Messi, Louzán y la pizarra de Caine.

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Del gol de Messi ya se nos habían mostrado los planos en una película aunque nadie se dio cuenta hasta que vimos la obra rematada, el portero rival abatido y al pequeño artista a la carrera, por la línea de fondo, como si le fuese a cerrar la tienda antes de poder comprar un marco a juego con las cortinas del salón de su casa: el Camp Nou.

El extremo que corra por la banda pero sin entrar en el área, no pretendáis llegar solos ante el portero. Pasad balones al centro, hay que jugar en equipo… Y centráis desde aquí y desde aquí”, dice Michael Caine en ‘Evasión o Victoria’, sobre una pizarra verde llena de flechas y supuestas líneas de pase. Entonces  el cabo Luis Fernández, Pelé,  salta de la litera y pide la tiza y la palabra: “Yo cojo el balón aquí y hago así, y así, y así, y gol; es fácil”.

Viendo a Messi ayer no parecía tan difícil, las cosas como son, a Pelé lo que es de Pelé, sobre todo si tenemos en cuenta que la gente se sigue preguntando de qué puto planeta viniste, joder, Lionel. Dicen que a Maradona lo llevaron un día a ver jugar a Michael Jordan y al terminar el partido, preguntado por la prensa sobre aquel dios que se disfrazaba de jugador de baloncesto cada noche, el Pelusa respondió que no había duda sobre los milagros del 23, “pero los hace con la mano, claro”, acotó como si ya intuyese a su propio sucesor.

Despachado el solomillo a la primera cita, nos quedó una fuente entera de guarnición por delante. Se pitó al himno, se pitó a Iniesta, Velasco Carballo pitó lo que le dio la gana, como siempre, y como broche dorado escuchamos también el pitido de un ascensor que condujo a Xavi e Iniesta hasta el palco de honor, entre bandejas de canapés y azafatas sonrientes, escena que me llevó a pensar que, en esta santa casa- por no decir otra cosa- se le niegan ya a Guardiola hasta escalones que contar camino de la gloria, si algún día se le ocurriese volver aunque fuese como jugador.

Aplaudiendo desde la cuarta fila la entrega del trofeo se pudo ver a Rafael Louzán, todavía Presidente de la Diputación de Pontevedra, y recientemente nombrado Presidente de la Federación Galega de Fútbol, calculando los pasos hasta la silla de Villar como Frank Underwood calculaba los que le separaban de la presidencia de la Casa Blanca, en el primer capítulo de ‘House of Cards’.

En casa de Messi, con Pelé presumiendo a distancia de que ese gol lo inventó él, Rexach haciendo lo propio unas filas más abajo y Luis Enrique alineándose con quiénes se sienten ofendidos por la calidad técnica de Neymar y luego se van a Estados Unidos, a disfrutar de la humilde y señorial NBA, apareció un político gallego para recordarnos aquella campaña publicitaria que ya nos advirtió, en su día, sobre la tiranía que perpetraba imponer Leo con aquella media melena calada: Soy Rafael Louzán, recuerda mi nombre.

Durante el rodaje aprendí que las estrellas nos siempre son democráticas“.

Edson Arantes do Nascimento, Pelé.

 

Fotografía publicada en  explore.bfi.org.uk

Aquel 20 de Mayo de 1992

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Aquel 20 de Mayo de 1992, también miércoles, salí corriendo de pasantía como si acabara de fugarme de alguna penitenciaría de West Virginia y pudiese sentir, ya, el aliento de los perros siguiendo algún rastro y pisándome los talones. Esta sensación, entre la alegría extrema y la preocupación creciente, la reconocerán con facilidad quiénes acumulen un mínimo de sentimiento blaugrana o un cierto prestigio como prófugos de la justicia; es muy característica.

A la altura del lavadero comunal,  a medio camino entre la casa de Rosana, mi antigua profesora, y el bar, alcancé una velocidad que se me desconocía hasta aquel entonces – exagerando un poco podría decir que endiablada- e incluso estuve a punto de frenarme en seco, respirar un segundo y reflexionar sobre lo que me estaba pasando: ¡Pero si yo nunca corrí!, pensé. Llegué tan sofocado al bar que tiré la mochila encima del billar y golpeé el mármol de la barra como lo hacía el Ramallo cuando se despertaba hacia el mediodía, con sed, y bajaba desesperado al bar en pijama y zapatillas de casa, culpando a unos jureles excesivamente salados que había  cenado la noche anterior de la tremenda resaca, nunca al mucho alcohol ingerido para quitarse el sabor de la boca. 

