatro harapientos de siempre, pues el debate ha brillado por su ausencia en los grandes medios y los supuestos opositores siguen escondidos, por miedo al desgaste supongo, y esperando mejores augurios en las vísceras observadas. Uno le da muchas vueltas a las cosas y sin embargo es posible que la postura correcta sea la de quienes encojen los hombros y circulan, siempre con la botella llena y la mirada confiada, despreocupados y por el carril señalizado. Ojalá pudiese ser yo uno de ellos, alguien como aquel vasco del chiste al que le preguntaban si le parecía caro el Guggenheim y respondía que no, mientras metiera goles. Sería un gran alivio en estos días de madriditis y Qatar Airways, ideales para entregarse a la medicación y los viajes exóticos, tan alejado y apartado del mundanal ruido que no hubiese posibilidad alguna de que, a mi isla, llegase una sola noticia sobre a cuánto nos ponen el ladrillo, estimado Chusín.

 

Fotografía publicada por http://www.elconfidencial.com

Derbi y Sonatina.

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La panacea tiene precio y se calcula rondará los seiscientos millones, así nos lo explicó un maravilloso vídeo informativo emitido ayer por Digital Plus, durante el descanso del derbi barcino entre Espanyol y Barça. El infomercial, pleno de azules y cisnes unánimes, me hizo pensar en un primer momento en ‘Sonatina’, el famoso poema de Rubén Darío, quizás porque ése era el objetivo de los publicistas, el de transportarnos a un mundo ideal de cielos abiertos y sin nubes, pleno de toboganes y agua cristalina por la que nos deslizaron hasta caer en el regazo de una madre, universal y culé que, generosa, nos ofreció su pecho. Pronto se difuminó la poesía y el vídeo degeneró en una vil charlotada, como cabía de esperar con semejante cuadrilla, y me embargó la certera sensación de encontrarme frente a la última gran ocurrencia de Nueva Rumasa. Ahogué un grito de dolor con esfuerzo y apenas suspiré. “La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan por su boca de fresa.”

Durante el partido, últimamente el único refugio dónde uno se reconoce verdaderamente culé, demasiado alejado ya por principios de todos las gasas y velos que envuelven al club, nos quedó la certeza de que la princesa es Neymar y para colmo está de lo de Cesc; cada día se parece más a El Principito. Como comprenderán, con tanta lírica y tanta realeza, cuesta sacar adelante los partidos aunque les reconozco el mérito de, al menos, lograr hacernos pensar. Decía el maestro Camba que, del fútbol, no se sacaba desarrollo alguno para la juventud más que “el de pies y pantorrillas”, y a buen seguro que se llevaría una soberana alegría al comprobar cómo, estas dos estrellas del balompié, son capaces de obrar el milagro y generar entre la afición corrientes de pensamiento, grandes teorías y encendidos debates, defendiendo unos la plena existencia del ‘cuatro’ y el ‘once’, y negando otros tal afirmación, calificándolos de meros mitos y leyendas interesadas. No es el debate sobre la razón pura pero tiene su aquel, la verdad.

El mejor del partido fue Clos Gómez, quien hizo honor a su fama y mintió a cada golpe de silbato, como ya nos habían advertido en su día: “El señor Clos, miente”. La justicia le puso su gracia a un partido que, por momentos, degeneró en un Norwich-Sunderland de suplentes. Por el precio de uno, los contendientes nos regalaron dos partidos diferentes con el pero de que, el bueno y potable, duró diez minutos. Dio tiempo a ver a un Busquets que sería capaz de sostener la cúpula de San Pedro del Vaticano sobre sus hombros, si se lo pidieran, y a un Messi con cara de querer hacer daño, como esos niños gamberros que sonríen antes y después de romper un jarrón. Ayer, en medio de Sarajevo, a Leo  le debió de parecer que ya había demasiada destrucción a su alrededor, así que detonó de manera controlada un penalti providencial, ganó el partido y de camino a casa paró a comprar una lasaña y alquilar un dvd, a buen seguro, alguna comedia romántica con la que relajarse sintiendo el roce de Antonella, bajo una manta cara y esponjosa, alejado del mundo, en su majestuoso sofá.

