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Mientras ustedes se entretienen con los clavos ardiendo y demás aberraciones del imaginario merengue más panderetero, que ya son ganas de hacer el ridículo, por cierto, a mi se me ha ocurrido comenzar a preparar nuestro propio funeral, que luego nos coge el difunto por sorpresa y ya no encuentra uno tiempo para nada. Lejos de lo macabra que pueda parecer la idea, al menos en principio, preparar tu propio entierro se me antoja el último intento decoroso de irte de este maldito mundo demostrando cierta autoestima, como ese futbolista al que cambian y se niega a dar la mano a su entrenador, desairado; algo así como decir a la muerte que te vas por qué quieres, no por que te arrastre. Además, y como decía un rey de Esparta de nombre bien enrevesado, “es bueno morir antes de hacer algo que merezca la muerte.” 

En esto de preparar el propio velorio y entierro, mi referente es un tío abuelo de mi padre, el tío Manuel, que se puso manos a la obra en cuanto le detectaron un cáncer como una centolla. Era un tipo con humor, gran bailarín y contrastada voz entre los especialistas del canto de taberna, que para eso tenía una propia y era acordeonista. Además de todas esas cosas también era taxista, al menos en los ratos libres que no dedicaba a las artes y al morapio. Ni en el velatorio ni el funeral quiso una sola flor y la caja, de roble americano, le sentaba como un guante, como él mismo había anticipado en cuanto la vio: “Me entró por los ojos tan pronto pusimos el pie en la funeraria, Lauriña”, explicaba mi tía el curioso enamoramiento en las posteriores misas de aniversario que, en pueblos como el mío, no se si lo saben, pueden llegar a ser incluso mensuales.

Más allá de la fecha exacta en que se certifique el deceso, yo creo que sería conveniente ir decidiendo cosas, como por ejemplo si lo vamos a velar en casa o en un tanatorio, de los que no tengo yo los mejores recuerdos, la verdad. La arquitectura de esos lugares suele ser deprimente y las camareras de las cafeterías, infames. Personalmente, yo velaría a tan glorioso equipo en casa, sin flores y con gaiteiros, que quizás no sea lo más catalán del mundo pero tampoco le vi nunca cara de boletaire a Carlinhos Brown ni al rubio de Coldplay, y ahí están los dos, como símbolos de las más grandes celebraciones en nuestra centenaria historia. Lo que si tengo claro es el epitafio, robado del más allá a la voz más ilustre del imaginario culé, la de Don Carles Gardel. “Adiós, muchachos, compañeros de mi vida, barra querida de aquellos tiempos…” 

“Solo quiero que sepas una cosa, Helen; tú misma te lo has buscado”

La muerte os sienta tan bien

Foto publicada en marca.com

 

2 comentarios en “La muerte nos sienta tan bien

  1. Me pregunto a quién habrá que dar el pésame. Creo que llegado el fatal momento optaré por el espejo. Saludos y que Dios reparta suerte (y que la reparta a espuertas y toda para los nuestros. Y me da que ni aún así, amic Rafa)

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