Cómo robar ‘Manual de fútbol’, de Juan Tallón

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Estaba cantado que el mejor libro sobre fútbol, en pleno boom de títulos sobre el deporte rey, lo acabaría escribiendo un tipo que de pequeño jugaba al baloncesto, lleva gafas, bebe alcohol y para colmo adora correr, como si se tratase de un vil fugitivo o de un medio centro voluntarioso. El último disparo reconocido de Juán Tallón es este ‘Manual de fútbol. Un libro en fuera de juego‘ en 127 páginas y sin una sola foto, editado por Edhasa. El libro no debe ser caro para todo lo que ofrece, yo no lo sé, pues con mi ejemplar me hice de una manera un tanto rocambolesca, quizás ilícita, no sabría muy bien qué decir, por eso prefiero contarlo de modo más o menos resumido y que sean ustedes quienes juzguen mi conducta desde su propia óptica, aunque sospecho no faltará quién justifique tan sórdido comercio; hay gente para todo.

Todo sucedió con motivo de la presentación del número 7 de la revista Jot Down, en Santiago de Compostela, a la cual me presenté bien acompañado, tarde, con una sed terrible y un peinado calamitoso, lo que me costó una primera mirada inquisitoria de Tallón, presentador del acto junto a Julián Hernández, líder de los Siniestro Total, quizás una segunda advertencia. Yo juraría que el bueno de Julián me confundió con Andrés Calamaro o algún otro desgreñado del panorama musical pues me hizo el gesto secreto que utilizan los músicos entre si para reconocerse y yo lo imité, más o menos como pude, aunque solo fuese por evitar dar ningún tipo de explicaciones. Para colmo, no había ni una sola silla vacía dónde sentarse así que me vi obligado a permanecer de pié durante todo el maldito sarao, y así comenzó a fraguarse mi nerviosismo y aquella tragedia que terminaría en hurto de manual, nunca mejor dicho.

La cosa iba de derribar mitos y allí estaba Juan despotricando del agua y las infusiones, ganándose al gentío presente con aquella anécdota en que un tío suyo llega borracho a casa y su familia trata de convencerlo de tomarse una manzanilla. “¿Es que no queda whisky en esta puta casa o qué?”. Yo con la risa tengo dos problemas; uno es que lloro y el otro es que oscilo, me balanceo sin control adelante y atrás como un péndulo, así que en uno de esos movimientos empotré mi culo contra el cuadro de luces y apagué hasta la última de cuantas iluminaban el local, provocando un cierto desconcierto. Yo intuía un montón de sombras que me escrutaban y las suponía indignadas, pues oía sus murmullos a mis espaldas mientras trataba de restablecer el alumbrado con más torpeza que acierto, claro, cada vez más nervioso mientras intuía la ira de los organizadores. Se hizo la luz otra vez y respiré un tanto aliviado, aunque me quedé un buen rato mirando a la pared, evitando cruzar la vista con nadie, simulando cierto interés por el estucado. No habían pasado ni diez minutos cuando, de modo incomprensible, todavía no me explico cómo, volví a repetir la desastrosa maniobra y la oscuridad inundó otra vez la sala.

Decidí salir de allí sin dejar rastro, aprovechando el negro embrollo y mientras salía, casi en cuclillas, me pareció escuchar a Tallón que protestaba, “no se te puede sacar de casa, machiño”, como si se lo esperase desde la mañana o desde el mismo día en que nos conocimos. Estaba tan avergonzado y desorientado que en lugar de abordar un bar y tomar rehenes mientras no se me sirviese algo frío, agonizando de sed, me metí en la parte de arriba de la librería, supongo que empujado por algún tipo de culpabilidad repentina, no lo sé. “¿Me da un ejemplar de ‘Manual de fútbol’, de Juan Tallón, por favor?”. La muchacha marchó solícita pero volvió enseguida; no quedaban ejemplares en las estanterías, algo que celebré interiormente por el aparente éxito de mi buen amigo. Me ofreció el que lucía en el escaparate, “si no tienes inconveniente, claro” y a mi me pareció bien incluso que me tutease. “Ahora viene mi compañera y te cobra; gracias”, me sonrió entregándome el pequeño gran libro. “Gracias a ti, chuliña; muy amable”.