Y para poco más dio el derbi de Cornellá, pleno de pisotones y despropósitos, en un estadio de diseño como el que ahora pretenden colarnos a los culés. Nadie sabe cómo va a ser pero ya nos han dicho el precio, que es como sentarte en un restaurante ruso, no entender la carta y ponerte a pedir sin saber, haciéndote el entendido y el interesante, todo por no reconocer que no tienes ni puta idea de lo que están ofreciendo salvo el precio, perfectamente especificado en dólares y en euros. Bien haría el socio culé en dejar las demostraciones de sibaritismo para los clubes gastronómicos y los Gin Tónic de los viernes. No seríamos los primeros idiotas en hipotecar nuestra vida por querer aparentar y tirarnos a la pelirroja del vestido negro. Seny, amics, o como dijo aquel, “algún día prendrem mal.”

¡Pobrecita princesa de los ojos azules! Está presa en sus oros, está presa en sus tules, en la jaula de mármol del palacio real.  

Sonatina, Prosas profanas y otros poemas.

Foto publicada en ABC.com

Mariconadas, las justas.

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Un buen amigo mío sostiene que, Stallone, resulta ser en si mismo un gran club de fútbol a todos los efectos, perfectamente capaz de generar mitos, leyendas y modelos de conducta a lo largo de diferentes generaciones. A mi amigo le molesta que yo quiera reducir toda su relevancia a John Rambo y Rocky Balboa y alega, entusiasta, que no se deben obviar dechados como Lincoln Hawk, el camionero que echaba pulsos a la vida por recuperar el amor de su hijo, o como Ray Quick, un ex agente de la CIA, experto en explosivos y capaz de mecer a Sharon Stone entre sus brazos como una muñequita de papel. Si es usted varón y busca en su interior, descubrirá que dentro lleva incrustado un personaje interpretado por el rocoso actor neoyorquino. Y puede apostar su mejor botella de whisky a que el mío es Marion Cobretti, Cobra, el brazo armado de la ley’, eternamente en cabestrillo, eso sí, como el Kaiser.

Lo primero que hay que agradecer al film es que desterrase a las Ray-ban Aviator de cierto halo sospechoso que arrastraban desde el estreno de Top Gun, ese mismo año de 1986, aunque al pueblo llegaron un par o tres más tarde, como todo. Cierto que Cruise cumplía con lo suyo y parecía pilotar el caza protagonista sin dificultad aparente, pero también sobrevuela sobre el film cierto erotismo homosexual que no nos puso las cosas nada fáciles durante las etapas más nebulosas de nuestra adolescencia. Todavía hoy nos decimos que aquellos juegos eran normales, pero yo sospecho que no estaban exentos de cierto sarasismo latente,  y que nos faltó muy poco para quedarnos sin disfrutar del que ahora defendemos como el mayor placer codiciable en esta puta vida; el cuerpo a cuerpo con una mujer que lo acepte. Fue ‘Cobra’ lo que nos hizo ver las cosas de otra manera, película que corrimos a visionar en cuanto cumplimos trece años, la edad en que los gitanos permitían la entrada a su cine ambulante de verano. Cuándo uno descubre a Brigitte Nielsen en la gran pantalla y a esa edad, la percepción de la sexualidad propia y los más oscuros deseos, cambia de forma radical y cualquier cariño mal entendido entre amigos de toda la vida, se disuelve en una húmeda y mera anécdota, como un azucarillo.