El partido fue todo un sufrimiento, para qué nos vamos a engañar. Años más tarde, cuando por fin conocí los placeres de dormir acompañado y sin felpas de ningún tipo sobre la piel, casi se podría decir que con el culo al aire, algunas noches me despertaba empapado en sudor y zarandeando a una pobre muchacha sin culpa alguna a la que gritaba como un poseso: ¡Lombardo! ¡Hay que parar a Lombardo! Contado aquí puede parecer gracioso pero el trauma que me provocaron las galopadas de aquel pelado italiano, aquel miércoles lluvioso, me costaron no menos de tres o cuatro relaciones prometedoras, ya no diré estables.

El gol de Koeman lo cambió todo. El Otilio saltó por los aires, mesas y sillas incluidas, antes incluso de que el holandés soltase aquel zapatazo milagroso y redentor que Pagliuca no iba a poder más que piropear en la distancia, del todo inalcanzable para él. Lo anunció Javier, el de Fenosa, siempre con su pequeño transistor pegado a la oreja mediante un contenido y escueto “Gol”, sin gritar. Para cuando Cruyff apareció en pantalla casi tropezándose con una valla de publicidad, allí estaba todo el mundo mojado en champán y borracho perdido, ya, también los menores de edad. Lo siguiente que recuerdo es pedir permiso a mi madre a gritos, desde la carretera, para que me consintiera ir a celebrar el deseado título con papá y los amigos. Tras el pertinente tira y afloja entre una madre protectora y un hijo único de catorce años que pretende salir a beber,  la mía dijo aquellas palabras que, no sé por qué, han pasado a formar parte de la historia moderna del club en letras doradas: “Sal y disfruta”.

Prometí no contar nada de lo que viese o escuchase aquella noche y pienso respetar la palabra dada a mis mayores. Sí puedo confirmar que me dejaron en el colegio a tiempo y sin pasar por casa, lo cual nos pareció a todos una buena idea, metidos en faena y agobiados por la hora y el follón que se iba a organizar al regreso. Ya en el aula, y envalentonado por semejante sobredosis de experiencias adultas, lo primero que hice fue dibujar un lustroso escudo del Barça en la pizarra junto al lema “Aquest any sí”, iniciativa muy celebrada por los otros dos culés de la clase y el profesor de inglés, el Emilio, que nos tocaba a primera hora.

Al de ciencias, que llegó silbando y se topó con el mural de frente, no le hizo tanta gracia así que tras pedir la cabeza del culpable y señalarme más de treinta dedos acusadores -Marín no es New Hampshire- me obligó a copiar la biografía de Amancio Amaro Varela cien veces, para el día siguiente, de ahí que no sepa yo el día de mi aniversario de bodas pero sí la fecha de nacimiento, bautizo, primera comunión y debut con el Real Madrid del ilustre coruñés. Con el de literatura se desató la tragedia pues, de repente, se paró en medio del pasillo y empezó a olfatear el ambiente, como si buscase trufas o algo parecido. ¡Aquí huele a tabaco!, dijo todo indignado, y yo me levanté sin mediar más palabra antes de ver a mis compañeros traicionar mi confianza por enésima vez.

A las once ya se había presentado mi madre en la secretaría del colegio, reclamada de urgencia por el claustro de profesores. Salí por una oreja, rumbo al coche, sintiendo las miradas de todo el centro en mi cogote y avergonzado por cada capón que me comía sin decir ni mu, seguro que delante de Ruth y su pandilla de amigas; con lo que a mí me gustaba aquella niña. Mi padre, que se lavó la manos en todo cuanto pudo, como es lógico, me animó a cumplir la condena impuesta por mamá como un hombre y a no dar detalles ni nombres. Al fin y al cabo, éramos campeones de Europa, había probado el alcohol y descubierto que las mujeres podían oler igual de bien que las niñas, solo había que saber dónde buscarlas. Se levantó, encendió un pitillo con una cerilla y me dijo desde la puerta: “¿Qué más quieres que te dé, fillo? ¡Si te lo he dado todo!”.

