Los cromos y sus circunstancias.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

El verdadero interés del mercadeo futbolístico estival no reside tanto en el baile de nombres y cifras como en el de expectativas, al menos yo lo disfruto más. A ciertas edades, todavía suelen ser los sueños los que mueven el mundo y para un hincha joven y novelero, no hay nada más hermoso y perfecto que una alineación imaginada en verano, sobre la proa de una chalana de madera, mecido por el mar, mientras fantasea con los regates eléctricos de una imagen estática que ha visto en los periódicos. Echando la mirada atrás, todavía alcanzo a ver a un pollo con mucho pico comprando el Sport, a primera hora de la mañana, de camino a la vieja academia de estudios e inflado a suspensos como si careciese de pasaporte biológico; una avería cada verano. Ahora que lo pienso, cuesta creer que nadie propusiese mi nombre para renombrar semejante antro pues, al fin y al cabo, hacia la mitad del bachillerato, yo era la persona con más antigüedad en la empresa, muy por encima de cualquiera de los docentes contratados y, por supuesto, mayor que la acumulada por aquel director Sistiaga, un tipo falso y con cara de pervertido que llegó para sustituir a Don Miguel, cuando este se jubiló.

Por las escaleras, antes de enfilar la primera hora de clase, subía yo buscando los nombres de aquellos que habían de conducirnos a la gloria, a partir de Septiembre, entre páginas de papel pasadas con cierto desdén pero escrutadas con método y pasión. Algunos eran nombres del todo desconocidos, varios impronunciables, por lo normal desperdigados entre docenas de fotos golosas y rumores amables sobre los grandes y viejos anhelos de los aficionados. Pero si uno presumía de ser del Barça a conciencia, si sentía la agonía opresora del seny como propia, la soga del gasto, entonces era capaz de apartar la mirada de aquellos señuelos insinuantes y caros para centrar su atención en los que reconocía como verdaderos objetivos del club, fulanos de los que apenas sabías ni la nacionalidad, medio minuto antes, pero a los que solo podías imaginar, ya, vestidos de azul y grana, imposible concentrarse en matemáticas y otras fruslerías durante toda la mañana, claro, con tales desvelos; así me fue en los estudios.

Con el paso de los años y varios desengaños por el camino, pues todo suma, aquella emoción estival fue cediendo ante al empuje del más absoluto escepticismo, incapaz ahora de sentir ilusión alguna por cualquier fichaje, se llame cómo se llame. Aprende uno que los cromos también son ellos y sus circunstancias, como Ortega, que no es solo cuestión de quitar uno y pegar otro como quién compone un álbum; un futbolista no es un valor fijo con el que se pueda operar y calcular un resultado siquiera aproximado. De esto dio muy buen ejemplo uno de los grandes mitos del fútbol argentino, Néstor ‘el Pipo’ Rossi, en su etapa como técnico del Club Atlético Huracán, el ‘Globo’. Convencido de que el gol se compraba y de que su equipo necesitaba un buen puñado de ellos, insistió a la directiva en el fichaje de un especialista contrastado, nada menos que Norberto Conde, ‘el Beto’. Tras varias derrotas sin convertir un solo tanto, Rossi organizó una reunión para tratar el problema con sus jugadores y, al llegar el turno de Conde, le dijo: “Beto… A vos te llamaban ‘el Goloso’ del área. ¿Qué te pasó desde que viniste a Huracán?¿te agarró la diabetes? 

 

En el fútbol no hay misterios, salvo que alguien los quiera crear”

Néstor ‘el Pipo’ Rossi.

 

El portero que todos soñamos

victor-valdes-fondo1

El mejor portero de la historia del Barça, por no enredar con otras historias y otros porteros, lo fue muy a su pesar, casi como una maldición, pues él nunca quiso ser portero, en realidad. Para Víctor Valdés, al menos hasta que cumplió los dieciocho años, ponerse bajo los palos de una portería se convirtió en un sufrimiento constante y diario, una tortura que no comprendía. “Es un sufrimiento por algo que no me gusta hacer y que no comprendo por qué lo hago”. Aunque no lo aclare, es por su padre. Desde que descubre las habilidades innatas de Víctor, su mentor visualiza sus propias ilusiones a través del niño y comienza a programarlo para ser futbolista, para cumplir un sueño inculcado, nunca verdadero, como descubrirá Víctor con el paso del tiempo. El muchacho que se pone los guantes, ya en el equipo de barrio, no quiere ser el niño a quién todos gritan y miran mal cuándo encaja un gol, ni el que todos olvidan cuando marcan en la otra portería.