A la de los cobros se le veía el oficio en la cara, pues me escrutó de arriba abajo en dos pasadas, como tratando de calcular las posibilidades exactas de que un tipo como yo llevase, al menos, veinte euros en la cartera. Entonces puse cara de llevar no menos de doscientos, para contrarrestar mi aspecto dudoso, pero en medio del duelo de miradas se coló una madre de esas que no admiten un no por respuesta, ni tan siquiera un sí, y reclamó la atención de la librera en exclusiva, preguntando por libros para un supuesto hijo. No sé cuánto tiempo esperé a que me cobrase, exactamente, lo único que recuerdo es que me moría de sed y quería beber cualquier cosa cuanto antes, aunque fuese agua, por eso cuándo vi aquella cara conocida en la acera de enfrente, con un botellín en una mano y un poemario de Rosalía en la otra, me abalancé sobre él como si me debiese dinero y lo siguiente que recuerdo, ya muy borracho, es al del poemario recitándole ‘Cantares galegos’ al portero de un after, a ver si así nos dejaba pasar.

Un libro robado, si es realmente bueno, y este lo es, no deja de ser una gran experiencia, nadie va ir exigiendo el ticket de compra cada vez que lo cites, y de “Manual de fútbol” vamos a beber hasta el final de nuestros días, al menos así lo tengo yo decidido. Cada anécdota relatada te conduce a un libro nuevo por descubrir, a otro autor por conocer, y estos te devuelven de repente al pasto, al segundo ingenioso de Mágico o a la sentencia incontestable de Néstor Rossi, el Pipo. Afrenta difícil de encajar, la de Tallón, para esa élite intelectual que sostiene la incompatibilidad de amar a Borges y a Godín, como si el fútbol y la literatura no pudiesen tocarse más que a escondidas por no avergonzar a la familia de ella. Este ‘Manual de fútbol’ se me antoja uno de esos libros nacidos para leer en cama ajena después de fumar, una obra de las de ‘abanícame el área, nene’, que diría el Bambino Veira. Un tesoro por cuyo hurto pido disculpas al autor, al editor y, por supuesto, al dueño de la librería Follas Novas; prometo devolverlo.

 

No hay que llorar

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Si en la anterior entrega pedíamos contención en la crítica, pues servidor es de los que piensan que noventa minutos nunca dan para tanto como se cuenta habitualmente, con la eliminación pertinentemente sellada y cumplimentada, me parece el momento adecuado para, ahora sí, hacer danzar los filos de nuestras guadañas bajo los pies de los hombres, comenzando por los de los propios aficionados. Nada que me sorprenda en exceso, les cuento, pues si el hincha medio del Barça lo disfrutó casi a diario durante años y no comprendió absolutamente nada, ¿qué le podemos exigir al resto, que apenas lo veían cada dos años y en formato simplificado, como la declaración de la renta? Menos que nada. Lo lógico era esto, que nadie sepa muy bien que ha pasado y embarcarnos en debates ridículos sobre el peso de las culpas en la derrota, lo mismo que sucedió en su día con los galones y los reconocimientos por las grandes victorias, pero con mucha menos gente de traje y corbata en las fotos, eso por supuesto.

Lo de los aficionados es un tanto ridículo, en muchos casos, pero tampoco grave, a mi entender; tal severidad la reservo para los responsables y los protagonistas de este despropósito, que bastantes hay para iniciar el paso. A mi me parecen muy bien las ideas de todo el mundo pero me gustan las mías, me van a disculpar, y yo creo firmemente que no existe el debate de estilos que a menudo se nos propone, lo he dicho ya varias veces; yo creo en la evolución del juego y creo que hay maneras de quitar incertidumbre al resultado, que a la postre me parece a lo máximo que pueden aspirar un entrenador y su método. Si usted no ve en los exagerados números de Guardiola precisamente eso, un control abrumador del juego hasta el punto de secuestrar gran parte de su variabilidad, entonces no debería seguir leyendo este texto; se le puede atragantar.