Además de dotar de cierta hombría a un modelo de gafas en concreto, y a una pandilla de adolescentes gallegos en particular, al personaje de Cobretti hay que agradecerle su estilismo macarra atemporal y esa visión desapasionada y violenta de la justicia, tan necesaria en esta jungla de asfalto en que se ha convertido el mundo del fútbol para los aficionados profesionales. Barcelona, en concreto, está plagada de seguidores de una secta religiosa, muy semejante en su virulencia a aquella del Nuevo Orden que azotaba la villa costera de la película. Ustedes pueden reconocerlos fácilmente, no se asusten, pues son aquellos capaces de defender el delito por la fe, poco importa la gravedad si en el horizonte se dibuja un futuro mejor para el F.C.Barcelona, aunque sea mal pintado, bien en forma de fichajes o a modo de espectaculares maquetas para nuevas instalaciones. Todo se acepta en pos del Nuevo Orden, una aspiración legitimada por un loco conocido como ‘El Carnicero Nocturno’, quien por el día se esconde. Desconozco su verdadera identidad pues yo no soy más que un muchacho desinformado, como dijo Bernat Soler en ‘El club de la midja nit‘. Capodeccina del sexto batallón, a buen seguro él sí es conocedor del rostro y la mano que mece la cuna desde las sombras y paga tan bien los servicios prestados. Pregúntenle, antes de que deje caer el palillo de mi boca y empiece el jaleo; mariconadas las justas, Bernat.

 

-“¿Quieres hablar? Pues hablemos, me gusta la conversación”

-“¡No quiero hablar contigo, quiero que vengan las cámaras de televisión!”

-“No puedo hacer eso. Yo no trato con psicópatas, yo me los cargo.”

-” ¡No soy un psicópata! Soy un héroe, un cazador cojonudo… ¡Soy un héroe del Nuevo Orden!

Cobra, el brazo armado de la ley

Fotografía publicada en http://www.picstopic,com

Dejen el mundo como está.

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El partido estaba siendo como esas comidas familiares de los domingos, dónde un padre, una madre y una cuadrilla incontable de hijos se disponen a dar cuenta de una olla de caldo, a ser posible en silencio. Como los niños son niños, y todos sabemos lo que pasa con ellos, la calma dura poco y enseguida comienza a sonar un barullo sordo pero constante, in crescendo, hasta que al padre se le agota la paciencia y golpea la mesa con la palma de la mano, violento, recordando quién manda y quién ha llenado los platos de comida: “¡Mi casa, mis normas!” Eso mismo hizo Messi ayer en el santiago Bernabeu, después de no haber movido un músculo apenas, durante la media hora que duraron los fríos entrantes.

Como Madrid es tierra de tradición taurina, a Leo le reconoció el gesto el tendido con un mechero a modo de clavel, a buen seguro que con un beso y ardientes deseos alojados junto a la piedra. Lástima  que él no acertó a besar y devolver el presente, por lo que imaginé a alguna joven mocita disgustada por el desprecio del matador, absorto en su enésimo momento de gloria sobre un campo que comienza a sentir tan propio como el mismísimo Camp Nou. La mocita suspiró, afligida, y a su vez suspiró Martino, aliviado. El técnico de Rosario, pese a las malas lenguas y los militantes de salón, se ha ganado ya un lugar permanente en la historia del club, pues de su mano hemos descubierto la verdadera acepción de la palabra banda, dibujada con mimo en el lado derecho del frente culé ayer, en retrato magnífico del desastre, el caos y las guarderías infantiles, todo en uno. Se suele decir que en el fútbol se compite como se entrena y así, Dani Alves parecía estar tocando la guitarra, Neymar confundía a Marcelo y Di María con Mickey y Minnie, mientras Hernández, siempre puntilloso, no acababa de decidir si el césped se ajustaba a derecho o si debía solicitar la suspensión cautelar del partido, al menos hasta que llegase su propio jardinero y arreglase el desaguisado, algo habitual en tipos como Xavi, Gatsby o yo mismo; fulanos con oscuros principios y peculiares obsesiones, sin más.

