“Muerta el perro, muerta el rabia”

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Hace unos cuantos años, los amigos de toda la vida decidimos crear un equipo de fútbol para tratar de compensar, con un mínimo de deporte federado a la semana, los estragos y tropelías nocturnas que soportaban tan resistentes cuerpos. Con más problemas de los esperados, conseguimos que uno de nuestros bares habituales corriese con el gasto de los uniformes, elegidos para la ocasión en verde Panathinaikos de entre las docenas de catálogos, arrugados y de bajo coste, que nos mostraron en Piñeiro Sport, y que posteriormente pagamos sin IVA, como era habitual.

Sin pensarlo en exceso, esa es la verdad, nos inscribimos en el típico torneo municipal donde no tardamos en granjearnos una cierta fama, y no solo por la llamativa costumbre de pedir el cambio para salir a fumar, ni siquiera por la desafortunada detención de nuestro portero titular, en la previa de un duelo con el Autoescuela San Juan y por delito contra la salud pública, del que ya no recuerdo si consistía en vender vieira en veda o cocaína. Lo que nos catapultó a la fama definitiva, más allá de cualquier anécdota, aún con la justicia, fue aquel defecto táctico que llegó a parecer una maldición por la cual, cada saque de esquina señalado a nuestro favor, se convertía de manera inmediata e inexorable en ocasión manifiesta de gol para el equipo contrario, que a menudo solía aprovechar con el mayor agradecimiento y buenas palabras, como las de aquel ‘ala’ del Talleres Tajes que siempre se disculpaba ante nuestro portero con un sentido “perdone usted”, antes de mandar el balón a la red.

Uno pensaba que semejantes errores, tan calamitosos, eran exclusivos de tipejos degenerados y ligas de barrio, nunca de primeras figuras del escalafón futbolístico mundial, ni de equipos super profesionalizados. El sábado, después de que Rakitic perpetrase aquel lanzamiento amoral que terminó en gol de Benzemá, me asaltaron los recuerdos de aquel drama ridículo que no tardó en ser aprovechado por todos nuestros rivales, los cuales nos cedían saques de esquina sin respiro, incluso aprovechando el propio saque inicial. Al terminar el partido, ya duchado, y reafirmado bajo unas gafas que daban credibilidad a sus declaraciones, dijo Marcelo que hacía mucho tiempo que soñaban con ganar al Barça “de esta manera”, sin tener que ceñirse única y exclusivamente al marcador. “Ellos siempre nos quitaban la pelota pero hoy no”, declaró sonriente el lateral, con la satisfacción plena de quien se ha sentido, por fin, superior al rival sin necesidad de recurrir al eufemismo, como en épocas pasadas y recientes. Ganó el Madrid en todos los sentidos posibles, y muchos de sus futbolistas se quitaron de encima el complejo de inferioridad futbolística en que los había sumido Guardiola primero, y Mourinho después. Aplaudió el Bernabeu a rabiar el toque sutil, la combinación precisa y el ritmo acompasado, y la atmósfera se llenó de olés que acompañaban largas posesiones. Me froté los ojos y me acordé de aquella sentencia, habitual hasta hace pocos días, de que el juego de posición nunca encajaría con los gustos del público de Madrid, a quien uno suponía gente adicta al vértigo y alérgica a la posesión, verdaderos precursores de ‘Podemos’, casi.

En Barcelona, por su parte, y como era de esperar, la crítica ha descargado con furia contra sus propios demonios, y hasta el último de los tardo columnistas parece haber encontrado al culpable entre sus habituales males de cabecera, en mi caso, Gerard Piqué. Sin despeinarse, que es una de las cosas que admiro profundamente de él, cometió un penalti de patio de colegio que luego justificó, ante los micrófonos del Plus, amparándose en una cuestión de principios: “Es totalmente anti estético lanzarse a cortar el balón con la mano ahí, en la espalda, no sé…”, declaró el central, a quien muchos ya habíamos colocado en la picota advirtiendo una nueva falta de concentración cuando se trataba de un simple, y respetable, acto de afirmación personal. ¡Brindo por ello!