Nunca me pareció el dibujo propuesto por Del Bosque el más adecuado para esta manera de adueñarse del balón y mantenerse constantemente ordenado, a través de él, al tiempo que se van haciendo trizas la robustez táctica y la psique rival. Mientras ha durado la convicción en la idea, ni siquiera los desatinos del seleccionador han sido capaces de embarrancar una nave que, por momentos, parecía indestructible e inasequible. “Retroceder nunca, rendirse jamás” decían en Campeón de Campeones, una de las películas de culto en Campelo. Y ante el primer gancho encajado, se optó por dar un paso atrás cuando, posiblemente, esta selección necesitaba ser más particular que nunca. Equivocó Del Bosque la particularidad y con la convocatoria de Diego Costa comenzó a emitir señales confusas, especialmente dudosas las características del brasileño para un tipo de juego que poco tiene que ver con la exuberancia física, la garra y el pecho descubierto; una AK-47 en un campamento de verano.

No ha sabido convencer Del Bosque a los suyos de la conveniencia de seguir por el camino conocido, sin atajos, de ser más tiquitaqueros que nunca, que es una simplificación casi insultante del arte de convertir a tus jugadores en partes de un engranaje, una maquinaria que acaba por mejorarlos a todos y que huye de la habitual suma de individualidades, tan del gusto de estos analistas que te dicen el nombre de cada especie de árbol que tienen delante pero que son incapaces de saber en qué bosque están. Dirán ustedes que exagero pero es curioso como la lejanía de Guardiola ha traído dudas a los paladines de esta manera de jugar, Barça y España, en estricto orden de compromiso, desarrollo y sublimación, mientras que su proximidad ha llenado de certezas a la Alemania de Löw, que incluso alinea a Lahm en el medio centro sin pestañear, mientras los especialistas de Mediaset dicen no entender el riesgo, a la vez que coronan a Luis Gustavo como “uno de los mejores futbolistas tácticamente del mundo”. Y encima no hay que llorar, que cantaba Celia Cruz… No sé, Celia, chuliña, no sé.

“Este Ferro tiene, al menos, diez defectos graves, uno de ellos la falta de precisión para definir; nos cuesta bastante” confesaba Carlos Timoteo Griguol a los periodistas, durante un arranque de sinceridad desmedida en plena rueda de prensa, hace ya unos cuantos años. Entonces, uno de ellos preguntó algo al míster que resulta ininteligible en las grabaciones del momento pero que el cordobés comprendió perfectamente pues enseguida lanzó su respuesta. “¿Los otros nueve? Bueno… Que los demás los descubran, ¿viste? Yo no me voy a vender solo”. 

 

Fotografía publicada en desmotivaciones.es

 

 

 

Crónica pero no demasiado crónica.

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Tantos años quemando gente en las plazas y linchamientos en general tenían que dejar cierto poso, parece evidente; las buenas costumbres no se pierden en la nada ni de un siglo para otro, así como así. Los que cayeron ayer en Bahía con ese estrépito peculiar con que caen las cosas en este país, son nada más y nada menos que los campeones de todo en el último lustro y medio, a nivel de selecciones y de clubes, ganadores insaciables e impertérritos que hoy se encuentran con una legión de aficionados reclamándoles que se vayan a su pueblo y, a ser posible, no vuelvan más. Al menos no hasta que se mueran definitivamente y entonces sí, parar el país y ponerlo a sus pies que para los difuntos si somos agradecidos, me atrevería a decir que incluso exagerados.

El drama, en realidad, comienza por los propios encargados de retransmitir el evento a los millones de españoles que siguen el partido desde sus casas. En un momento concreto de la retransmisión de hoy, con el 1-2 favorable ya a los holandeses, recordaba Kiko unas declaraciones de Van Gaal advirtiendo que Van Persie solo estaba para aguantar una hora de partido. “Hay unos cuantos de los nuestros que, me parece a mi, también están para jugar solo una hora, Kiko” apostillaba Manu Carreño. Apenas un cuarto de hora más tarde, ya con cuatro en la chepa, el propio Carreño lanzaba un sermón muy inspirador, al menos así me lo pareció, advirtiendo sobre la campaña de crítica feroz y desprestigio de que serían fruto algunos jugadores tras la derrota. “Nosotros no vamos a entrar en ese juego. Nosotros creemos en estos jugadores”… Para una hora, sospecho. O para ser más concretos, mientras haya opciones matemáticas; nos conocemos.

