wembley92

Aquel 20 de Mayo de 1992, también miércoles, salí corriendo de pasantía como si acabara de fugarme de alguna penitenciaría de West Virginia y pudiese sentir, ya, el aliento de los perros siguiendo algún rastro y pisándome los talones. Esta sensación, entre la alegría extrema y la preocupación creciente, la reconocerán con facilidad quiénes acumulen un mínimo de sentimiento blaugrana o un cierto prestigio como prófugos de la justicia; es muy característica.

A la altura del lavadero comunal,  a medio camino entre la casa de Rosana, mi antigua profesora, y el bar, alcancé una velocidad que se me desconocía hasta aquel entonces – exagerando un poco podría decir que endiablada- e incluso estuve a punto de frenarme en seco, respirar un segundo y reflexionar sobre lo que me estaba pasando: ¡Pero si yo nunca corrí!, pensé. Llegué tan sofocado al bar que tiré la mochila encima del billar y golpeé el mármol de la barra como lo hacía el Ramallo cuando se despertaba hacia el mediodía, con sed, y bajaba desesperado al bar en pijama y zapatillas de casa, culpando a unos jureles excesivamente salados que había  cenado la noche anterior de la tremenda resaca, nunca al mucho alcohol ingerido para quitarse el sabor de la boca. 

El partido fue todo un sufrimiento, para qué nos vamos a engañar. Años más tarde, cuando por fin conocí los placeres de dormir acompañado y sin felpas de ningún tipo sobre la piel, casi se podría decir que con el culo al aire, algunas noches me despertaba empapado en sudor y zarandeando a una pobre muchacha sin culpa alguna a la que gritaba como un poseso: ¡Lombardo! ¡Hay que parar a Lombardo! Contado aquí puede parecer gracioso pero el trauma que me provocaron las galopadas de aquel pelado italiano, aquel miércoles lluvioso, me costaron no menos de tres o cuatro relaciones prometedoras, ya no diré estables.

El gol de Koeman lo cambió todo. El Otilio saltó por los aires, mesas y sillas incluidas, antes incluso de que el holandés soltase aquel zapatazo milagroso y redentor que Pagliuca no iba a poder más que piropear en la distancia, del todo inalcanzable para él. Lo anunció Javier, el de Fenosa, siempre con su pequeño transistor pegado a la oreja mediante un contenido y escueto “Gol”, sin gritar. Para cuando Cruyff apareció en pantalla casi tropezándose con una valla de publicidad, allí estaba todo el mundo mojado en champán y borracho perdido, ya, también los menores de edad. Lo siguiente que recuerdo es pedir permiso a mi madre a gritos, desde la carretera, para que me consintiera ir a celebrar el deseado título con papá y los amigos. Tras el pertinente tira y afloja entre una madre protectora y un hijo único de catorce años que pretende salir a beber,  la mía dijo aquellas palabras que, no sé por qué, han pasado a formar parte de la historia moderna del club en letras doradas: “Sal y disfruta”.

Prometí no contar nada de lo que viese o escuchase aquella noche y pienso respetar la palabra dada a mis mayores. Sí puedo confirmar que me dejaron en el colegio a tiempo y sin pasar por casa, lo cual nos pareció a todos una buena idea, metidos en faena y agobiados por la hora y el follón que se iba a organizar al regreso. Ya en el aula, y envalentonado por semejante sobredosis de experiencias adultas, lo primero que hice fue dibujar un lustroso escudo del Barça en la pizarra junto al lema “Aquest any sí”, iniciativa muy celebrada por los otros dos culés de la clase y el profesor de inglés, el Emilio, que nos tocaba a primera hora.

Al de ciencias, que llegó silbando y se topó con el mural de frente, no le hizo tanta gracia así que tras pedir la cabeza del culpable y señalarme más de treinta dedos acusadores -Marín no es New Hampshire- me obligó a copiar la biografía de Amancio Amaro Varela cien veces, para el día siguiente, de ahí que no sepa yo el día de mi aniversario de bodas pero sí la fecha de nacimiento, bautizo, primera comunión y debut con el Real Madrid del ilustre coruñés. Con el de literatura se desató la tragedia pues, de repente, se paró en medio del pasillo y empezó a olfatear el ambiente, como si buscase trufas o algo parecido. ¡Aquí huele a tabaco!, dijo todo indignado, y yo me levanté sin mediar más palabra antes de ver a mis compañeros traicionar mi confianza por enésima vez.

A las once ya se había presentado mi madre en la secretaría del colegio, reclamada de urgencia por el claustro de profesores. Salí por una oreja, rumbo al coche, sintiendo las miradas de todo el centro en mi cogote y avergonzado por cada capón que me comía sin decir ni mu, seguro que delante de Ruth y su pandilla de amigas; con lo que a mí me gustaba aquella niña. Mi padre, que se lavó la manos en todo cuanto pudo, como es lógico, me animó a cumplir la condena impuesta por mamá como un hombre y a no dar detalles ni nombres. Al fin y al cabo, éramos campeones de Europa, había probado el alcohol y descubierto que las mujeres podían oler igual de bien que las niñas, solo había que saber dónde buscarlas. Se levantó, encendió un pitillo con una cerilla y me dijo desde la puerta: “¿Qué más quieres que te dé, fillo? ¡Si te lo he dado todo!”.

2 comentarios en “Aquel 20 de Mayo de 1992

  1. Me parece magnífico:

    “Al fin y al cabo, éramos campeones de Europa, había probado el alcohol y descubierto que las mujeres podían oler igual de bien que las niñas, solo había que saber dónde buscarlas.”

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