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A mis padres, entre otras muchas cosas aún por agradecer, les debo yo una fortuna gastada en colegios privados y todo tipo de rituales mágicos y sortilegios, tan importantes los segundos en el perfecto desarrollo de un churumbel como la mejor de las educaciones; así lo consideraron ellos. Que yo recuerde, salvo una neumonía que casi me manda al otro barrio pues mi médico la confundió con un exceso de mimos acumulados en la pleura, mis demás problemas de salud siempre han sido derivados de envidias, miradas maliciosas de embarazadas, aires de difuntos y un extraño elemento al que se conocía como la paletilla. No comer suficiente, que en mi casa siempre me pareció cosa muy discutible, era un claro síntoma de tener la paletilla caída, por los suelos, y entonces mis padres me envolvían en mantas, como si fuesen a deshacerse del cuerpo, y corrían conmigo en brazos a la casa de Videlina, la única señora en el mundo que sabía qué era, dónde estaba y cómo se arreglaba la dichosa paletilla. Fue una suerte que viviese a diez minutos de nuestra casa, no crean.

La ceremonia tenía cierto encanto aunque carecía de espectacularidad alguna, nada que ver con la mañas efectistas de aquella otra meiga de San Andrés de Teixido, por ejemplo, que hacía bailar un cuchillo enorme sobre tu barriga, la punta apoyada sobre una moneda de cinco duros que previamente bendecía y colocaba sobre tu ombligo, y que te espantaba los malos espíritus y las envidias por un par de meses y dos mil pesetas, la tarifa habitual de la buena voluntad por entonces. Videlina, mucho más sobria, se sentaba en una banqueta de madera y solicitaba que te quitases la camiseta y levantases los brazos. Entonces te miraba muy seria, palpaba con tiento bajo las costillas y comenzaba a negar con la cabeza, contrariada. “¡Ay, mimá! ¡Cómo está este meniño!…¡Ay, mimá! ¡Tiene la paletilla toda caída!” gritaba dando vueltas por la habitación, ya puesta en pie y besando imágenes de santos dispuestas a centenares por todas las paredes de la habitación. Entonces, cuando el llanto de mi madre ya era casi un canto de súplica desesperado, Videlina levantaba una mano pidiendo calma y volvía a sentarse en la banqueta; apoyaba un pie contra tu pecho, te agarraba las muñecas y comenzaba a dar tirones bruscos mientras decía cosas muy raras, como si quisiese expulsarte un demonio por la espalda.

El caso es que, como ustedes pueden imaginar, lo de la paletilla tenía mucho de ignorancia y superstición, pocas certezas y el mismo aroma que muchas de las columnas de opinión que uno lee habitualmente en los periódicos deportivos de Barcelona; cera quemada y flores mustias, cierto olor a panteón, si ustedes me lo permiten. Se marchó el médico a Alemania, y ya estamos otra vez con las meigas y los curanderos a vueltas, como una plaga cíclica por la que tenemos que pasar, nos guste o no, antes de ver brillar el sol sobre nuestras cabezas, una vez más. No seré yo quien diga que este equipo necesita menos medicastros externos y más empeño propio, dios me libre de desear para otros lo que no quiero para mi, aunque lo piense. Además, protestar no sirve de nada. Con suerte se gana uno cierta fama de hereje y un par de bofetones, que es lo que me llevé yo por afirmar un día, todo lleno de razón, que lo que Videlina cantaba no eran salmos sino el “Gypsy Eyes’ de Jimi Hendrix y, lo que es peor, mal tarareado.

 

– ¿Tú eres satánico? 
-¡Y de Carabanchel!

El día de la bestia

 

Fotografía publicada en wildsojourning.wordpress.com 

Un comentario en “Videlinas y otros encantamientos

  1. Pues a Tata y a Pautasso no les vendría mal algún conjuro, no crea. A la plantilla no sólo eso; me da que ni con la pócima de Panoramix esto se acaba ganando. Porque ni conjuras, ni pócimas, ni meigas, ni hostias, que aquí lo que falta de verdad es fútbol; mucho fútbol. Y a buenas horas mangas verdes, aunque el Real lo haya puesto a huevo. Para colmo, o se gana en Elche y se acaba en plan triple mortal con tirabuzón (y me vuelve a dar que no será así), o esta Liga va a dar para un triste chupito. De orujo gallego, eso sí, claro. Genial su texto, Rafa.

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