A mi juicio, todo resulta mucho más sencillo que ahondar en los tópicos de siempre; que si están mal físicamente, que si es necesario oxigenar el doble pivote, que si somos muy bajitos para el balón parado… Lo cierto es que España perdió ayer el balón más de setenta veces en noventa minutos, lo que para un equipo que se ordena a través del balón parece un suicidio aplicando solo un poco de sentido común, sin necesidad de grandes títulos ni de diplomas de RFEF, digo yo. No he visto la estadística pero seguro que hay una diferencia enorme entre las pérdidas de la primera parte y las de la segunda, dónde España se hartó de regalar balones a Holanda y se fue desconectando poco a poco del partido. Esto es como acudir al baile de fin de curso con el traje, la camisa de chorreras, la petaca de vodka y sin chica. Llega un punto que, por muy bien que toque la orquesta y trates de animarte, desconectas, ya no tienes la cabeza ahí. Sin balón, como al Barça, a España le faltan los motivos y sin ellos es difícil reaccionar ante las afrentas, por dolorosas que estas sean.

Le pediría a Del Bosque no recular hacia puntos intermedios y que contra Chile sea más Barça que nunca, como si para ello los tiene que vestir con la camiseta de la senyera y a DSRG llamarlo Tiburón; eso es circunstancial. El método funciona, lo hemos demostrado con puntualidad matemática y máxima precisión, a nivel de clubes y de selecciones. Solo es cuestión de creer en él, poner a los mejores y olvidarse del ruido. Esto no garantiza la victoria, pero si asegura transitar por caminos reconocidos y reconocibles, de los que sabemos por propia experiencia llegan a buen puerto, casi siempre. Basta con respetar los principios básicos del Cruyffismo; el primero, que la pelota no se regala y el segundo, que “los que dudan de Xavi  son idiotas”. Es muy probable que la selección terminase desnuda ayer en Bahía pero la derrota ha cogido a los analistas en Pelotas. Vístanse, que todavía queda carnaval.

 

 

 

“Aurelio Suarez; taxista y maricón”.

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“Respeto a los homosexuales, pero no quiero a esa gente en el vestuario. No me marcharía de un equipo por eso, porque respeto igual a un homosexual que a un negro, un gordo o un enano, pero de ser posible prefiero no tener gays en mi vida”

Iván Rakitic  a ‘Offside’, 2012.

 

Si alguno de ustedes entrase hoy en el taxi del difunto Aurelio, lo primero que les llamaría la atención sería el propio taxista; un tipo enorme, rocoso, con unas manos que parecían haber estado derribando estructuras y una barba tan frondosa y negra que le confería más aspecto de enterrador que de conductor. Se sentaba uno en el asiento de atrás, echaba un vistazo a Aurelio y ya no sabías si pedir que te llevase a Pontevedra, a que te cortasen el pelo, o solicitar un cura, directamente. El caso es que, a poco que uno se fijase en los detalles, encima del radiocasete lucía una especie de tarjeta de presentación, escrita a mano sobre un trozo de papel cuadriculado que rezaba: “Aurelio Suarez: taxista y maricón”.

Del aviso en cuestión, siempre me llamó la atención que acentuase su condición y no su apellido; daba que pensar. A mi amigo Ánxel, que lee mucho más que yo y sabe de estas cosas, siempre le pareció una falta de ortografía flagrante, sin más, pero yo sospechaba que Aurelio debía tener sus propias y justas razones, que no era aquella una tilde olvidada al azar sino que había sido sepultada bajo oscuros motivos, probablemente segada por el odio a su propio padre, quién sabe; a mí me gustaba imaginarlo así. Yo había escuchado en el bar que no siempre había presumido de maricón y que, de joven, pasaba por ser una especie de galán rural, con su pelo en pecho, sus músculos y sus buenos puñetazos cuándo era menester, una auténtica maquina de tumbar hombres y mujeres, rendidas ellas, noqueados ellos; así lo recuerda mi tía Lola, por ejemplo.

