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Desde la distancia, y sin mayor interés que el de un caminante curioso que ve el humo y corre a admirar el fuego, la salida de Casillas se parece mucho al típico caso de chico conoce chica, madre de chica pone grito en el cielo por rumor de portal, y chico cae en desgracia definitiva y se va de copas con los amigotes o, en su defecto, para casa de sus padres; lo hemos visto miles de veces. Aseguran quienes afirman conocer muy bien a la pareja y su caso, que el romance de Iker con la grada se enfrió el día que Mourinho le puso la cruz- quiero suponer que sobre el pecho, en la frente no se aprecia nada, al menos- y Florentino Pérez consintió como un emperador romano desganado pero incapaz de negar un solo capricho a su poeta favorito, el luso de las cantigas de amor, amigo, escarnio y maldecir. Esto es lo que se cuenta, al menos, en los más populares mentideros de la capital y provincias convergentes, aquellos donde uno llama a sagrado y evita que se le imparta disciplina desde cualquier instancia superior, para disgusto de Emilio Butragueño.

Personalmente, yo soy de los que opinan que no es buen negocio meterse en las cosas de pareja, mucho menos en casa ajena y donde uno se sabe extranjero desde el momento en que descubre que, a Francu, lo llaman Franco y al que nosotros creíamos el Santo, funcionario. Es su club, es su idiosincrasia y son sus razones, no las nuestras, las que deberían centrar el debate sobre la marcha o no del mito que, esto sí lo voy a afirmar, a mí me ha parecido siempre y desde la distancia, insisto, un señor con incontables dobleces y aristas de aspecto dañino bajo su apariencia de chico guapo, católico y campechano. Hoy clama el barcelonismo, por ejemplo, contra el maltrato al que se está sometiendo a Casillas pero no hace tanto que se echaba las manos a la cabeza- el cuello del portero nunca estuvo a mano cuando se lo necesitó- cada vez que Iker menospreciaba los triunfos del Barça, se quejaba de los favores arbitrales al eterno rival o callaba frente a las acusaciones veladas de dopaje hacia sus compañeros de Selección, entre ellos su amigo Xavi Hernández a quién, algún día, alguien debería preguntar por aquel silencio que asemejó tan cómplice como la actitud del periodista que dio vuelo al rumor de mantel y Larios-cola en las ondas.

La imagen pública de Casillas siempre ha superado con creces sus verdaderas cualidades, al menos eso creo yo. En este país dónde la información rebota en las altas cimas pirenaicas y además no sabe nadar, ni tiene dinero para cruzar el Estrecho en barco, se nos decía que Casillas era el mejor portero del mundo ya cuando el resto del planeta dudaba todavía de si era un chico nuevo del filial o Bodo Illgner rejuvenecido, ungido en bótox, lanolina y aceites perfumados. A mí, por ejemplo, me gusta todavía imaginar a Víctor Valdés cada vez que sonaba aquella catequesis infame y repetitiva, persignándose sin fe y entrenando cada día más fuerte, si cabe, para limar cualquier posible defecto y demostrar a los aficionados cuán injustas eran tantas loas al vecino mientras a él lo calaba, cada tarde, el run run de una grada que terminaría por aupar al poder municipal de la ciudad a Ada Colau, con el paso de los años; ahora ya se sabe.

Se irá Casillas del Madrid o no se irá, la verdad es que ni lo sé ni me importa en exceso, no les voy a mentir; hoy no. Lo que no me parece bien ni lógico es que el barcelonismo aproveche la circunstancia para pintar el caso como una nueva demostración de que el Madrid es la ETA, Al Qaeda, el Estado Islámico, J.R en Dallas y los peces gordos de la Púnica todo en uno, a veces grande y libre, incluso, según afirman los más atrevidos. Sin darse cuenta, el aficionado culé sigue con su deriva imparable hacia el madridismo antiguo, aquel entre el cual me crié yo y que obligaba a preguntarse qué tendría aquel pequeño Fútbol Club Barcelona que tanto atraía la atención de los aficionados blancos, por encima incluso de todos los triunfos cosechados por su club, las seis copas de Europa y las piernas hermosas de la Saeta anunciando medias de señora. Recuerdo una frase que todos ustedes habrán escuchado mil veces: Qué vergüenza ver cómo se os marchan las figuras. ¡Siempre por la puerta de atrás! Si es usted un culé de los muchos que estos días se están recreando en ella, no se olvide de dejar la dichosa puerta entreabierta, por si acaso: el run run, como las modas, siempre vuelve.

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