En cuanto al Madrid, poco que decir que no hayan dicho ya las banderas del relato, ese que emigró a Madrid por falta de practicantes en Barcelona, apenas subcontratas del éxito y del poder en los últimos tiempos. Me quedo con esa sensación de cambio de ciclo con que comenzó el partido y la normalidad final al comprobar que, como en la canción, “la vida sigue igual”. Me recordó mucho al día en que, el hijo de Don Darío, viejo marinero y padre ejemplar, se graduó como Guardiamarina en la Escuela Naval de Marín. Para celebrarlo, se preparó en casa una merluza de impresión, que en familia humilde se comía de una misma fuente, a falta de platos, con el pez formando en círculo, los cachelos en medio y la familia rodeándola, como los indios al General Custer en la batalla de Little Big Horn. Doña Elvira, orgullosa, quiso agasajar los méritos del muchacho y giró la fuente hasta situar la cola del pez frente a él, la pieza reservada habitualmente al cabeza de familia. Don Darío observó el movimiento arqueando una ceja, como Ancelotti, y volvió a girar la bandeja a su vez, hasta devolverla a la posición habitual, disconforme. Entonces Doña Elvira trató de repetir la operación pero una mano sujetó la suya y unas palabras le mostraron el camino, el mismo que ayer señaló Leo Messi en el Bernabeu: “Elviriña; deja estar el mundo como está”.

“No deben burlarse, a mi mula no le gustaron sus risas; llega a pensar que se ríen de ella. Pero si se disculpan, como se que harán, quizás la convenza de que no fue su intención.”

Por un puñado de dólares

 

Foto publicada por @History_pics

Ir al Bernabeu

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Ir al Bernabeu no es una broma y nunca lo fue, pese a las apariencias durante algunos de los años bárbaros. En realidad, la sensación para un rival que visita esos cuatro muros verticales sin llevar la lección aprendida y las ideas muy claras, debe ser muy parecida a la de mis visitas inesperadas al médico, de pequeño, a menudo emboscadas en chequeos rutinarios y falta de vitaminas para terminar, irremisiblemente, sentado frente a algún extraño fulano con bata, zuecos y gafas, que miraba de cerca la punta de una aguja antes de atravesarme el brazo con ella y dejarme allí medio muerto, casi desangrado. Las jeringuillas me abocan al drama de toda la vida, ya ven, como las canciones de Bosé o el Havana Club 7, y acumulo una buena docena de escenas lamentables por el camino, a causa de tal fobia, siempre ante la mirada avergonzada de una madre que nunca entendió ni tanta bis trágica ni tanto miedo en un solo niño.

¿Han ido ustedes alguna vez al Bernabeu? Yo sí. En realidad, iba a un concierto de AC-DC pero nos pareció buen plan, para matar la espera, acercarnos a animar al Real Club Celta, que jugaba ese domingo en el coliseo blanco. Del partido recuerdo pocas cosas porque, a los conciertos de rock, va uno preparado a conciencia y desde que sale de casa, la abandona; el rock exige sacrificios que van más allá de la vestimenta, señores. El duelo terminó con un 3-0 para los Galácticos, frente a aquella Rianxeira Mecánica de los Karpin, Gustavo y Mostovoi, ausente aquel día preciso, maldita fue mi suerte. Zar de la Ría y la Estepa, tal fue su simbiosis con esta tierra que uno no sabría decir si hablaba gallego con acento ruso o al revés. Fue el mejor jugador del mundo pero nunca sintió la necesidad de contárselo a nadie, ¿para qué?, si nadie le iba a creer.

Como les decía al principio, mejor ir con modestia y mil ojos al Bernabeu, preferiblemente abiertos pues ya hemos visto, a lo largo de todo el año, algunos párpados y ojeras que no se sostienen. Tengo la ligera sensación de que, camino de Concha Espina, el autobús lo conduce un señor que siempre prefirió la bicicleta y lo más probable es que Messi llegue mareado y vomite. En realidad, ya vomitó a Jesús en ese verde y alto pasto una vez, pero por entonces todavía era Willy ‘la locomotora’ Beamen o quizás es que todavía sentía el aliento de Al Pacino a su lado, ¿quién sabe? Aquí, lo único realmente cierto es que necesitamos la victoria, bien por seguir peleando el título, bien por justificar el año con un par de triunfos parciales, como toda la vida, lo que me devuelve al ambulatorio de los horrores, aquel de dónde siempre salía yo pálido y tembloroso, pero con una buena disculpa a la que aferrarme: “Jo, es que siempre me tocan médicos del Madrid.” 