Todo cambió, según su propia versión, cuando embarcó una campaña en un mercante griego, asunto que siempre me pareció tenía más de cachondeo y leyenda que de cierto, pero el fulano lo contaba con tanta gracia y convicción que habría que ser muy estúpido para ponerlo en un aprieto y perderse aquella historia. Maldigo el día, eso sí, en que Manu le dijo que yo estudiaba psicología, lo cual, además de ser mentira, se convirtió en una condena pues, desde aquel mismo momento, Aurelio insistía siempre en que yo me sentase delante, y cada carrera era una sesión de psicoterapia simulada con ocho personas dentro de un Seat Málaga, la mayoría con el pecho partido de risa y yo, de vergüenza; era digno de ver, la verdad. “¡Para volver llamarme a casa! ¡A la hora que sea!… ¡Que hay mucho loco por ahí, rapaces!” nos advertía siempre gritando y exagerando la entonación, pura pose.

Además de cuidar de una hermana ciega y una madre enferma, Aurelio se llevó a vivir a con él a una mujer muda que apareció por el pueblo y que ni la policía supo muy bien que hacer con ella. Le gustaba bromear con que iban juntos a comprar tangas y ligueros, se quejaba en el banco de que era muy mala y gritaba mucho… Tenía cosas así pero, en realidad, la cuidaba como si fuese de su familia; le dio un hogar e incluso le dio un entierro, en el mismo panteón que a su madre. Las noches de fin de año se vestía de folclórica y se plantaba en un taburete, en medio del bar, y por cada gin kas de limón que se le servía cantaba una copla sentida, con un clavel en la boca y un Ducados en la mano. A Aurelio se le quería, se le respetaba y se le daba de beber.

De no ser imposible hoy ya tal casualidad, pues al pobre Aurelio se le cayo el taxi encima mientras cambiaba una rueda, habría estado bien poder contemplar esa escena, la de Iván Rakitic subiendo a su taxi, con todas sus fobias de valiente cobarde y toda su calidad técnica, que no seré yo quién la ponga en duda; una cosa no quita la otra. Seguro que se parecería mucho a aquella anécdota que contaba “El Luifa”, Luís Fabián Artime, en sus tiempos en Belgrano de Córdoba cuando, al entrar en un taxi, camino del entrenamiento, el conductor lo miró por el retrovisor y lo invitó inmediatamente a abandonar el vehículo. “No, querido… Caballos no llevo”. Parece que, en esta ocasión, dará más problemas la rubia croata que el extraño taxista. Ya me lo contarán cuando se vean en el suelo, todo cubierto de sangre y alguna niña mona llorando horrorizada, de fondo; lo típico.

“Empieza tú… ¡Atácame!… Ni lo intentes cabronazo… eeh… ¿Hablas conmigo?… ¿Me lo dices a mí?… Dime… ¿Es a mí?… Entonces ¿a quién le hablas si no es a mí?… Aquí no hay nadie más que yo.”

Travis Bickle (Robert de Niro) en ‘Taxi Driver’

 

Fotografía publicada en cronicasdevallhaya.com

 

 

El enemigo público

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Con la actitud correcta y la justa concentración de alcohol en sangre, la imputación por delito fiscal del Barça puede ser vista casi como un título, aunque sea de villano. No me parece poca ganancia, tal y cómo ha transcurrido un año dónde el resto de aficiones comenzaban ya a tomarnos por locos, cuando no por meros idiotas. Con estas causas pendientes con la justicia se nos respetará un poco más, al menos eso espero, que cuando apenas movimos un dedo mientras se desmontaba un proyecto tan perfecto que nos pareció demasiado bueno para ser verdad, más acostumbrados al remiendo de oro, la moneda de plata y la segura derrota al final de cada capítulo. Puede que por eso, mi villano favorito siempre fuese el Profesor Moriarty pero no el de Arthur Conan Doyle, ni el de Guy Ritchie, sino aquel lobo de dibujos animados con capa, pipa, monóculo y sombrero de copa que exigía lo mejor del sabueso Sherlock, pues la maldad no tiene porqué estar reñida con el buen gusto ni el placer con la derrota.

