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El mejor portero de la historia del Barça, por no enredar con otras historias y otros porteros, lo fue muy a su pesar, casi como una maldición, pues él nunca quiso ser portero, en realidad. Para Víctor Valdés, al menos hasta que cumplió los dieciocho años, ponerse bajo los palos de una portería se convirtió en un sufrimiento constante y diario, una tortura que no comprendía. “Es un sufrimiento por algo que no me gusta hacer y que no comprendo por qué lo hago”. Aunque no lo aclare, es por su padre. Desde que descubre las habilidades innatas de Víctor, su mentor visualiza sus propias ilusiones a través del niño y comienza a programarlo para ser futbolista, para cumplir un sueño inculcado, nunca verdadero, como descubrirá Víctor con el paso del tiempo. El muchacho que se pone los guantes, ya en el equipo de barrio, no quiere ser el niño a quién todos gritan y miran mal cuándo encaja un gol, ni el que todos olvidan cuando marcan en la otra portería.

Desde sus inicios, hasta asentarse en el primer equipo, Víctor ha vivido dentro de un sueño que no era el suyo, una auténtica pesadilla empaquetada en buenos deseos, enjaulado en su propia vida por las buenas intenciones de su familia. No es nada nuevo ni del otro mundo, solo cosas que pasan a menudo y que, a veces, terminan así, con un concertista de piano o un portero de fútbol alcanzando la cima en sus profesiones pero sin dejar de escupir sobre su propia sombra. A Valdés lo ayudó a salir de ese mal sueño un terapeuta anónimo, quién le mostró la portería desde otra perspectiva y le enseñó a ver el fútbol como un fenomenal oficio, amén de una excelente oportunidad para cumplir otros muchos anhelos. No me resulta difícil, desde este punto de vista, al menos, entender la extrema profesionalidad de la que ha hecho gala siempre Víctor, ni el poco interés por recrearse en las parafernalias de un mundo que le resulta tan ajeno como aquel señor que, un día, se empeño en sustituir a su padre. “De repente, él se transformó en la persona que me entrenaba”.

No es casualidad, ni debería extrañar, que se alejase Valdés de las cámaras y los directivos en su despedida. No les debe nada y nunca le regalaron un elogio o un céntimo más de lo que merecía, bien al contrario. Ahora se va a dónde le pagan más por hacer bien su trabajo, que es a lo que se dedica. Se le compara estos días con mucha ligereza y mala intención con Puyol, aclamado en su adiós por todos quiénes quisieron sacarse una foto con él. No me parece sino otra muestra de lo poco que se ha valorado a Valdés a lo largo de su carrera en el Barça, el primer culpable siempre en toda las derrotas y el último de la fila, cuando se trató de reconocer las victorias. No se recuerda una sola ovación del Camp Nou antes de anunciar su marcha, salvo aquellos días de fiesta y parranda, claro, dónde incluso Alexander Hleb sentía el aliento de la afición y se besaba el escudo; eso no cuenta. Se rasgan ahora las vestiduras, “por las formas”, dicen algunos, cuándo deberían arrancarse los ojos como penitencia, si el mundo tuviese algo que ver con justicia.

“Juzga a las personas con cuidado, sobre todo a los amigos. No conoces toda una vida solo por un momento. No hay respuestas fáciles. Nunca es un simple ‘si’ o ‘no’. La vida de un hombre no es solo fachada, amiguito, es más… Es todo lo que hay debajo, lo que no puedes ver”, decía Al Pacino, en ‘City Hall’. No pierdan de vista tan buen consejo mientras, me hacen el favor, se ponen todos ustedes de pie y aplauden a rabiar a una de las, ya, grandes leyendas del F.C.Barcelona, Victor Valdés, el niño que escapó de un mal sueño para convertirse en la pesadilla de Henry, Drogba y Cristiano Ronaldo; el portero que todos soñamos. Excepto él.

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