“Ahora estamos en el infierno, caballeros, créanme. Y, o nos quedamos aquí, dejándonos machacar, o luchamos por volver a la luz. Podemos salir del infierno, pulgada a pulgada.”

Un domingo cualquiera.

La costilla de Gistau

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A primera hora de la mañana, que es cuándo yo ojeo la prensa y leo PornHub, me topé ayer con un artículo magnífico de David Gistau en el ABC, ese periódico que algunos culés compramos a hurtadillas para leer a Hugues, en la clandestinidad, incapaces de abandonar cierta adicción por el relato, nuestra única victoria de prestigio frente a las deportivas del eterno rival durante tantos años. Decía que el artículo de Gistau me pareció magnífico y lo mantengo, pese a que no puedo estar más en desacuerdo con él, a quien intuyo empeñado en dar la razón a un amigo común que vive convencido de que “Guardiola saca el periódico deportivo catalán que todo aficionado del Real Madrid llevamos dentro.” 

A Gistau le parece que su labor resultaba más sencilla en Barcelona “donde el custodio de la esencia era él, ya que Cruyff le traspasó la tutela del canon.” Semejante reflexión invita a pensar que este señor no ha abierto un ejemplar de Mundo Deportivo en mucho tiempo, lo que no es asunto para echar en cara y, bien al contrario, me parece digno de una sincera felicitación. Cruyff y Guardiola son el enemigo para el sector más poderoso de la prensa catalana, estimado Gistau, y si durante algún tiempo los soportaron fue solo por una sencilla razón: “Me aplauden por que gano; ya veremos cuándo deje de ganar”. No hizo falta tal cosa y solo con abandonar el cargo y tomar distancia, cualquiera pudo comprobar hasta dónde llegaba la inquebrantable lealtad de la prensa, todos en fila para rendirse al sustituto, todavía con las manos ensangrentadas tras una traición silenciosa y silenciada.

Sobre las inquietudes estéticas de cada uno poco o nada tengo que alegar, pero sí hay un detalle que, tanto Gistau como su referido Beckenbauer, no deberían obviar y que el bueno de Pazos resumía en ‘Airbag’ de la siguiente manera: “Mira nena: aquí hay una cuestión; el concepto es el concepto, esa es la cuestión.” Y el concepto es ganar o morir, asunto en el que no parece desencaminado Guardiola y su método, pese a no ajustar su propuesta al gusto de todos y cada uno de los consumidores. Quizás sea este suficiente motivo para su definitivo destierro a la luna, como reclaman algunas voces, pero yo aconsejaría no dramatizar con estas cosas pues ya sabemos como son de histéricos con las formas algunos líricos y estetas. Ganar o morir, estimado Gistau, o como gustaba decir a ese señor que flota sobre todo su artículo pero sin nombrar: “Bonito, bonito, bonito no es entrenar al Real Madrid. Bonito, bonito, bonito es ganar con el Real Madrid”.

“Yo quería una mujer y solo veo un competidor… ¡Competidor, competidor, competidor!”

La costilla de Adán

Fotografía publicada en http://www.cinempatia.com

La muerte nos sienta tan bien

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Mientras ustedes se entretienen con los clavos ardiendo y demás aberraciones del imaginario merengue más panderetero, que ya son ganas de hacer el ridículo, por cierto, a mi se me ha ocurrido comenzar a preparar nuestro propio funeral, que luego nos coge el difunto por sorpresa y ya no encuentra uno tiempo para nada. Lejos de lo macabra que pueda parecer la idea, al menos en principio, preparar tu propio entierro se me antoja el último intento decoroso de irte de este maldito mundo demostrando cierta autoestima, como ese futbolista al que cambian y se niega a dar la mano a su entrenador, desairado; algo así como decir a la muerte que te vas por qué quieres, no por que te arrastre. Además, y como decía un rey de Esparta de nombre bien enrevesado, “es bueno morir antes de hacer algo que merezca la muerte.” 

