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Si usted es uno de aquellos niños que no veía Don Gato, es posible que todo lo que tengo que contarle no le interese lo más mínimo, incluso es posible que no me interese lo más mínimo usted a mi, es justo que se lo advierta, supongo, pues siempre he sospechado de las personas que se conducen con excesiva virtud en la vida, esquivos al gozo y el esparcimiento como si de un pecado capital se tratasen; a saber qué esconden. La cabecera de la famosa serie, maquinada por Luis Pistocchi y producida por Hanna-Barbera, ya daba pistas sobre el pelaje especial del minino, a quién veíamos aparecer en la parte trasera de una imponente berlina, con chófer uniformado, cómodamente conducido a un lujoso hotel dónde dejaba propina al botones y almorzaba en una elegante terraza, o al menos eso parecía, pues todo tenía su truco.

A lo largo de treinta capítulos, y ataviado con su inseparable sombrero y un elegante chaleco de tres botones, Don Gato nos mostraba la auténtica realidad de la vida arrabalera, un tanto distorsionada por el apabullante éxito de Thomas O’Maley en ‘Los Aristogatos’, dónde se llevaba de calle a la madre soltera con apenas un par de tonadas y una noche salvaje en el garito del Gato Jazz, otro de los grandes mitos de mi peculiar santoral animado. Lejos de las fantasías habituales de la Disney, las correrías de este micifuz amarillo y su pandilla, nunca tenían un final feliz y uno aprendía a disfrutar de la vida por el camino, sin necesidad de pensar en el desenlace y con la certeza de que no había gloria alguna esperando al final de cada capítulo, sin duda, pero podías sentirte un gran violinista por un buen rato, o alternar con la caprichosa actriz Lola Glamour, lo que no está nada mal para un micho arrabalero.

Don Gato vivía en un cubo de basura pero tenía teléfono, lo que es una comodidad indudable, además de unos compinches que cualquiera querría para sí, excepto al pequeño Benito Bodoque, claro, que nunca acabó de agradarme. Tenía una mirada bastante falsa y resultaba demasiado adorable e ingenuo como para no despertar cierto recelo, por no hablar de su suéter blanco, en mi opinión, pura vanidad y muchos humos, como la leña verde. Además del tal Bodoque, la panda estaba compuesta por Cucho, Panza, Espanto y Demóstones, sin duda mi favorito. Anaranjado, tartamudo y con un reloj en el que no sabía mirar la hora, Demóstenes no era el más listo del callejón, pero siempre me gustó su camiseta púrpura y su actitud, ferviente admirador de eternos secundarios y perfiles para el arrastre, para qué les voy a engañar.

Para terminar, y ya que hablamos de secundarios y perfiles bajos, les invito a que reflexionen sobre que sería de tan exitosa serie sin su protagonista principal, el líder natural de la manada. Borren ustedes a Don Gato, olvidemos al infame Benito por un instante y todo lo que nos quedan son cuatro gatos, con sus bondades evidentes, que las tienen, pero cuatro mininos al fin y al cabo, sin más, por mucho que los adornemos con bufandas y corbatas. Ahora que lo pienso, quizás no sea tan casual que el doblaje latino de Benito Bodoque corriese a cargo del actor mexicano, Jorge Arvizu, a quién todo el mundo conocía como ‘el Tata’. Solo nos faltaban los mayas…

Don Gato – “Ahí la tienen, la puerta hacia la felicidad. Un rubí y podremos vivir durante un año. Y ahora, vamos a organizarnos, muchachos. Benito y yoiremos a la puerta principal. Panza y Espanto, irán a la puerta lateral…”

Espanto – “¡Entendido, Don Gato!” 

Don Gato – “Cucho y Demóstenes, ustedes a la puerta de atrás.” 

Cucho – “Bien, a la de atrás”

Don Gato – “¿Alguna pregunta?”

Demóstenes – “Cu cu cuándo lleguemos a la pu puerta de atrás, ¿qué hacemos co con ella?”

3 comentarios en “Cuatro gatos y los mayas.

  1. La morriña es un estado del alma; de algunas almas, al menos. De esas que añoran algo tan intrascendente toda vez que trascendental si de jugar con un balón, no con uno cualquiera si no con uno de cuero, se trata. Y no hay vacuna que cure de esa ansiedad. Acaso el Plus. A lo que otrora era “abróchense los cinturones, que vienen curvas” habrá que ir añadiéndole la coletilla “y no olviden llevar el carné en la boca”, porque el tortazo que se avecina va a ser de los que hagan época. Dios nos pille confesados, querido Cabeleira. ¡Y qué pereza, volver a las andadas de aquellos ochenta! Saudos y mis respetos. Enorme su post, claro.

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