Joder, qué tropa.

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Resulta tan dantesco el panorama que se nos presenta ante el nuevo proceso electoral en Can Barça que, un servidor, asustado y un poco avergonzado, para qué negarlo, está a punto de abandonarse definitivamente a la canción ligera, la novela rosa, el cine de barrio y también, por qué no, a las nuevas drogas de diseño y punta en blanco que inundan los mercados, plazas, esquinas y algunos despachos de los principales medios de comunicación encargados de cubrir el desconcertante evento.

De la indigencia intelectual de unos cuantos periodistas ‘estrella’, de esos que presumen de títulos universitarios expedidos por facultades de enorme prestigio y algún que otro máster,  me percaté hace pocos días, (nunca he sido muy espabilado), apenas cuando uno de ellos tachó de “hijo de puta interesado” a un socio y abonado del club que acostumbra a publicar sus opiniones en una conocida red social. El ilustre periodista, de quién evitaré dar el nombre por compartir apellido con un padre honrado que, sospecho, no tiene culpa en la demencia trepadora de su hijo, también es aficionado a compartir los insultos de otros usuarios de la red hacia el soci en cuestión, como si necesitase de un coro de ecos anónimos para reafirmar un papel de observador neutral que, desde la distancia, apesta a pura inmundicia y se parece mucho al hambre, o a las ganas de comer.

Más allá de insultos y descalificaciones de profesionales de la información a ciertos socios, el otro foco infeccioso de peste  y enfermedades varias se sitúa en las propias declaraciones de los candidatos inmersos en campaña, a los que cuesta creer una sola palabra de lo que nos cuentan si uno no ha vivido recluido en un iglú durante los últimos veinte años, mucho más allá de cualquier polo conocido. Tenemos amantes de la cantera que suspiran por fichar a Pogba, un central de talla mundial y algún que otro cromo caro y pintón; tenemos candidatos imputados por graves delitos aludiendo a su buena gestión como garante de futuro, entre aplausos de grandes hombres de negocios y ancianos con gafas de sol; e incluso tenemos, también, a candidatos asegurando que la paz social no se logrará si ellos no resultan elegidos, alabados sean, como si la dichosa pax marcase goles o fuese más importante que la exigencia y vigilancia permanente del socio contratante sobre sus designios directivos.

Para rematar el cuadro, impagable a todas luces, y que deja a El Bosco como un verdadero mindundi sin mucho tiempo para el detalle y cierta inocencia estructural de base, a la caravana electoral de los horrores se ha sumado el otra vez Presidente de Extremadura, el señor Guillermo Fernández Vara, quién sentado en su despacho oficial de maderas nobles y con la bufanda blaugrana al cuello, se quejaba amargamente en un diario nacional de lo duro y tortuoso que resulta amar al Barça fuera de Catalunya. Amar, amar, lo que se dice amar,  siempre ha sido complicado cuando uno ostenta el cargo de presidente en esa bendita comunidad, eso bien lo sabe su antecesor, el Señor Monago. Por eso recomiendo yo dos cosas a Don Guillermo, si es que tiene a bien atenderme un momento: Puede hacerse simpatizante del Real Madrid y llenar su tierra de autopistas y carteles de ACS, o bien puede cantar conmigo aquello de “todo el campo es un clamor. Somos la gente azul y grana, estupefacta, que no sabe a dónde ha ido a parar el dinero de los cursos de formación”… o algo por estilo. Como diría el famoso poeta gallego: “¡Joder, qué tropa!”.

El Jabalí y la cuestión

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Como esperaban unos cuantos y temían otros tantos, Joan Laporta irrumpió esta semana en la parrilla de salida de una nueva carrera electoral en pos de la silla central de la Llotja del Camp Nou: el asiento reservado al presidente electo de la entidad salvo defecto, fuga u omisión del titular de la plaza. Se presentó Laporta ante los socios con un vídeo de poco más de un minuto de duración en el que, más que dibujar un proyecto definido, descargó cuatro o cinco pinceladas nostálgicas que a buen seguro sirvieron para renovar las esperanzas de sus leales y despertar la inquietud entre rivales y algún que otro enemigo; a fin de cuentas, nunca fue gratuito aquel apodo suyo que popularizó Santi Giménez hace ya unos cuantos años: El Jabalí.