Boogie Nights

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Sucedió lo mismo con el anterior intento de conquistar la Triple Corona, reto gigante y ostentoso ahora vulgarmente conocido como triplete, que es el tipo de palabra a la que uno augura un próspero futuro normativo al amparo de la deriva comercial emprendida por la RAE, de un tiempo a esta parte. Las celebraciones por los títulos primeros quedan supeditados al éxito total de la campaña, que tiene las orejas grandes e implica abrazar a Platini, y no hay manera de arrancar del corazón de los aficionados culés más alegría que la justa, necesaria y relativa por el logro alcanzado tras meses de duro penar por esos campos de la España mariana. Como si en Enero diese alguien un duro por ella…

Recuerdo que a los Reyes Magos, a día seis, les solicitaba el pueblo unos negros voluminosos de carnes gruesas y labios frondosos, de los que despliegan virtudes físicas y derrochan sudor entre zancadas para luego entregar la pelota al compañero más cercano, cuanto antes, no sea que se les note la falta de oficio al segundo toque. Dudábamos de Iniesta, a quién los más sesudos analistas detectaron más arrugas, canas, una pequeña depresión, vegetaciones en los oídos y algo de artritis en las muñecas, incapacitado definitivamente para la alta competición, decían. Giramos el pescuezo y la vista- por añadidura- hacia un mercado alemán de atacantes rubios y golosos, como Marco Reus; nos dejamos engatusar por las inquietudes transalpinas de Ariedo Braida e, incluso, concedimos razón al directivo que filtró la negativa de Andoni Zubizarreta a la contratación del belga Courtois, lo que terminó con sus huesos vascos en la calle, después de la siesta.

En todo esto pensaba yo, a altas horas de la madrugada, en la terraza de un piso MILF y céntrico de Pontevedra en el que acabamos los cuatro de siempre celebrando una nueva Liga con cierto recogimiento, la mitad de los cuales son madridistas pero se apuntan a las celebraciones ajenas por las razones habituales: la aplastante soledad de la derrota, algo de sed, “la propia mujer de uno”… No sé cómo aparecimos allí pero sí que la cosa se puso peligrosa cuando uno de ellos se quitó los pantalones y comenzó a tirar petardos por el pasillo mientras sonaban grandes éxitos de Queen, lo que me recordó por lo patético a la escena de ‘Boogie Nigths donde Dirk Deagler y su colega, Ree Rothchild, se ven envueltos en un tiroteo con un traficante pederasta sobrealimentado con cristal. Solo puedo decir que las señoras eran tan culés como el que más, no admitiré una sola broma al respecto, y la más mayor se empeñó en enseñarnos una foto suya con Guillermo Amor, ni más ni menos, robada a la salida de una discoteca en Barcelona, en sus años de fin de carrera, cuando había gente que salía de casa con una cámara de fotos en el bolso, por si acaso. “En mi piso siempre hay cava catalán”, creo que fue el cebo que nos condujo hasta aquel lugar desenfadado, naturista y con demasiado color rosa en la decoración para mi gusto, ahora que lo recuerdo.

A lo largo de la noche tuve que rendir cuentas a una tal Charito por mi poco afecto y tantas críticas abusivas hacia el entrenador, asturiano de traje y zapatillas, él, casi un Emilio Aragón con mono de Desert Classic. Desde ayer mismo, forma parte Luis Enrique de ese pabellón de ilustres intocables que acumulan más títulos como entrenador al frente del Barça que yo mismo: ahí pongo el listón del respeto absoluto. Yo no sabría señalar aquí qué ha hecho bien este hombre pero es de suponer que sí, que algo habrá hecho aunque no se note demasiado. Hay quién le otorga méritos por el buen tono físico del plantel, por saber jugar mal además de hacerlo bien, e incluso por recuperar para la causa al mejor Leo Messi pues, con los casi cincuenta goles que marcaba el peor Lío, en tiempos del pizzagate, se ve que no bastaban ni para jugar la UEFA.

Emociones contenidas, decía, pues el objetivo blaugrana es triple y la ascensión no ha hecho más que comenzar, apenas alcanzado el primer campo base. Nos quedan otros dos para tocar el cielo y, por el camino, resuenan ya los ecos de algunas voces blancas y palidecidas, quebradas por el desencanto y que nos recuerdan nuestra incapacidad innata para disfrutar del  momento, aún desde la más alta y privilegiada posición. Lo dijo el otro día Gemma Herrero, en la radio, con mejores palabras y esa voz suya tan de película en blanco y negro que yo siempre me la imagino vestida como Katherine Hepburn en ‘Historias de Filadelfia’, no sé por qué. “El aficionado culé sufre. Sufre mucho. Para entenderlo hay que tener ADN azulgrana o haber convivido entre ellos el tiempo suficiente para comprender que no están fingiendo“, declaró. Y sin faltar un ápice a la verdad, en mi opinión, se le olvidó a Gemma un pequeño e importante detalle para el análisis: nadie ha volado tan alto en este país y, el vértigo, como el miedo, es libre, barato y rosa, idéntico al edredón floreado y áspero de la buena de Charito.

“Sé a dónde voy”.

Boogie Nights