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Perdonen la tardanza pero comprendan que no es fácil afilar una guadaña después de semejante disgusto, especialmente si se trata un modelo de alta precisión y recarga automática, mi favorito para estos trabajillos finos y mal pagados, por cierto, a los que dedico últimamente los días y también algunas noches, las más oscuras. Aquellas que se tiñen de luto y deshonra, como la de ayer, son especialmente duras incluso para un mercenario sin demasiados escrúpulos ni corazón, pues uno nunca se acostumbra a rebanar miembros de semejantes aunque su aliento apeste a plata acuñada, el inconfundible aroma de la traición.

Alta traición, juraría yo, desde el mismo momento en que Tito Vilanova recogió el testigo del acaparador de virtudes, tantas como un día creímos reconocer en nuestro equipo y casi en nosotros mismos, apenas meros reflejos de las suyas, sin más. Para quién no cerró los ojos durante la caída inicial, pronto quedó patente que no se había construido castillo semejante sobre los hombros de aquel animal mitológico y consentido que fue la afamada pizarra de Tito, tan brillante y laureada en tiempos de Guardiola como incapaz en su ausencia. Con Valdés sacando en largo, el equipo desparramado por el campo como letras sueltas en un encerado y Messi echando de menos poder jugar a fútbol con las cartas marcadas, como Pep lo había mal acostumbrado, la rebautizada liga de los récords y las ansias por linchar al mito de Santpedor hicieron el resto; a la siguiente mentira se le llamaría evolución, Tata para los amigos.

Y por aquello de que la mentira tiene las patas muy cortas y el césped del Calderón se ajustaba a derecho, ayer se vislumbraron todas sus costuras y remiendos de tobillo para arriba. Además del despropósito táctico habitual y la alineación al peso de siempre, por galones, ayer compareció en la sala un mal resultado, uno feo y definitivo de esos que atiborran al aficionado de dioptrías y obran el milagro; dónde antes solo veía buena labor y evolución ahora encuentra muerte y destrucción a dónde quiera que dirige su mirada y se parte la Nike de licencia oficial, como Camarón, mientras clama castigo por tanto desmán. El análisis táctico, científico e infalible del choque prefiero dejarlo en manos de alguno de esos genios de pluma rosa y monóculo. A todos ellos, a sus lecciones teórico prácticas de barcelonismo aplicado y a tanta literatura amable y tolerante con el Barça de Martino; gracias, de corazón.

¿Y ahora qué? Como ya les comenté en una anterior entrada, lo suyo sería ir decidiendo si velaremos al difunto en casa o en un vil tanatorio, de esos que ni siquiera venden alcohol en la cafetería, como si la muerte no fuese ya un trance suficientemente doloroso para, encima, velar en seco. Venía yo con la guadaña afilada y encerada pues me gusta hacerla danzar con cierto brillo, una manía que tengo, puro exhibicionismo. Si esperaba usted la cabeza de otro sobre el cadalso entiendo que le sorprenda ver la suya propia, acomodada y lista para el rebanado pero, estimado colega, como otras veces he tratado de explicar, usted no ha demostrado nunca ser más barcelonista que nadie y sin embargo, tras lo de ayer, ha quedado retratado como un jodido imbécil. ¿De verdad no admite la justicia de un pequeño y certero tajo en la punta de la lengua? Será lo justo y necesario para que nunca más pueda volver usted a nombrar en vano a Josep Guardiola. Así que vayan pasando… ¡A mi los culpables!

 

“Ese burro ejerce una influencia terrible sobre ti”

Marge Simpson

 

 

 

 

 

Fotografía compartida en twitter por @Emenderk

 

Un comentario en “¡A mi los culpables!

  1. Y con lo bien y calentito que se estaba cuando aquello. Y se fue el noi de Santpedor y empezó a entrar un aire pelín desagradable. Y de ese fresquito a este frío glaciar; de esos que calan hasta el tuétano. Coppinni nos lo dejó dicho: son éstos malos tiempos para la lírica, amic. Y sé que usted lo sabía; lo sé.

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