Otro ejemplo de la popularidad que podemos llegar a alcanzar como club maldito es del Juventud de Cambados, equipo de Regional que hizo soñar a medio Salnés y cuyo presidente llegó a inspirar incluso canciones, como aquella tan famosa de ‘Os Papaqueixos’. A Juan Ramón Prado Bugallo, hijo de los Miñancos de Cambados y Sito para los amigos y vecinos, lo adoraba la gente como a un semi dios, una especie de benefactor amable y atractivo que se paseaba por Sanxenxo con un Ferrari Testarrosa; un Sonny Crocket a la gallega que gustaba de la ostentación como acicate para espolear nuestros sueños adolescentes. A Sito lo acompañaban siempre las mujeres más hermosas de las rías todas, altas y baixas, algunas llegadas incluso del interior o de ultramar y no necesariamente de una en una, lo que a mi se me antojó argumento suficiente para sospechar que no siempre el camino correcto era el más recomendable y por supuesto, no parecía el más divertido ni mucho menos, visto lo visto.

Con Sito Miñanco como presidente, el Juventud pasó de la categoría regional a ser el equipo más potente de la Segunda B. Se organizaban giras internacionales antes de que Florentino llegase a soñar siquiera tal cosa, pretemporadas en países exóticos como Brasil y Panamá y los encuentros con la prensa alcanzaron fama de orgías legendarias. Cuenta o exagera, alguno de los presentes, que primero se leía un breve comunicado, luego se hacían las preguntas justas y a continuación se accedía a un gran salón dónde les esperaba todo lo que un hombre dispuesto a dejarse tentar pudiese desear, lo mismo ostras que Benromach que trillizas rusas… Un despliegue tan exagerado que, mucho me temo, dejaría en mero guateque lo que fuese que se organizó en Picadilly para el padre de Neymar, según ha declarado esta semana Wagner Ribeiro.

Pensarán ustedes que el asunto no tiene ninguna gracia y que cualquier conducta criminal carece de encanto alguno, pero esto ya se decía de James Cagney, en su día. En ‘El enemigo público’, el grácil matón y su gran amigo de la infancia son tiroteados desde una ventana próxima, por una banda rival. Nuestro villano se libra por los pelos y mientras la gente se agolpa alrededor del cuerpo sin vida de su amigo, Cagney aparece de nuevo en escena, oculto tras la pared de un callejón, observando las consecuencias de una vida fuera de la ley; se ha librado de la muerte así que sonríe. La película levantó muchas ampollas en la América moralista de los años treinta pero la historia le ha hecho justicia y hoy nadie pone una sola pega a su merecido lugar en el Olimpo del cine. Quizás hacerles ver la parte buena de ser unos kinkis no sea la mejor idea que se me haya podido ocurrir pero, observando algunas de las otras propuestas, que van desde culpar al denunciante a obviar por completo la noticia, me pareció que esta podía ser una manera menos desvergonzada de tratarla y mucho más atractiva. Así que no sufran por mi alma, recen por las suyas y recuerden que los clubes buenos, como las niñas, van al cielo, sí, pero solo las malas van a dónde quieren.

 

“En la cima del mundo, mamá”

James Cagney en ‘Al rojo vivo

 

Fotografía publicada por canaltcm.com

 

 

 

 

 

 

¿Partidarios de la felicidad?

