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Cuándo vinieron a avisar de que había muerto la señora Carmen, mi madre no encontró con quién dejarme, así que me vistió como para una boda y me llevó con ella al velatorio. La casa no estaba demasiado lejos de la nuestra y se reconocía muy fácilmente por una hermosa palmera plantada en el patio, “un símbolo de la emigración; la plantó Don Aurelio, cuándo volvió de Cuba“, contaba siempre el abuelo al pasar por allí en la vieja DKV, camino de la casa del Señor Tuco, dónde comprábamos el aguardiente. Al llegar, mi madre saludó a todo el mundo con cara de pena y alguna lágrima ya en los ojos, puntual. No quisiera yo resultar presuntuoso pero, sin duda, mi madre es una de esas personas que saben a qué se va a un velatorio.

Por una puerta que daba a la antigua bodega apareció Sito, uno de mis mejores amigos de la infancia. Sus padres también tenían un bar y habíamos nacido con una semana de diferencia; yo un martes veinte de Septiembre y él, un martes y trece, lo que podría llevar a pensar en su mala suerte pero Sito era rubio, alto, guapo, inteligente… Yo no era ni rubio ni moreno, de guapo no tenía ni los aires y era tan canijo de huesos como de entendederas. Para mayor gloria personal, mi nariz ya era formidable por entonces, unas de esas características que pueden convertir la infancia de cualquiera en un tormento pero, por suerte, se me equipó de serie con un descaro inquebrantable, el mismo con que esa noche pregunté a Sito de dónde había sacado aquella empanadilla, que devoraba sin decir palabra. “Hay una fuente en la bodega, se pueden coger… ¡Ven!”

Aquella bodega sería la envidia de cualquier taberna que se preciara de tener una clientela nutrida y sedienta, como si todos acabasen de comer un bacalao a medio desalar. Sobre dos tablones, apoyados en sendos barriles, se disponían jarras de vino de la casa, botellas con aguardientes varios, empanada, empanadillas, chorizos, platos de zorza y cestas de pan como para alumbrar el nacimiento de un nuevo imperio, y de todo ello daban cuenta los parroquianos, con el recato que exigen estas situaciones pero sin dar descanso al espíritu; el estómago feliz y el rostro apesadumbrado. Me zampaba yo la segunda empanadilla cuándo, de repente, en el piso de arriba, se formó un gran alboroto y sobre la madera sonaron amplificadas sillas que se arrastraban y tacones que corrían de aquí para allá, lo que hizo temer por lo peor que se puede temer en estas celebraciones; pelea de cuerpo presente.

Salimos a ver qué pasaba y, casi sin poder dar dos pasos, la garra de mi madre me atrapó como a un ratón y me elevó por encima de la cabeza de Sito, que contemplaba atónito la escena, supongo que envidiando que yo pudiese volar. Ya en casa, me enteré que el velatorio se había suspendido por orden de la mismísima difunta, ¡Doña Carmen! En medio de un responso se levantó de la caja, insultó a su nuera y preguntó que hacía toda esa gente ahí y por qué demonios había tantas luces encendidas. Todavía vivió unos cuantos años más y, cuándo uno iba a comprar a la tienda de Lola, su nuera, la podía ver allí sentada en un enorme sillón de mimbre y rodeada con una cuerda, que uno no sabía si era por miedo a que se cayese, por completar lo macabro de la escena o un simple recordatorio de lo que debió haberse hecho en su día; ¿quién sabe lo qué pasa por la cabeza de alguien que ya se había aferrado a la idea de heredar?

Me acordaba de doña Carmen hoy que todo el mundo vela a Guardiola, algunos sin el menor respeto, faltones y borrachos como cubas, que no creo que sean las mismas de dónde llegó la palmera de Don Aurelio. Para enterrar a Guardiola debería uno asegurarse de qué está bien muerto o corre el riesgo de toparse algún día con el espanto de cara, sin ninguna cuerda que lo contenga y con la luz apagada… ¡Con lo que le gusta a este hombre la oscuridad de una cocina!  No corran por devolver el polvo al polvo y pregúntense de dónde surgen tantas prisas y tanto familiar encabezando el cortejo; ni las unas ni los otros fueron nunca buenos consejeros.

 

“¡Calla! Que si ahora hablas, te puede dar un pasmo y el corazón ‘te se’ para”.

-Perros Callejeros-

 

 

Fotografía publicada en loisrl.wordpress.com

10 comentarios en “De cuerpo presente

  1. No conocen al Pep… o sí lo conocen y quieren ponerle paladas de tierra encima tan deprisa como pueden, no sea cosa que el muerto despierte y resulte que está bien vivo. Si lo enterramos, y muy hondo, aunque bracee y forcejee, será tal el peso de la tierra encima que no alcanzará a salir.

    Este muerto está muy vivo, decía una película de hace años.

    Y como vuelva, la lía de verdad. Por arriba y por abajo, directivos y jugadores.

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