Sucede con Van Gaal lo mismo que con los viejos amores, que la memoria se ocupa de ir maquillando con tiento los malos momentos y, pasados los años, uno termina por componer un recuerdo tan perfecto e idílico que no acierta a explicarse cómo pudo haber terminado todo tan mal. El holandés recuerda hoy a esa ex pareja con más pecho que entonces, buenos zapatos, labios en fuego y la confianza por las nubes, capaz incluso de subirse unos centímetros más la falda antes de acercarse a saludar, como si quisiese dejar bien claro de antemano que ya no es aquella chiquilla reservada que lo fiaba todo al contragolpe; les contaré una historia.

Con veinte años me enamoré tan profundamente que pareciera no hubiese hecho otra cosa en dos décadas más que esperarla. Parecía todo tan perfecto que pronto comencé a sospechar de que algo no iba bien así que un día me armé de valor y la dejé. Comprendo que esto sonará muy estúpido y quizás un tanto drástico, de hecho no lo entendió nadie; ni mi familia, ni la suya, ni los amigos, ni ella… Posiblemente no lo entendiese ni yo mismo pero estaba completamente decidido a terminar con aquello, por doloroso que resultara. De alguna manera me fui convenciendo de que nuestra relación terminaría de manera trágica, tarde o temprano, así que opté por adelantar el duelo y echarme al monte por sorpresa, sin demasiado que perder salvo el tiempo que prolongase aquella dulce agonía, pensé.

Cumplidos los treinta, una noche de carnaval volvimos a encontrarnos. Ella iba disfrazada de hada y yo de estrella del rock, como siempre. Uno frente a la otra y sin demasiado espacio en aquel antro para evitarnos, nos saludamos, nos quitamos la vergüenza, reímos y quedamos para comer, esa misma semana. Al igual que les sucede a muchos de ustedes con Van Gaal, me ilusioné de un modo tan infantil con el reencuentro que perdí cualquier perspectiva lógica sobre el presente, el pasado y el futuro de mi vida, todo bien agitado y en formato panorámico ante mis ojos. Yo suponía que aquello era el viejo amor que regresaba pero, en realidad, se parecía mucho a la muerte llamando por mi. Sea como fuere, el segundo acto de nuestra historia de amor duró apenas quince días.

A Van Gaal lo sacamos estos días en procesión por una decisión más próxima a la anécdota que al milagro relatado en las principales cabeceras deportivas del país. Afloran, de repente, toneladas de tinta y grandes adjetivos dedicados a quién no hace tanto se le negaba incluso cierta humanidad en la burla, sustituida la cabeza de su guiñapo por una tapia de ladrillos caravista bajo un rubio bisoñé. Arquitecto de aquel Ajax inolvidable y uno de los alquimistas del juego de posición, al holandés se le trató en España como solemos hacer con todo aquello no comprendemos, con el máximo desprecio.

Y sin embargo, pese a todos los méritos que acumula el seleccionador holandés, no se me ocurriría brindarle una segunda oportunidad ni por asomo. Junto al excelso técnico, aterrizó en Barcelona un dóberman gigante y ladrador, celoso guardián del Líder, Josep Lluís Núñez.  En un delirio de tinte inquisidor, Van Gaal llegó incluso a tildar de “madridistas” a todo aquel que mostraba su oposición al pequeño semidios, en especial a quienes abrazaron la bandera del Elefant Blau. Hay quién dice que no era un mal tipo y que simplemente lo intoxicaron como han hecho con otros muchos durante sus años en el poder, puede ser; a las suegras y a los entornos, al fin y al cabo, los carga habitualmente el diablo.

De aquella ex novia, que por dos veces le dio la vuelta a mi vida, me quedé para siempre con el recuerdo de los primeros besos, su risa resquebrajada y un libro de poemas de Mario Benedetti que me regaló días antes de la primera ruptura. De Van Gaal no guardo tanto ni tan preciado, quizás el agradecimiento por confiar en la cantera, un par o tres de títulos con los que restar polvo a las vitrinas del club y, sobre todo, los dos años de contrato que perdonó antes de firmar el finiquito; acuerdos de divorcio tan ventajosos sí que ya no quedan.

 

Uno siempre está intentando que las cosas salgan perfectas en el arte porque conseguirlo en la vida es realmente difícil”.

Annie Hall.

 

 

 

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