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Perdió el Barça porque se fue Jordi, uno de los héroes silenciosos que habitan los sueños y ayudan a sostenerlos sin que nadie repare en ellos, como esos tramoyistas anónimos de los grandes teatros a quién nunca se dirigen los aplausos. Se fue sin retractarse y sin rendirse, baby, como dice la última canción que quiso compartir con su turno de guardia en la trinchera, No Surrender, el clásico de Bruce Springsteen.

Baby es Elena, claro: su esposa después de 6033 días de ser su mujer y tocar en medio campo, con suma paciencia y todo el sentido. Incluso en el amor, cumplieron a rajatabla aquel precepto tan nuestro de que las prisas no son buenas consejeras para llegar a ningún destino, ya sea la línea de gol o un nuevo estado civil. Junto a ella, recordando a su padre en cada gesto, palabra e incluso en el modo de caminar, pues los niños son los imitadores más exquisitos de las peculiaridades paternas, deja Jordi al Joan y al Bernat: futuros soldados de reemplazo para nuestra trinchera de corte holandés y seny català,  sin necesidad alguna de instrucción, siquiera: nacieron descamisados, ambos, por parte de padre y madre… ¡Benditas criaturas!

A mi pesar, no llegue a tiempo de conocer a Jordi. Quiero decir que no llegamos a conocernos en persona, que nunca hemos alternado juntos de noche -lo juro, Elena- ni nos llamábamos los domingos por teléfono, con un vermú en la mano y una aceituna en la boca, masticando en confianza mientras nos preguntábamos qué hay para comer y qué tal está la familia; no. Nos conocíamos de twitter, de toparnos en las refriegas fratricidas del entorno culé y sabernos al mismo lado del río sin necesidad de mostrar credenciales, juramentos ni banderas. Nos reíamos de las desgracias sin remedio, compartimos algunas confidencias y en los últimos tiempos brindamos, figuradamente, por el final de la pesadilla que rondaba el futuro de su familia: una demanda de responsabilidad civil que avergonzará eternamente a este club con más de cien mil socios, todos ellos incapaces de detener la paranoia revanchista de Rosell, Bartomeu, Freixa y compañía contra personas como Elena y sus antiguos compañeros de junta.

No sabría despedirme de Jordi como se merece y mucho menos en su lengua: la que aprendió de boca de sus padres y en la que Elena, Joan y Bernat recordarán su voz cuando lo necesiten cerca, otra vez. Así será pese a los esfuerzos uniformadores, broncos y estériles de los iñorantes, féridos, duros, imbéciles e escuros, como reza el himno de mi tierra, que non nos entenden, non. Ojalá en Galicia se hablara catalán , también, para que Rocío pudiese despedirme como ayer lo hizo Elena, tras su partida: “M’has deixat i m’has donat allò que ni les paraules poden arribar a definir. Sóc tu i tu ets jo. Siguis on siguis“.

No t’oblidarem mai, amic @BruttoCat.

 

 

 

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