taxi

“Respeto a los homosexuales, pero no quiero a esa gente en el vestuario. No me marcharía de un equipo por eso, porque respeto igual a un homosexual que a un negro, un gordo o un enano, pero de ser posible prefiero no tener gays en mi vida”

Iván Rakitic  a ‘Offside’, 2012.

 

Si alguno de ustedes entrase hoy en el taxi del difunto Aurelio, lo primero que les llamaría la atención sería el propio taxista; un tipo enorme, rocoso, con unas manos que parecían haber estado derribando estructuras y una barba tan frondosa y negra que le confería más aspecto de enterrador que de conductor. Se sentaba uno en el asiento de atrás, echaba un vistazo a Aurelio y ya no sabías si pedir que te llevase a Pontevedra, a que te cortasen el pelo, o solicitar un cura, directamente. El caso es que, a poco que uno se fijase en los detalles, encima del radiocasete lucía una especie de tarjeta de presentación, escrita a mano sobre un trozo de papel cuadriculado que rezaba: “Aurelio Suarez: taxista y maricón”.

Del aviso en cuestión, siempre me llamó la atención que acentuase su condición y no su apellido; daba que pensar. A mi amigo Ánxel, que lee mucho más que yo y sabe de estas cosas, siempre le pareció una falta de ortografía flagrante, sin más, pero yo sospechaba que Aurelio debía tener sus propias y justas razones, que no era aquella una tilde olvidada al azar sino que había sido sepultada bajo oscuros motivos, probablemente segada por el odio a su propio padre, quién sabe; a mí me gustaba imaginarlo así. Yo había escuchado en el bar que no siempre había presumido de maricón y que, de joven, pasaba por ser una especie de galán rural, con su pelo en pecho, sus músculos y sus buenos puñetazos cuándo era menester, una auténtica maquina de tumbar hombres y mujeres, rendidas ellas, noqueados ellos; así lo recuerda mi tía Lola, por ejemplo.

Todo cambió, según su propia versión, cuando embarcó una campaña en un mercante griego, asunto que siempre me pareció tenía más de cachondeo y leyenda que de cierto, pero el fulano lo contaba con tanta gracia y convicción que habría que ser muy estúpido para ponerlo en un aprieto y perderse aquella historia. Maldigo el día, eso sí, en que Manu le dijo que yo estudiaba psicología, lo cual, además de ser mentira, se convirtió en una condena pues, desde aquel mismo momento, Aurelio insistía siempre en que yo me sentase delante, y cada carrera era una sesión de psicoterapia simulada con ocho personas dentro de un Seat Málaga, la mayoría con el pecho partido de risa y yo, de vergüenza; era digno de ver, la verdad. “¡Para volver llamarme a casa! ¡A la hora que sea!… ¡Que hay mucho loco por ahí, rapaces!” nos advertía siempre gritando y exagerando la entonación, pura pose.

Además de cuidar de una hermana ciega y una madre enferma, Aurelio se llevó a vivir a con él a una mujer muda que apareció por el pueblo y que ni la policía supo muy bien que hacer con ella. Le gustaba bromear con que iban juntos a comprar tangas y ligueros, se quejaba en el banco de que era muy mala y gritaba mucho… Tenía cosas así pero, en realidad, la cuidaba como si fuese de su familia; le dio un hogar e incluso le dio un entierro, en el mismo panteón que a su madre. Las noches de fin de año se vestía de folclórica y se plantaba en un taburete, en medio del bar, y por cada gin kas de limón que se le servía cantaba una copla sentida, con un clavel en la boca y un Ducados en la mano. A Aurelio se le quería, se le respetaba y se le daba de beber.

De no ser imposible hoy ya tal casualidad, pues al pobre Aurelio se le cayo el taxi encima mientras cambiaba una rueda, habría estado bien poder contemplar esa escena, la de Iván Rakitic subiendo a su taxi, con todas sus fobias de valiente cobarde y toda su calidad técnica, que no seré yo quién la ponga en duda; una cosa no quita la otra. Seguro que se parecería mucho a aquella anécdota que contaba “El Luifa”, Luís Fabián Artime, en sus tiempos en Belgrano de Córdoba cuando, al entrar en un taxi, camino del entrenamiento, el conductor lo miró por el retrovisor y lo invitó inmediatamente a abandonar el vehículo. “No, querido… Caballos no llevo”. Parece que, en esta ocasión, dará más problemas la rubia croata que el extraño taxista. Ya me lo contarán cuando se vean en el suelo, todo cubierto de sangre y alguna niña mona llorando horrorizada, de fondo; lo típico.

“Empieza tú… ¡Atácame!… Ni lo intentes cabronazo… eeh… ¿Hablas conmigo?… ¿Me lo dices a mí?… Dime… ¿Es a mí?… Entonces ¿a quién le hablas si no es a mí?… Aquí no hay nadie más que yo.”

Travis Bickle (Robert de Niro) en ‘Taxi Driver’

 

Fotografía publicada en cronicasdevallhaya.com

 

 

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