En esto de preparar el propio velorio y entierro, mi referente es un tío abuelo de mi padre, el tío Manuel, que se puso manos a la obra en cuanto le detectaron un cáncer como una centolla. Era un tipo con humor, gran bailarín y contrastada voz entre los especialistas del canto de taberna, que para eso tenía una propia y era acordeonista. Además de todas esas cosas también era taxista, al menos en los ratos libres que no dedicaba a las artes y al morapio. Ni en el velatorio ni el funeral quiso una sola flor y la caja, de roble americano, le sentaba como un guante, como él mismo había anticipado en cuanto la vio: “Me entró por los ojos tan pronto pusimos el pie en la funeraria, Lauriña”, explicaba mi tía el curioso enamoramiento en las posteriores misas de aniversario que, en pueblos como el mío, no se si lo saben, pueden llegar a ser incluso mensuales.

Más allá de la fecha exacta en que se certifique el deceso, yo creo que sería conveniente ir decidiendo cosas, como por ejemplo si lo vamos a velar en casa o en un tanatorio, de los que no tengo yo los mejores recuerdos, la verdad. La arquitectura de esos lugares suele ser deprimente y las camareras de las cafeterías, infames. Personalmente, yo velaría a tan glorioso equipo en casa, sin flores y con gaiteiros, que quizás no sea lo más catalán del mundo pero tampoco le vi nunca cara de boletaire a Carlinhos Brown ni al rubio de Coldplay, y ahí están los dos, como símbolos de las más grandes celebraciones en nuestra centenaria historia. Lo que si tengo claro es el epitafio, robado del más allá a la voz más ilustre del imaginario culé, la de Don Carles Gardel. “Adiós, muchachos, compañeros de mi vida, barra querida de aquellos tiempos…” 

“Solo quiero que sepas una cosa, Helen; tú misma te lo has buscado”

La muerte os sienta tan bien

Foto publicada en marca.com

 

La gota malaya

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Mientras estamos a tiempo, pues pronto no recordaremos ni cuál fue nuestro delito, conviene mentalizarnos sobre la condena que nos espera, posiblemente una de las mayores torturas que se pueda infringir a un ser humano. Por desviarnos del camino marcado, entregar el club a las manos incorrectas y haber propiciado la venta de Thiago, nuestro castigo no podía ser otro que la muerte por gota malaya. Decía que estamos a tiempo pues todavía somos capaces de dirigir nuestros pensamientos, apenas vertidas unas cuantas y frías gotas que parecen incomodar bastante menos que la inmovilidad absoluta, tan necesaria para que, cada una de ellas, inofensivas en apariencia, caiga en el mismo punto exacto de tu cabeza, a la larga, devastadoras.

Además de inteligente, educado y buen jugador, Thiago Alcántara es un muchacho que siempre se ha creído capaz de triunfar en el mundo del fútbol y nunca ha sentido reparo alguno en proclamar tal ambición, lo que en Barcelona nunca ha sentado del todo bien, especialmente entre esa facción de aire rancio, culo estrecho y coartadas disfrazadas de amor a los colores. Antes de que debutase, ya había quién lo quería fuera por atreverse a mentar al Madrid como un destino adecuado, si uno quiere triunfar en el mundo del fútbol y no está dispuesto a limitarse a una única oportunidad, lo que parece del todo lícito para un profesional, pero con la iglesias hemos topado, Paco, y esas cosas no se dicen en esta sagrada casa… Es una vieja canción, con la que no querría yo aburrirles.

