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Si en la anterior entrega pedíamos contención en la crítica, pues servidor es de los que piensan que noventa minutos nunca dan para tanto como se cuenta habitualmente, con la eliminación pertinentemente sellada y cumplimentada, me parece el momento adecuado para, ahora sí, hacer danzar los filos de nuestras guadañas bajo los pies de los hombres, comenzando por los de los propios aficionados. Nada que me sorprenda en exceso, les cuento, pues si el hincha medio del Barça lo disfrutó casi a diario durante años y no comprendió absolutamente nada, ¿qué le podemos exigir al resto, que apenas lo veían cada dos años y en formato simplificado, como la declaración de la renta? Menos que nada. Lo lógico era esto, que nadie sepa muy bien que ha pasado y embarcarnos en debates ridículos sobre el peso de las culpas en la derrota, lo mismo que sucedió en su día con los galones y los reconocimientos por las grandes victorias, pero con mucha menos gente de traje y corbata en las fotos, eso por supuesto.

Lo de los aficionados es un tanto ridículo, en muchos casos, pero tampoco grave, a mi entender; tal severidad la reservo para los responsables y los protagonistas de este despropósito, que bastantes hay para iniciar el paso. A mi me parecen muy bien las ideas de todo el mundo pero me gustan las mías, me van a disculpar, y yo creo firmemente que no existe el debate de estilos que a menudo se nos propone, lo he dicho ya varias veces; yo creo en la evolución del juego y creo que hay maneras de quitar incertidumbre al resultado, que a la postre me parece a lo máximo que pueden aspirar un entrenador y su método. Si usted no ve en los exagerados números de Guardiola precisamente eso, un control abrumador del juego hasta el punto de secuestrar gran parte de su variabilidad, entonces no debería seguir leyendo este texto; se le puede atragantar.

Nunca me pareció el dibujo propuesto por Del Bosque el más adecuado para esta manera de adueñarse del balón y mantenerse constantemente ordenado, a través de él, al tiempo que se van haciendo trizas la robustez táctica y la psique rival. Mientras ha durado la convicción en la idea, ni siquiera los desatinos del seleccionador han sido capaces de embarrancar una nave que, por momentos, parecía indestructible e inasequible. “Retroceder nunca, rendirse jamás” decían en Campeón de Campeones, una de las películas de culto en Campelo. Y ante el primer gancho encajado, se optó por dar un paso atrás cuando, posiblemente, esta selección necesitaba ser más particular que nunca. Equivocó Del Bosque la particularidad y con la convocatoria de Diego Costa comenzó a emitir señales confusas, especialmente dudosas las características del brasileño para un tipo de juego que poco tiene que ver con la exuberancia física, la garra y el pecho descubierto; una AK-47 en un campamento de verano.

No ha sabido convencer Del Bosque a los suyos de la conveniencia de seguir por el camino conocido, sin atajos, de ser más tiquitaqueros que nunca, que es una simplificación casi insultante del arte de convertir a tus jugadores en partes de un engranaje, una maquinaria que acaba por mejorarlos a todos y que huye de la habitual suma de individualidades, tan del gusto de estos analistas que te dicen el nombre de cada especie de árbol que tienen delante pero que son incapaces de saber en qué bosque están. Dirán ustedes que exagero pero es curioso como la lejanía de Guardiola ha traído dudas a los paladines de esta manera de jugar, Barça y España, en estricto orden de compromiso, desarrollo y sublimación, mientras que su proximidad ha llenado de certezas a la Alemania de Löw, que incluso alinea a Lahm en el medio centro sin pestañear, mientras los especialistas de Mediaset dicen no entender el riesgo, a la vez que coronan a Luis Gustavo como “uno de los mejores futbolistas tácticamente del mundo”. Y encima no hay que llorar, que cantaba Celia Cruz… No sé, Celia, chuliña, no sé.

“Este Ferro tiene, al menos, diez defectos graves, uno de ellos la falta de precisión para definir; nos cuesta bastante” confesaba Carlos Timoteo Griguol a los periodistas, durante un arranque de sinceridad desmedida en plena rueda de prensa, hace ya unos cuantos años. Entonces, uno de ellos preguntó algo al míster que resulta ininteligible en las grabaciones del momento pero que el cordobés comprendió perfectamente pues enseguida lanzó su respuesta. “¿Los otros nueve? Bueno… Que los demás los descubran, ¿viste? Yo no me voy a vender solo”. 

 

Fotografía publicada en desmotivaciones.es

 

 

 

2 comentarios en “No hay que llorar

  1. En efecto, Xavi era brújula, director de orquesta, maestro de ceremonia, maestro Jedi. Él era el Orden. Lo demás fluía a su antojo. A pesar del doble mediocentro, vestigio de la raza que fue. La marcha de Pep ha sido como el aleteo aquel de la mariposa en el Amazonas que incide en todo cuanto sucede. 40 minutos apenas es lo que duró el nuevo traje; a Vicente se le olvidó hilvanar las costuras y los nuestros saltaron al verde con puntadas largas, mal cosidas. Y Holanda sólo tuvo que tirar del hilo y desnudar al rey. O quizá el rey ya saliese desnudo a la cancha.

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