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Muchos no lo recordarán, otros simplemente lo negarán y los más se harán los ofendidos, preguntándose cómo puedo sostener yo tal cosa sin que se me caiga la cara de vergüenza. Lo crean o no, les guste o no, una buena parte de la afición del Barça dio la espalda al equipo de Guardiola en sus comienzos, mucho más allá de los primeros partidos. Tras aquellos dos primeros tropiezos, el equipo comenzó a encadenar goleada tras goleada pero al levantar la vista buscando un lleno cómplice en la grada, miles de asientos vacíos les saludaban diciendo ‘que os den‘, como si aquella manera de disfrutar no fuese con ellos. “Si no se ha estado llenando el campo del Barça esta temporada, puede que haya sido porque el equipo es demasiado verdadero y serio y juega al más puro fútbol, al fútbol a secas”, escribía entonces Eduardo Vila-Matas en un artículo hecho de pequeños apuntes, fantástico, que dedicó a Ramón Besa y Gonzalo Suárez y tituló ‘Partidarios de la felicidad’ (Diario de las tres temporadas triunfales de Guardiola).

Hasta aquí, el asunto podría no tener mayor importancia, no pasaría de simple anécdota. Incluso habría, a buen seguro, quién tratase de explicarlo como la consecuencia lógica tras dos años de desastres continuados pero, miren por dónde, el equipo enlazó un par de malos resultados y el campo volvió a llenarse, a saber realmente con qué intenciones.“Esperamos que ayer no se inaugurara una relación directa entre fútbol escuálido y asistencia en aumento”, se sorprendía Vila-Matas. “De ser así, habrá que pedir al socio que siga en su casa”. Sostiene el autor catalán la teoría de que, frente al clásico aficionado sufridor, acostumbrado a celebrar derrotas y reclamar revanchas, surgía un nuevo barcelonismo, los partidarios de la felicidad, aquellos que abogaban por ganar, por disfrutar, por competir con un estilo en el que “puedan reconocer su parentesco con los dioses”.

En realidad, sospecha uno que de parientes de la divinidad siempre estuvo el club lleno y que, más allá del modo concreto en que encuentran placer los aficionados, las brechas abiertas entre la gent blaugrana tiene su origen en la vanidad e ignorancia de una parte, incapaces de reconocerse a si mismos como lo que son; meros aficionados. Mientras algunos, una minoría, insisten en que las decisiones deportivas las asuman los técnicos mejor preparados posibles, la mayoría celebran eufóricos la llegada de Luis Enrique, el mismo a quien por la mañana votaron como su favorito, en las encuestas de Internet. Me recuerda a la famosa anécdota dónde, Sir Bobby Robson, en un hotel londinense, explica a Núñez su modelo de juego apoyándose en vasos, tazas y demás cubiertos. En un momento concreto de la explicación, el entonces presidente se emociona, y comienza a ordenar a las tazas que suban por la banda, tira paredes con tenedores de postre que ocupan el interior, y todos los centros al área los remata una formidable tetera. Los vítores de Gaspart y Parera son tales que despiertan a Nicolás Casaus, dormido a media explicación del inglés, más o menos.

Uno compara semejantes actitudes con el discurso habitual de Cruyff y resulta sencillo entender el escaso aprecio que muchos sienten por el holandés, un entrenador que nunca consintió ni un triste pienso qué a ningún directivo ni aficionado. “Usted no piense”, les contestaba. ¿Desde cuándo supuso la ignorancia un freno para no dar lecciones sobre casi  todo? Esto ya lo decía Larra, doscientos años atrás, y eso que todavía no sospechaba lo que estaba por venir, con repliegues, pivotes y 3-4-3. “Si no entiende alguna de mis decisiones, puedo explicarlo las veces que haga falta, pero nunca discutirlo con quién no sabe”. Intuyo lo humillante que esto puede resultar al aficionado que confunde su vanidad con profundo conocimiento, aunque peor sería confundirla con gases, dónde va a parar. Personalmente, a mi me daría mucho miedo que las decisiones del club coincidan con mis opiniones y, aunque no lo quieran ustedes creer ni admitir, en escuchar a los sabios suele residir la diferencia entre el éxito y el fracaso, entre las risas y el llanto; entre fichar a Hugo Sánchez o fichar a Pércival.

 

– “¿Como van las gestiones con el Tottenham, President?

– “Pércival es un fenómeno. Lo ficharemos”

(Josep Lluís Núñez, sobre el fichaje de Steve Archibald.)

 

Fotografía publicada por blaugranas.com