Cada pase corto del chico Alcántara, ya sea con la camiseta de Bayern o la de cualquier otro equipo en que milite en el futuro, caerá sobre nuestras cabezas como esa gota maldita que primero moja y recorre nuestro cuerpo, luego aturde la mente y nos marca las horas hasta que el mañana es la siguiente, para finalmente derribar la resistencia del cráneo e inundar la poca vida que nos reste, ya por entonces. Cada pequeño y sutil toque suyo a un balón, será un golpe húmedo, líquido, pesado, oscuro; será certero. En menos tiempo del que imaginan, ya no recordaremos por qué estamos ahí atados, ni siquiera entenderemos que se trata de una condena, y por eso me ha parecido tan conveniente recordarlo. Ahora que está de moda defender que Neymar es el fichaje más barato de la historia, aquí viene un condenado a sostener que, la venta de Thiago, va camino de convertirse en el traspaso más caro de toda nuestra larga, repetitiva y cainita historia; la otra gota malaya.

Canadá y las agujas de marear.

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Tallón, que es hombre y escritor según publicó hace unos días el diario El Mundo, dice que “nunca hay que aceptar un trabajo del que estés seguro que no te van a echar” y supongo que lo mismo pensó Gerardo Martino, al comprobar que aquella llamada de teléfono no se trataba de una broma grosera y que, efectivamente, la voz al otro lado del Atlántico le estaba proponiendo ser el nuevo entrenador del F.C. Barcelona, ¡completamente en serio! La anécdota la contó el propio técnico rosarino, nada más aterrizar en la Ciudad Condal, y mientras uno miraba a un lado y a otro, incrédulo por lo que acababa de escuchar, la prensa se inundó de perfiles bondadosos con el nuevo míster, todo humildad y virtud a primera vista, nada que ver con el carácter frío y elevado de aquel ‘a quién no se debe nombrar’, por entonces recién aterrizado en Munich para ponerse en evidencia, de manera inconsciente y voluntaria, alejado de sus juguetes dorados y perfectos de la Masía. Señoriales y agradecidos, los directivos decidieron regalarle uno, como recuerdo, supongo.

Pasados unos meses, ahora que en Barcelona se pelean entre verdugos por ver quién asesta al Tata el hachazo definitivo, uno rememora aquellas primeras semanas con una nostalgia especial, pues el asunto me recordó a la inocencia propia de otros tiempos, tan habitual en pueblos como el mío dónde, uno de los mayores divertimentos conocidos, consistía en aprovecharse del candor irracional de los más confiados. El primer día de marea de cualquier rapaz de a bordo, por ejemplo, lo primero que se hacía con el pobre incauto era enviarlo a la tienda de Carmen, a comprar agujas de marear. Prevenida, Carmen se hacía la contrariada, pues no le quedaba ninguna, alegaba, y enviaba al muchacho a la tienda de Mucha, en la otra punta del pueblo. Así, la criatura iba recorriendo todos los ultramarinos y bares, unos cuantos por cierto, antes de regresar al muelle  avergonzado y con la manos vacías, en su primer encargo importante. Las risas de los marineros veteranos llegaban a oírse en Portonovo, se decía.

A los aficionados del Barça, y parece mentira con todo lo que hemos ponderado y alardeado estos años, nos tomó esta directiva por tontos o por confiados, no me atrevo con un diagnóstico firme, pero lo cierto es que nos han mareado como a cualquier rookie de un barco de arrastre, y encima se han reído. Como a tantos otros grumetes primerizos, nos han despertado en mitad de la noche frente a la costa de Vigo y nos han dicho: “rapaciño, mira Canadá”. Y con los ojos como platos nos lo creímos, ilusionados, y regresamos a tierra convencidos de haber estado a un paso de conquistar Terranova. No vale de nada lamentarse, ni apuntar con el dedo a quién creyó que se le tomaba el pelo ofreciéndole el cargo. Tampoco sirve de mucho enjuiciar a jugadores, especialmente a quiénes han dado tanto. Para eso están las directivas, a quienes corresponde la toma de decisiones sobre tales asuntos. A nosotros, solo nos corresponde ponerlos y, por supuesto, echarlos.

” Acá hay tres clases de gente: la que se mata trabajando, las que deberían trabajar y las que tendrían que matarse.”

Mario Benedetti.

Foto publicada en meiguinha00.blogspot.com

Cuatro gatos y los mayas.