Laporta asusta, sí. Asusta a quienes han dispuesto del club a su antojo durante décadas. Asusta a los que se dedicaron toda su vida a ejercer de contrapeso violento con la crítica y, asusta, ya de paso, a cualquiera de los incontables socios de la entidad que todavía se persignan cuando van a la playa con su señora y se topan de frente con alguna muchacha de senos hermosos y desnudos, leyendo a Martí i Pol o a Quim Monzó. Laporta, asusta, digo, y por eso a las veinticuatro horas de anunciar su intención de presentarse a las elecciones, las redes y los principales medios de comunicación deportiva ya hervían en columnas de opinión, disertaciones vagas y comentarios de todo tipo acerca de lo peligroso e inadecuado que resultaría su regreso al castillo de popa de la nave azulgrana.

No es un santo Joan Laporta, tampoco nos vamos a engañar. Todavía somos unos cuantos los que nos quedamos con la cara colorada cuando lo escuchamos reconocer ante un juez el haber cobrado un buen dinero por asesorar al gobierno uzbeko a través de su despacho de abogados, aunque tampoco perdemos de vista que a nadie escandalizó el pecunio recibido por Messi, Cristiano Ronaldo, Iniesta o el propio club en medio de tanto trato, brindis e hijas del dictador, lo que me lleva pensar que más que el pecado se juzgaba al pecador: nada nuevo bajo el sol.  Tampoco su asesoramiento en la compra-venta del Real Mallorca dejó buen sabor de boca entre algunos de sus fieles pero estarán conmigo en que cualquiera de sus máculas están lejos de lo que tantas veces se nos advirtió en mil portadas y programas de radio y televisión: Joan Laporta era, nos aseguraron prestigiosos comunicadores, un verdadero y peligroso delincuente.

Ni una sola sentencia condenatoria ha venido a dar la razón a los alarmistas -por no llamarlos mentirosos, directamente- e incluso durante la acción de responsabilidad civil que los nuevos dirigentes interpusieron contra él y su junta, con la colaboración inestimable y barata (bocadillo y refresco a elegir) de un puñado de socios compromisarios, nos enteramos por boca del juez de que su gestión económica arrojaba un saldo positivo de 11 millones de euros pese a cargar con la mochila de Gaspart, la depreciación de una plantilla que no valía nada, en realidad, y alguna que otra multa millonaria heredada del siglo pasado como aquella de los derechos de imagen que rondaba los 50 millones de euros, si no estoy muy borracho o igual de equivocado.

Ser o parecer, gustar o no gustar… Es el debate y no es el debate. A uno puede gustarle o no Laporta, Bartoméu o incluso el hijo de Núñez Clemente, si lo prefiere: resulta indiferente para el caso. La cuestión, el quid de la cuestión, está en ser conscientes de que la colonia, el calzado, el peinado o el color de la señora que acompañe habitualmente al candidato no tiene porqué gustarnos: las exigencias hay que centrarlas en la gestión y si acaso en uno mismo pues, a veces, escama el mal olor y resulta que procede del propio sobaco.

Con el club imputado en varios delitos fiscales por la gestión caótica de la junta actual y de un presidente electo a la fuga; con las gradas del Estadi y los viajes del equipo plagados de hinchas violentos y bien reconocibles, pese a las advertencias constantes de los cuerpos policiales; y con una Masía arrasada desde la base en la que famosos de la tele son los nuevos ejemplos a seguir para los chavales que sueñan ser Messi, Busquets o Risto Mejide, me parece a mí que atenerse a los gustos y preferencias estéticas de cada cual tiene muy poco de responsable y bastante de cinismo, postureo vecinal o interés personal mal o bien entendido; habría que revisar caso por caso para encontrar las verdaderas motivaciones.

Dice Lluís Bassat, antiguo aspirante a la poltrona, que bien harían los candidatos en abandonar la carrera por la presidencia y propiciar la continuidad del presidente no electo, Josep María Bartoméu, a quién el ajado publicista responsabiliza directamente de los éxitos deportivos de la entidad en el último año. Para su desgracia, por lo que tiene de retrato y bofetón, en entrevista casi proscrita quiso aclarar Xavi Hernández que los méritos de los presidentes son otros bien distintos, y en el caso de la junta actual no le parecen a él achacables ni siquiera los supuestos logros sociales, donde el eterno seis ha puesto el acento para todos aquellos que quieran echar un pequeño vistazo. Claro que, como dice un buen amigo mío, muy a menudo, “¿Xavi Hernández quién es?”. Ese es el auténtico drama y la verdadera cuestión, no la corbata del Jabalí.