Desde sus inicios, hasta asentarse en el primer equipo, Víctor ha vivido dentro de un sueño que no era el suyo, una auténtica pesadilla empaquetada en buenos deseos, enjaulado en su propia vida por las buenas intenciones de su familia. No es nada nuevo ni del otro mundo, solo cosas que pasan a menudo y que, a veces, terminan así, con un concertista de piano o un portero de fútbol alcanzando la cima en sus profesiones pero sin dejar de escupir sobre su propia sombra. A Valdés lo ayudó a salir de ese mal sueño un terapeuta anónimo, quién le mostró la portería desde otra perspectiva y le enseñó a ver el fútbol como un fenomenal oficio, amén de una excelente oportunidad para cumplir otros muchos anhelos. No me resulta difícil, desde este punto de vista, al menos, entender la extrema profesionalidad de la que ha hecho gala siempre Víctor, ni el poco interés por recrearse en las parafernalias de un mundo que le resulta tan ajeno como aquel señor que, un día, se empeño en sustituir a su padre. “De repente, él se transformó en la persona que me entrenaba”.

No es casualidad, ni debería extrañar, que se alejase Valdés de las cámaras y los directivos en su despedida. No les debe nada y nunca le regalaron un elogio o un céntimo más de lo que merecía, bien al contrario. Ahora se va a dónde le pagan más por hacer bien su trabajo, que es a lo que se dedica. Se le compara estos días con mucha ligereza y mala intención con Puyol, aclamado en su adiós por todos quiénes quisieron sacarse una foto con él. No me parece sino otra muestra de lo poco que se ha valorado a Valdés a lo largo de su carrera en el Barça, el primer culpable siempre en toda las derrotas y el último de la fila, cuando se trató de reconocer las victorias. No se recuerda una sola ovación del Camp Nou antes de anunciar su marcha, salvo aquellos días de fiesta y parranda, claro, dónde incluso Alexander Hleb sentía el aliento de la afición y se besaba el escudo; eso no cuenta. Se rasgan ahora las vestiduras, “por las formas”, dicen algunos, cuándo deberían arrancarse los ojos como penitencia, si el mundo tuviese algo que ver con justicia.

“Juzga a las personas con cuidado, sobre todo a los amigos. No conoces toda una vida solo por un momento. No hay respuestas fáciles. Nunca es un simple ‘si’ o ‘no’. La vida de un hombre no es solo fachada, amiguito, es más… Es todo lo que hay debajo, lo que no puedes ver”, decía Al Pacino, en ‘City Hall’. No pierdan de vista tan buen consejo mientras, me hacen el favor, se ponen todos ustedes de pie y aplauden a rabiar a una de las, ya, grandes leyendas del F.C.Barcelona, Victor Valdés, el niño que escapó de un mal sueño para convertirse en la pesadilla de Henry, Drogba y Cristiano Ronaldo; el portero que todos soñamos. Excepto él.

La boda o la liga

Patucos_Colchoneros_001

No contaba yo con tener nada que celebrar, a estas alturas de la temporada, y por eso acepté acudir a la boda de un primo lejano que se celebra este próximo sábado, coincidiendo con el final de Liga. Que el día de un enlace esté todo el mundo pendiente de un desenlace es algo que me produce cierta satisfacción, un ligero cosquilleo que me recorre la espina dorsal y se aloja en mi sonrisa; nada me gusta más que ver derrumbarse una fantasía nupcial, es algo que no puedo evitar. Supongo que todo se debe a cierta deformación profesional y al excesivo contacto con parejas de jóvenes y no tan jóvenes, por lo general, insufribles, intentando recrear en 24 horas la imagen idílica de lo que será su futura vida juntos. Habitualmente, y esto es un dato estadístico, no opinión, la mayoría ya están discutiendo antes de elegir el segundo plato, bien sea por el precio, los gustos particulares de sus invitados o por el color de la chaquetilla con que debe servirse la carne; una cosa de locos.

Mi primo, que aunque lejano ha debido oír ciertas historias sobre mi y ya debe sospechar que me pueda caer de la convocatoria, a última hora, me ha mandado recado por su madre de que se pondrá una pantalla gigante en el salón, para seguir el partido durante los postres, si bien uno preferiría que el gigantismo se limitase a los percebes y el bogavante, no vaya a ser que por centrar los excesos dónde no se debe, acabemos teniendo un disgusto y la cosa derive en refriega. Por si ustedes no lo saben, una de las cosas que distinguen los enlaces en las Rias Baixas es que el invitado medio desembolsa un dineral en regalos, auténticas fortunas, por lo que si las atenciones recibidas no están a la altura de un príncipe o un maharajá, la cosa suele terminar de manera violenta, muy al estilo de nuestros primos sicilianos, a los que nos unen muchas más cosas que el acento, como sostiene mi admirado Nacho Carretero, el Rey en el Norte.