Para terminar, sospecho que nos equivocaremos si buscamos culpables entre las individualidades, atendiendo a las piezas sueltas por encima del funcionamiento colectivo. Bien haría Luis Enrique, actual relojero y máximo responsable del juego desplegado, en tragarse un poco de tanto orgullo de firma y regresar a los principios básicos del juego de posición, los mismos que aplicó en aquel Barça B de los Soriano, Alcántara y Fontás, y con los que se ganó el respeto y la admiración de una afición que, a menudo, no entiende lo que ve, pero que enseguida detecta lo que falta. Este Barça de Luis Enrique, por ejemplo, y en mi opinión, adolece de una cierta dosis de sentido común, lo que en Barcelona siempre hemos llamado cruyffismo, y que fue el método utilizado para corregir, precisamente, aquel terrible trauma con los córners suicidas en nuestro equipo de la liga municipal. Fue Moncho, el Tres Faroles, a quién habíamos nombrado entrenador por sus simpáticas imitaciones del holandés y por no tener ni la más mínima idea de fútbol, quien discurrió la solución definitiva. “Se la damos directamente a nuestro portero y punto”, dijo durante una previa, mientras terminaba de liarse un grueso pitillo. “¡Muerta el perro, muerta el rabia! ¿Ou non?”. No sabía ni cuántos futbolistas debía alinear de inicio, pero nadie puede negar que hablaba como un verdadero ‘Profeta’.

 

“Un portero me preguntaba: Si entra por la escuadra, ¿qué hago?. Yo le decía: aplaudir.”

Johan Cruyff

 

 

El orgullo del tercer mundo

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Una semana más, al Barça no le hicieron gol de milagro, una estrategia tan digna y plausible como cualquier otra, supongo, al menos cuando produce los resultados deseados. Además, si uno lo piensa bien, en estos días en los que el club se encuentra en pleitos con todas las justicias posibles conocidas por el hombre, nada resulta más balsámico y reconfortante que saberse en paz con Dios y disfrutar de su cálido amparo, partido tras partido. No se asusten si, cualquier día de estos, se nos revela que el milagro habitual de cada Domingo formaba parte de las bondades recogidas en el vilipendiado contrato con Qatar, sin duda, otro gol de la actual junta directiva a la maldicente oposición.

Hablando de goles fuera del campo, en la semana previa al choque con los muchachos de Hierros Servando, marcó Piqué. Muchos comenzábamos a lamentar haberlo perdido para la causa de ‘la vie en rouge‘, quizás como consecuencia de la llegada de Luis Enrique o, tal vez, solo otra víctima inocente de un estado civil impropio de tiempos que se dicen modernos y civilizados: el de casado. Me pregunto en qué tipo de vil y miserable sociedad no puede uno aparcar un coche de alta cilindrada a la puerta de uno de los locales de moda de la ciudad, suponiendo que se lo pueda permitir. ¿Es que nos estamos volviendo todos locos? Ni el mismísimo Ari Gold habría zanjado mejor tan desagradable cambalache de como lo hizo Piqué. “Esta multa la va a pagar tu padre”, le dijo a un guardia urbano de quién, uno sospecha, es posible que vistiese una camiseta de Illarramendi bajo el uniforme oficial, aunque tampoco descartaría el disfraz completo de Batman, en estos tiempos locos que corren.

Por supuesto, no tardaron en aparecer los amantes del proselitismo para arrimar el ascua a su sardina y, de paso, otra alma descarriada al reino de los cielos. En Twitter, por ejemplo, un señor sugería que Shakira solicitase la colaboración del mismísimo Stevie Wonder, todavía presente en el imaginario de una generación entera como icono de la seguridad vial. “Culé auténtico”, que así es como se presenta el curioso consejero en su bío de la red social, me recordó, en un primer momento, a otras certezas improbables de internet como aquello de “real ex girlfriend revenge” o “pinche aquí y gane un Audi A4”, pero terminé por admitir que resulta tranquilizador saber que, ahí fuera, existe una legión de hombres y mujeres que se preocupan por el correcto descanso de los cuerpos ajenos y, por elevación, también de sus almas.