 

 

 

 

El run run

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Desde la distancia, y sin mayor interés que el de un caminante curioso que ve el humo y corre a admirar el fuego, la salida de Casillas se parece mucho al típico caso de chico conoce chica, madre de chica pone grito en el cielo por rumor de portal, y chico cae en desgracia definitiva y se va de copas con los amigotes o, en su defecto, para casa de sus padres; lo hemos visto miles de veces. Aseguran quienes afirman conocer muy bien a la pareja y su caso, que el romance de Iker con la grada se enfrió el día que Mourinho le puso la cruz- quiero suponer que sobre el pecho, en la frente no se aprecia nada, al menos- y Florentino Pérez consintió como un emperador romano desganado pero incapaz de negar un solo capricho a su poeta favorito, el luso de las cantigas de amor, amigo, escarnio y maldecir. Esto es lo que se cuenta, al menos, en los más populares mentideros de la capital y provincias convergentes, aquellos donde uno llama a sagrado y evita que se le imparta disciplina desde cualquier instancia superior, para disgusto de Emilio Butragueño.

Personalmente, yo soy de los que opinan que no es buen negocio meterse en las cosas de pareja, mucho menos en casa ajena y donde uno se sabe extranjero desde el momento en que descubre que, a Francu, lo llaman Franco y al que nosotros creíamos el Santo, funcionario. Es su club, es su idiosincrasia y son sus razones, no las nuestras, las que deberían centrar el debate sobre la marcha o no del mito que, esto sí lo voy a afirmar, a mí me ha parecido siempre y desde la distancia, insisto, un señor con incontables dobleces y aristas de aspecto dañino bajo su apariencia de chico guapo, católico y campechano. Hoy clama el barcelonismo, por ejemplo, contra el maltrato al que se está sometiendo a Casillas pero no hace tanto que se echaba las manos a la cabeza- el cuello del portero nunca estuvo a mano cuando se lo necesitó- cada vez que Iker menospreciaba los triunfos del Barça, se quejaba de los favores arbitrales al eterno rival o callaba frente a las acusaciones veladas de dopaje hacia sus compañeros de Selección, entre ellos su amigo Xavi Hernández a quién, algún día, alguien debería preguntar por aquel silencio que asemejó tan cómplice como la actitud del periodista que dio vuelo al rumor de mantel y Larios-cola en las ondas.

La imagen pública de Casillas siempre ha superado con creces sus verdaderas cualidades, al menos eso creo yo. En este país dónde la información rebota en las altas cimas pirenaicas y además no sabe nadar, ni tiene dinero para cruzar el Estrecho en barco, se nos decía que Casillas era el mejor portero del mundo ya cuando el resto del planeta dudaba todavía de si era un chico nuevo del filial o Bodo Illgner rejuvenecido, ungido en bótox, lanolina y aceites perfumados. A mí, por ejemplo, me gusta todavía imaginar a Víctor Valdés cada vez que sonaba aquella catequesis infame y repetitiva, persignándose sin fe y entrenando cada día más fuerte, si cabe, para limar cualquier posible defecto y demostrar a los aficionados cuán injustas eran tantas loas al vecino mientras a él lo calaba, cada tarde, el run run de una grada que terminaría por aupar al poder municipal de la ciudad a Ada Colau, con el paso de los años; ahora ya se sabe.

Se irá Casillas del Madrid o no se irá, la verdad es que ni lo sé ni me importa en exceso, no les voy a mentir; hoy no. Lo que no me parece bien ni lógico es que el barcelonismo aproveche la circunstancia para pintar el caso como una nueva demostración de que el Madrid es la ETA, Al Qaeda, el Estado Islámico, J.R en Dallas y los peces gordos de la Púnica todo en uno, a veces grande y libre, incluso, según afirman los más atrevidos. Sin darse cuenta, el aficionado culé sigue con su deriva imparable hacia el madridismo antiguo, aquel entre el cual me crié yo y que obligaba a preguntarse qué tendría aquel pequeño Fútbol Club Barcelona que tanto atraía la atención de los aficionados blancos, por encima incluso de todos los triunfos cosechados por su club, las seis copas de Europa y las piernas hermosas de la Saeta anunciando medias de señora. Recuerdo una frase que todos ustedes habrán escuchado mil veces: Qué vergüenza ver cómo se os marchan las figuras. ¡Siempre por la puerta de atrás! Si es usted un culé de los muchos que estos días se están recreando en ella, no se olvide de dejar la dichosa puerta entreabierta, por si acaso: el run run, como las modas, siempre vuelve.

