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Ir al Bernabeu no es una broma y nunca lo fue, pese a las apariencias durante algunos de los años bárbaros. En realidad, la sensación para un rival que visita esos cuatro muros verticales sin llevar la lección aprendida y las ideas muy claras, debe ser muy parecida a la de mis visitas inesperadas al médico, de pequeño, a menudo emboscadas en chequeos rutinarios y falta de vitaminas para terminar, irremisiblemente, sentado frente a algún extraño fulano con bata, zuecos y gafas, que miraba de cerca la punta de una aguja antes de atravesarme el brazo con ella y dejarme allí medio muerto, casi desangrado. Las jeringuillas me abocan al drama de toda la vida, ya ven, como las canciones de Bosé o el Havana Club 7, y acumulo una buena docena de escenas lamentables por el camino, a causa de tal fobia, siempre ante la mirada avergonzada de una madre que nunca entendió ni tanta bis trágica ni tanto miedo en un solo niño.

¿Han ido ustedes alguna vez al Bernabeu? Yo sí. En realidad, iba a un concierto de AC-DC pero nos pareció buen plan, para matar la espera, acercarnos a animar al Real Club Celta, que jugaba ese domingo en el coliseo blanco. Del partido recuerdo pocas cosas porque, a los conciertos de rock, va uno preparado a conciencia y desde que sale de casa, la abandona; el rock exige sacrificios que van más allá de la vestimenta, señores. El duelo terminó con un 3-0 para los Galácticos, frente a aquella Rianxeira Mecánica de los Karpin, Gustavo y Mostovoi, ausente aquel día preciso, maldita fue mi suerte. Zar de la Ría y la Estepa, tal fue su simbiosis con esta tierra que uno no sabría decir si hablaba gallego con acento ruso o al revés. Fue el mejor jugador del mundo pero nunca sintió la necesidad de contárselo a nadie, ¿para qué?, si nadie le iba a creer.

Como les decía al principio, mejor ir con modestia y mil ojos al Bernabeu, preferiblemente abiertos pues ya hemos visto, a lo largo de todo el año, algunos párpados y ojeras que no se sostienen. Tengo la ligera sensación de que, camino de Concha Espina, el autobús lo conduce un señor que siempre prefirió la bicicleta y lo más probable es que Messi llegue mareado y vomite. En realidad, ya vomitó a Jesús en ese verde y alto pasto una vez, pero por entonces todavía era Willy ‘la locomotora’ Beamen o quizás es que todavía sentía el aliento de Al Pacino a su lado, ¿quién sabe? Aquí, lo único realmente cierto es que necesitamos la victoria, bien por seguir peleando el título, bien por justificar el año con un par de triunfos parciales, como toda la vida, lo que me devuelve al ambulatorio de los horrores, aquel de dónde siempre salía yo pálido y tembloroso, pero con una buena disculpa a la que aferrarme: “Jo, es que siempre me tocan médicos del Madrid.” 

“Ahora estamos en el infierno, caballeros, créanme. Y, o nos quedamos aquí, dejándonos machacar, o luchamos por volver a la luz. Podemos salir del infierno, pulgada a pulgada.”

Un domingo cualquiera.

3 comentarios en “Ir al Bernabeu

  1. ¡Olé! Abrumador su escrito, Rafa. Como a usted le gusta decir, “a sus pies”. Eternamente desde ya. Ha sido leerle y entrar en capilla. Lo jodido es que sólo me sé un par de rezos y se le va a hacer muy largo al Altísimo escuchar hasta mañana a las nueve la misma cansina monserga. Si no culé, esperemos que al menos sea, como el príncipe, de Atleti. Eso ayudaría. ¡Saudos!

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