Al final, supongo que me decantaré por ir a la boda, principalmente porque ya he dado el regalo y tenía planes de desquitar semejante suma con champán desde el aperitivo y alguna prima de la novia, más bien hacia el final, cuándo ya se haga evidente qué barcos permanecerán amarrados a puerto y cuáles buscan tripulación para salir a navegar. Además, si les digo la verdad, no me apetece nada celebrar esta Liga, casi como a Martino, y me parece de muy mal gusto no servirla en bandeja al Atleti, da igual si de plata o de acero inoxidable; ¡con todo lo que nos ha dado esta gente! Puesto en pie y con la mano en el corazón, les digo que esta Liga debería ser para ese turco de barba mágica y frondosa como las fragas de Galicia, quién a mi juicio merece los máximos honores de esta temporada por solfear fútbol en medio de la tormenta. Si de mi dependiese, esta sería para siempre la Liga de Arda y también la de Lola: la Liga de Lola Turán… Y keep calm, primo.

 

“Keep calm y Lola Turan. Si no es una traidora genética, la Liga es del Atleti”.

Iñako Díaz-Guerra.

 

Imagen publicada en http://www.pensandoenhilos.com

 

 

Videlinas y otros encantamientos

60sgirlsjimihendrixmitchmitchellmusicnaked-dc6e5d04c9bdf358df83da362d830609_h1

A mis padres, entre otras muchas cosas aún por agradecer, les debo yo una fortuna gastada en colegios privados y todo tipo de rituales mágicos y sortilegios, tan importantes los segundos en el perfecto desarrollo de un churumbel como la mejor de las educaciones; así lo consideraron ellos. Que yo recuerde, salvo una neumonía que casi me manda al otro barrio pues mi médico la confundió con un exceso de mimos acumulados en la pleura, mis demás problemas de salud siempre han sido derivados de envidias, miradas maliciosas de embarazadas, aires de difuntos y un extraño elemento al que se conocía como la paletilla. No comer suficiente, que en mi casa siempre me pareció cosa muy discutible, era un claro síntoma de tener la paletilla caída, por los suelos, y entonces mis padres me envolvían en mantas, como si fuesen a deshacerse del cuerpo, y corrían conmigo en brazos a la casa de Videlina, la única señora en el mundo que sabía qué era, dónde estaba y cómo se arreglaba la dichosa paletilla. Fue una suerte que viviese a diez minutos de nuestra casa, no crean.

La ceremonia tenía cierto encanto aunque carecía de espectacularidad alguna, nada que ver con la mañas efectistas de aquella otra meiga de San Andrés de Teixido, por ejemplo, que hacía bailar un cuchillo enorme sobre tu barriga, la punta apoyada sobre una moneda de cinco duros que previamente bendecía y colocaba sobre tu ombligo, y que te espantaba los malos espíritus y las envidias por un par de meses y dos mil pesetas, la tarifa habitual de la buena voluntad por entonces. Videlina, mucho más sobria, se sentaba en una banqueta de madera y solicitaba que te quitases la camiseta y levantases los brazos. Entonces te miraba muy seria, palpaba con tiento bajo las costillas y comenzaba a negar con la cabeza, contrariada. “¡Ay, mimá! ¡Cómo está este meniño!…¡Ay, mimá! ¡Tiene la paletilla toda caída!” gritaba dando vueltas por la habitación, ya puesta en pie y besando imágenes de santos dispuestas a centenares por todas las paredes de la habitación. Entonces, cuando el llanto de mi madre ya era casi un canto de súplica desesperado, Videlina levantaba una mano pidiendo calma y volvía a sentarse en la banqueta; apoyaba un pie contra tu pecho, te agarraba las muñecas y comenzaba a dar tirones bruscos mientras decía cosas muy raras, como si quisiese expulsarte un demonio por la espalda.

El caso es que, como ustedes pueden imaginar, lo de la paletilla tenía mucho de ignorancia y superstición, pocas certezas y el mismo aroma que muchas de las columnas de opinión que uno lee habitualmente en los periódicos deportivos de Barcelona; cera quemada y flores mustias, cierto olor a panteón, si ustedes me lo permiten. Se marchó el médico a Alemania, y ya estamos otra vez con las meigas y los curanderos a vueltas, como una plaga cíclica por la que tenemos que pasar, nos guste o no, antes de ver brillar el sol sobre nuestras cabezas, una vez más. No seré yo quien diga que este equipo necesita menos medicastros externos y más empeño propio, dios me libre de desear para otros lo que no quiero para mi, aunque lo piense. Además, protestar no sirve de nada. Con suerte se gana uno cierta fama de hereje y un par de bofetones, que es lo que me llevé yo por afirmar un día, todo lleno de razón, que lo que Videlina cantaba no eran salmos sino el “Gypsy Eyes’ de Jimi Hendrix y, lo que es peor, mal tarareado.