¡Siempre a mí! ¡Siempre a mí!

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A todos los que de alguna manera compartimos que el pueblo catalán pueda decidir su futuro en libertad y nos enzarzamos, a menudo, en discusiones sin gran trascendencia ni calado con los más agresivos opositores al proceso, de esas que a uno lo hacen sentirse útil y necesario aunque sea una ilusión, nos entristece de manera profunda descubrir que, en algunas cuestiones, no queda otra que dar la razón a quienes acusan a una parte pueblo catalán  de vivir inmersos en un cierto halo de paranoia e histeria colectiva: “Siempre a mí, siempre a mí” que diría Jordi Alba, por poner un ejemplo sencillo y que todo el mundo entienda.

Empató el Lugo en Girona y se desató la barbarie en las redes, esta vez no solo entre aficionados más o menos radicales de esos que avergüenzan a sus propios clubes, dicen,  al menos sobre el papel: Políticos, autoridades públicas varias, pesos pesados del periodismo catalán, varias monjas- siempre hay una monja en medio ahora, no me pregunten por qué- y tuiteros de cierta relevancia mostraron su malestar, e indignación, por el pucherazo perpetrado por el club gallego que de manera incomprensible, argumentan, no se dejó perder el partido.

A un servidor, que pertenece al Ejército Desarmado de Catalunya desde pequeño y se ha criado entre hordas de madridismo radical y alientos de muy alta graduación en la cara, le sorprende que incluso aficionados del Barça se sumasen al grito de “tongo, tongo”, cuando nuestra historia está plagada de situaciones similares desde Tenerife a Coruña pasando por el, siempre amable, Estadio Vicente Calderón. O sufrimos un grave déficit de memoria o queda muy poco decoro y vergüenza, ya, entre el culé. Por resumir lo leído y escuchado, el asunto quedó zanjado en que lo sucedido en Girona es una muestra más del odio generalizado al pueblo catalán y constata que hay que salir de España, cuanto antes, para frenar de una vez tamaña persecución a todos los niveles. Volviendo al principio, les decía que no puedo estar más de acuerdo con la mayoría de reivindicaciones del pueblo catalán,  por no decir todas, hasta el mismísimo punto y final de la declaración unilateral de independencia. Por eso me entristece ver a tantos y tantas refugiados, una vez más, bajo ese manto espeluznante de nombre victimismo que no les deja ver el sol, tan a menudo, y que solo alberga calamidades y negro futuro bajo su escaso abrigo.

“Que nos dejen ser lo que sentimos que somos”, me dijo un catalán bien ilustre y admirado en todo el mundo, hace pocos meses. A su lado, otro catalán pero de corazón más español que el león del escudo de la nación, de esos que han entregado más gloria a España  de la que puedan soñar todos estos mamarrachos que dicen protegerla del nazionalismo– así lo llaman los más paveros mientras sus mujeres les bordan sus camisas nuevas, en rojo- asentía con los brazos cruzados y el gesto serio. Ojalá llegue pronto ese día y quizás, ¿quién sabe?, en ese mismo momento se den cuenta una mayoría de estos paranoicos patológicos cuán injustos han sido con esa parte de España que sí los comprende, los anima y los apoya en sus reivindicaciones como pueblo. Incluir al pobre Lugo en la conspiración centralista por cumplir con su obligación deportiva, que es competir más allá de supuestas motivaciones ilegales- los juzgados abren sus puertas todos los días de lunes a viernes, por cierto-, es un desatino que  solo arma de munición reglamentaria a quiénes no quieren entenderlos y que, según canta el himno de mi tierra, son los ignorantes, los duros, los imbéciles y los oscuros. No nos obliguen a dudar a quiénes siempre estuvimos de su lado, si us plau; no nos lo merecemos.