Para que a la semana blaugrana no le faltase de nada, como la admisión del propio término en los nuevos diccionarios de la RAE, apenas cuatro Champions League después, sin precipitarse, el sábado se celebró la asamblea anual de socios compromisarios quienes, en palabras más o menos aproximadas del teniente @JaumeTorres14, son unos señores que fuman puros, usan Varon Dandy, gustan de un Mascherano medicentro y todos, sin excepción, estuvieron en Berna, en la famosa ‘final de los postes’ del 61. Créanme si les digo que a la cita solo faltaron Arroyito y Pozuelón, con sus copas de cognac y sus camisas de seda brillante con chorreras.

Volviendo con Piqué, ya para terminar, y aprovechando que hemos topado con Faemino y Cansado por el camino, ¿recuerdan ustedes aquel número del psiquiatra y el enfermo que pretendía dejar de comer cordero? Lo mismo pasa con el central del Barça, a quién todas las recomendaciones ofrecidas para regresar a la élite le suenan a lo mismo: madurar, madrugar, entrenar, trabajar… Todas ellas palabras de tres sílabas, casi idénticas, confusas. En cambio, ¿saben con qué vocablo u recomendación no tendría Gerard, o yo mismo, ninguna duda al respecto, especialmente por tetrasílabo y fresquito? Con ‘cu-ba-ti-ta‘, efectivamente; el orgullo del tercer mundo.

 

Fotografía publicada por mallorcaquality.com

Perder en París

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El Barça de Luis Enrique cosechó su primera derrota en París, lo cual se me antoja todo un acierto. En París nunca se pierde del todo, aunque lo parezca, e incluso el mayor desastre imaginable nos dejará un recuerdo bello y perdurable, una cierta sensación de triunfo por el simple y mero hecho de haber caído en una ciudad como París. En el peor de los casos, que sin duda debe ser morir en el intento, garantiza París unos cuantos cementerios de primera, alguno con inquilinos de mucho copete, como el de Le Pere- Lachaise, y un número de visitantes a los camposantos muy por encima de la media habitual, como si todos los días del año fuesen Día de Difuntos, el sueño confeso de mi abuela.

El partido resultó frenético, de esos que obligan a uno a taparse con una manta hasta la boca, por si acaso. Ante situaciones apuradas y de extrema urgencia, como resultaron ayer las incontables pérdidas de balón, apenas forzadas, es conveniente conservar la calma y afrontar el apuro con la máxima serenidad. Hace unos meses, por ejemplo, leí la noticia de un surfista neozelandés que sufrió el ataque de un tiburón mientras trasteaba con su tabla, cerca de la playa. Cuando se zafó del animal y regresó a tierra firme, pudo comprobar que sufría heridas importantes y que perdía mucha sangre, así que se dirigió al bar más cercano, pidió una cerveza, y solo entonces emprendió una frenética carrera hacia las urgencias de algún hospital, a ver si todavía se podía hacer algo por su brazo, o al menos por su vida. No fue eso lo que propuso ayer el Barcelona, que prefirió correr por pura supervivencia desde el minuto uno, desbocado e incapaz de mantener la calma, y convertido de repente en un equipo de corazón débil y buenas piernas, sí, pero apenas con alma propia, y muy alejado de lo que parecía vislumbrarse en los primeros compases de la temporada.

De todas maneras, como decía al comienzo del texto, en París nunca se pierde del todo y el aficionado del Barça se lleva, para siempre, el recuerdo de un gol de los que emparentan al fútbol con el arte, incluso podría decirse que con el bondage, suponiendo que lo de las cuerdas no sea considerado un arte en si mismo, que debería. Fue en París dónde cierto amigo mío paseaba con su chica, tratando de enamorarse un poco más, el uno del otro, hasta que él reparó en una fea costumbre de ella. A medida que caminaban, la muchacha introducía su mano en el bolsillo trasero del pantalón de él, y con el dedo corazón le hurgaba la nalga, al principio de un modo casi imperceptible, pero bastante molesto y evidente al cabo de un rato paseando. Entonces, cuando él estaba a punto de estallar y revolverse, advirtió la presencia de la famosa torre Eiffel, al fondo, y decidió cambiar el enfoque. “Un poco más abajo, cariño”– dijo con un punto de resignación, y una enorme talla histórica –“A ver si, por lo menos, me conviertes en el primer gilipollas que descubre París con un dedo metido en el culo”. 

Fotografía publicada en playandtour.net