 

– ¿Tú eres satánico? 
-¡Y de Carabanchel!

El día de la bestia

 

Fotografía publicada en wildsojourning.wordpress.com 

De cuerpo presente

josep-guardiola-imagen-bancsabadell

Cuándo vinieron a avisar de que había muerto la señora Carmen, mi madre no encontró con quién dejarme, así que me vistió como para una boda y me llevó con ella al velatorio. La casa no estaba demasiado lejos de la nuestra y se reconocía muy fácilmente por una hermosa palmera plantada en el patio, “un símbolo de la emigración; la plantó Don Aurelio, cuándo volvió de Cuba“, contaba siempre el abuelo al pasar por allí en la vieja DKV, camino de la casa del Señor Tuco, dónde comprábamos el aguardiente. Al llegar, mi madre saludó a todo el mundo con cara de pena y alguna lágrima ya en los ojos, puntual. No quisiera yo resultar presuntuoso pero, sin duda, mi madre es una de esas personas que saben a qué se va a un velatorio.

Por una puerta que daba a la antigua bodega apareció Sito, uno de mis mejores amigos de la infancia. Sus padres también tenían un bar y habíamos nacido con una semana de diferencia; yo un martes veinte de Septiembre y él, un martes y trece, lo que podría llevar a pensar en su mala suerte pero Sito era rubio, alto, guapo, inteligente… Yo no era ni rubio ni moreno, de guapo no tenía ni los aires y era tan canijo de huesos como de entendederas. Para mayor gloria personal, mi nariz ya era formidable por entonces, unas de esas características que pueden convertir la infancia de cualquiera en un tormento pero, por suerte, se me equipó de serie con un descaro inquebrantable, el mismo con que esa noche pregunté a Sito de dónde había sacado aquella empanadilla, que devoraba sin decir palabra. “Hay una fuente en la bodega, se pueden coger… ¡Ven!”

Aquella bodega sería la envidia de cualquier taberna que se preciara de tener una clientela nutrida y sedienta, como si todos acabasen de comer un bacalao a medio desalar. Sobre dos tablones, apoyados en sendos barriles, se disponían jarras de vino de la casa, botellas con aguardientes varios, empanada, empanadillas, chorizos, platos de zorza y cestas de pan como para alumbrar el nacimiento de un nuevo imperio, y de todo ello daban cuenta los parroquianos, con el recato que exigen estas situaciones pero sin dar descanso al espíritu; el estómago feliz y el rostro apesadumbrado. Me zampaba yo la segunda empanadilla cuándo, de repente, en el piso de arriba, se formó un gran alboroto y sobre la madera sonaron amplificadas sillas que se arrastraban y tacones que corrían de aquí para allá, lo que hizo temer por lo peor que se puede temer en estas celebraciones; pelea de cuerpo presente.

Salimos a ver qué pasaba y, casi sin poder dar dos pasos, la garra de mi madre me atrapó como a un ratón y me elevó por encima de la cabeza de Sito, que contemplaba atónito la escena, supongo que envidiando que yo pudiese volar. Ya en casa, me enteré que el velatorio se había suspendido por orden de la mismísima difunta, ¡Doña Carmen! En medio de un responso se levantó de la caja, insultó a su nuera y preguntó que hacía toda esa gente ahí y por qué demonios había tantas luces encendidas. Todavía vivió unos cuantos años más y, cuándo uno iba a comprar a la tienda de Lola, su nuera, la podía ver allí sentada en un enorme sillón de mimbre y rodeada con una cuerda, que uno no sabía si era por miedo a que se cayese, por completar lo macabro de la escena o un simple recordatorio de lo que debió haberse hecho en su día; ¿quién sabe lo qué pasa por la cabeza de alguien que ya se había aferrado a la idea de heredar?

Me acordaba de doña Carmen hoy que todo el mundo vela a Guardiola, algunos sin el menor respeto, faltones y borrachos como cubas, que no creo que sean las mismas de dónde llegó la palmera de Don Aurelio. Para enterrar a Guardiola debería uno asegurarse de qué está bien muerto o corre el riesgo de toparse algún día con el espanto de cara, sin ninguna cuerda que lo contenga y con la luz apagada… ¡Con lo que le gusta a este hombre la oscuridad de una cocina!  No corran por devolver el polvo al polvo y pregúntense de dónde surgen tantas prisas y tanto familiar encabezando el cortejo; ni las unas ni los otros fueron nunca buenos consejeros.

 

“¡Calla! Que si ahora hablas, te puede dar un pasmo y el corazón ‘te se’ para”.

-Perros Callejeros-

 

 

Fotografía publicada en loisrl.wordpress.com