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Si usted es uno de aquellos niños que no veía Don Gato, es posible que todo lo que tengo que contarle no le interese lo más mínimo, incluso es posible que no me interese lo más mínimo usted a mi, es justo que se lo advierta, supongo, pues siempre he sospechado de las personas que se conducen con excesiva virtud en la vida, esquivos al gozo y el esparcimiento como si de un pecado capital se tratasen; a saber qué esconden. La cabecera de la famosa serie, maquinada por Luis Pistocchi y producida por Hanna-Barbera, ya daba pistas sobre el pelaje especial del minino, a quién veíamos aparecer en la parte trasera de una imponente berlina, con chófer uniformado, cómodamente conducido a un lujoso hotel dónde dejaba propina al botones y almorzaba en una elegante terraza, o al menos eso parecía, pues todo tenía su truco.

A lo largo de treinta capítulos, y ataviado con su inseparable sombrero y un elegante chaleco de tres botones, Don Gato nos mostraba la auténtica realidad de la vida arrabalera, un tanto distorsionada por el apabullante éxito de Thomas O’Maley en ‘Los Aristogatos’, dónde se llevaba de calle a la madre soltera con apenas un par de tonadas y una noche salvaje en el garito del Gato Jazz, otro de los grandes mitos de mi peculiar santoral animado. Lejos de las fantasías habituales de la Disney, las correrías de este micifuz amarillo y su pandilla, nunca tenían un final feliz y uno aprendía a disfrutar de la vida por el camino, sin necesidad de pensar en el desenlace y con la certeza de que no había gloria alguna esperando al final de cada capítulo, sin duda, pero podías sentirte un gran violinista por un buen rato, o alternar con la caprichosa actriz Lola Glamour, lo que no está nada mal para un micho arrabalero.

Don Gato vivía en un cubo de basura pero tenía teléfono, lo que es una comodidad indudable, además de unos compinches que cualquiera querría para sí, excepto al pequeño Benito Bodoque, claro, que nunca acabó de agradarme. Tenía una mirada bastante falsa y resultaba demasiado adorable e ingenuo como para no despertar cierto recelo, por no hablar de su suéter blanco, en mi opinión, pura vanidad y muchos humos, como la leña verde. Además del tal Bodoque, la panda estaba compuesta por Cucho, Panza, Espanto y Demóstones, sin duda mi favorito. Anaranjado, tartamudo y con un reloj en el que no sabía mirar la hora, Demóstenes no era el más listo del callejón, pero siempre me gustó su camiseta púrpura y su actitud, ferviente admirador de eternos secundarios y perfiles para el arrastre, para qué les voy a engañar.

Para terminar, y ya que hablamos de secundarios y perfiles bajos, les invito a que reflexionen sobre que sería de tan exitosa serie sin su protagonista principal, el líder natural de la manada. Borren ustedes a Don Gato, olvidemos al infame Benito por un instante y todo lo que nos quedan son cuatro gatos, con sus bondades evidentes, que las tienen, pero cuatro mininos al fin y al cabo, sin más, por mucho que los adornemos con bufandas y corbatas. Ahora que lo pienso, quizás no sea tan casual que el doblaje latino de Benito Bodoque corriese a cargo del actor mexicano, Jorge Arvizu, a quién todo el mundo conocía como ‘el Tata’. Solo nos faltaban los mayas…

Don Gato – “Ahí la tienen, la puerta hacia la felicidad. Un rubí y podremos vivir durante un año. Y ahora, vamos a organizarnos, muchachos. Benito y yoiremos a la puerta principal. Panza y Espanto, irán a la puerta lateral…”

Espanto – “¡Entendido, Don Gato!” 

Don Gato – “Cucho y Demóstenes, ustedes a la puerta de atrás.” 

Cucho – “Bien, a la de atrás”

Don Gato – “¿Alguna pregunta?”

Demóstenes – “Cu cu cuándo lleguemos a la pu puerta de atrás, ¿qué hacemos co con ella?”