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El Barça de Luis Enrique cosechó su primera derrota en París, lo cual se me antoja todo un acierto. En París nunca se pierde del todo, aunque lo parezca, e incluso el mayor desastre imaginable nos dejará un recuerdo bello y perdurable, una cierta sensación de triunfo por el simple y mero hecho de haber caído en una ciudad como París. En el peor de los casos, que sin duda debe ser morir en el intento, garantiza París unos cuantos cementerios de primera, alguno con inquilinos de mucho copete, como el de Le Pere- Lachaise, y un número de visitantes a los camposantos muy por encima de la media habitual, como si todos los días del año fuesen Día de Difuntos, el sueño confeso de mi abuela.

El partido resultó frenético, de esos que obligan a uno a taparse con una manta hasta la boca, por si acaso. Ante situaciones apuradas y de extrema urgencia, como resultaron ayer las incontables pérdidas de balón, apenas forzadas, es conveniente conservar la calma y afrontar el apuro con la máxima serenidad. Hace unos meses, por ejemplo, leí la noticia de un surfista neozelandés que sufrió el ataque de un tiburón mientras trasteaba con su tabla, cerca de la playa. Cuando se zafó del animal y regresó a tierra firme, pudo comprobar que sufría heridas importantes y que perdía mucha sangre, así que se dirigió al bar más cercano, pidió una cerveza, y solo entonces emprendió una frenética carrera hacia las urgencias de algún hospital, a ver si todavía se podía hacer algo por su brazo, o al menos por su vida. No fue eso lo que propuso ayer el Barcelona, que prefirió correr por pura supervivencia desde el minuto uno, desbocado e incapaz de mantener la calma, y convertido de repente en un equipo de corazón débil y buenas piernas, sí, pero apenas con alma propia, y muy alejado de lo que parecía vislumbrarse en los primeros compases de la temporada.

De todas maneras, como decía al comienzo del texto, en París nunca se pierde del todo y el aficionado del Barça se lleva, para siempre, el recuerdo de un gol de los que emparentan al fútbol con el arte, incluso podría decirse que con el bondage, suponiendo que lo de las cuerdas no sea considerado un arte en si mismo, que debería. Fue en París dónde cierto amigo mío paseaba con su chica, tratando de enamorarse un poco más, el uno del otro, hasta que él reparó en una fea costumbre de ella. A medida que caminaban, la muchacha introducía su mano en el bolsillo trasero del pantalón de él, y con el dedo corazón le hurgaba la nalga, al principio de un modo casi imperceptible, pero bastante molesto y evidente al cabo de un rato paseando. Entonces, cuando él estaba a punto de estallar y revolverse, advirtió la presencia de la famosa torre Eiffel, al fondo, y decidió cambiar el enfoque. “Un poco más abajo, cariño”– dijo con un punto de resignación, y una enorme talla histórica –“A ver si, por lo menos, me conviertes en el primer gilipollas que descubre París con un dedo metido en el culo”. 

Fotografía publicada en playandtour.net

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