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Como esperaban unos cuantos y temían otros tantos, Joan Laporta irrumpió esta semana en la parrilla de salida de una nueva carrera electoral en pos de la silla central de la Llotja del Camp Nou: el asiento reservado al presidente electo de la entidad salvo defecto, fuga u omisión del titular de la plaza. Se presentó Laporta ante los socios con un vídeo de poco más de un minuto de duración en el que, más que dibujar un proyecto definido, descargó cuatro o cinco pinceladas nostálgicas que a buen seguro sirvieron para renovar las esperanzas de sus leales y despertar la inquietud entre rivales y algún que otro enemigo; a fin de cuentas, nunca fue gratuito aquel apodo suyo que popularizó Santi Giménez hace ya unos cuantos años: El Jabalí.

Laporta asusta, sí. Asusta a quienes han dispuesto del club a su antojo durante décadas. Asusta a los que se dedicaron toda su vida a ejercer de contrapeso violento con la crítica y, asusta, ya de paso, a cualquiera de los incontables socios de la entidad que todavía se persignan cuando van a la playa con su señora y se topan de frente con alguna muchacha de senos hermosos y desnudos, leyendo a Martí i Pol o a Quim Monzó. Laporta, asusta, digo, y por eso a las veinticuatro horas de anunciar su intención de presentarse a las elecciones, las redes y los principales medios de comunicación deportiva ya hervían en columnas de opinión, disertaciones vagas y comentarios de todo tipo acerca de lo peligroso e inadecuado que resultaría su regreso al castillo de popa de la nave azulgrana.

No es un santo Joan Laporta, tampoco nos vamos a engañar. Todavía somos unos cuantos los que nos quedamos con la cara colorada cuando lo escuchamos reconocer ante un juez el haber cobrado un buen dinero por asesorar al gobierno uzbeko a través de su despacho de abogados, aunque tampoco perdemos de vista que a nadie escandalizó el pecunio recibido por Messi, Cristiano Ronaldo, Iniesta o el propio club en medio de tanto trato, brindis e hijas del dictador, lo que me lleva pensar que más que el pecado se juzgaba al pecador: nada nuevo bajo el sol.  Tampoco su asesoramiento en la compra-venta del Real Mallorca dejó buen sabor de boca entre algunos de sus fieles pero estarán conmigo en que cualquiera de sus máculas están lejos de lo que tantas veces se nos advirtió en mil portadas y programas de radio y televisión: Joan Laporta era, nos aseguraron prestigiosos comunicadores, un verdadero y peligroso delincuente.

Ni una sola sentencia condenatoria ha venido a dar la razón a los alarmistas -por no llamarlos mentirosos, directamente- e incluso durante la acción de responsabilidad civil que los nuevos dirigentes interpusieron contra él y su junta, con la colaboración inestimable y barata (bocadillo y refresco a elegir) de un puñado de socios compromisarios, nos enteramos por boca del juez de que su gestión económica arrojaba un saldo positivo de 11 millones de euros pese a cargar con la mochila de Gaspart, la depreciación de una plantilla que no valía nada, en realidad, y alguna que otra multa millonaria heredada del siglo pasado como aquella de los derechos de imagen que rondaba los 50 millones de euros, si no estoy muy borracho o igual de equivocado.

Ser o parecer, gustar o no gustar… Es el debate y no es el debate. A uno puede gustarle o no Laporta, Bartoméu o incluso el hijo de Núñez Clemente, si lo prefiere: resulta indiferente para el caso. La cuestión, el quid de la cuestión, está en ser conscientes de que la colonia, el calzado, el peinado o el color de la señora que acompañe habitualmente al candidato no tiene porqué gustarnos: las exigencias hay que centrarlas en la gestión y si acaso en uno mismo pues, a veces, escama el mal olor y resulta que procede del propio sobaco.

Con el club imputado en varios delitos fiscales por la gestión caótica de la junta actual y de un presidente electo a la fuga; con las gradas del Estadi y los viajes del equipo plagados de hinchas violentos y bien reconocibles, pese a las advertencias constantes de los cuerpos policiales; y con una Masía arrasada desde la base en la que famosos de la tele son los nuevos ejemplos a seguir para los chavales que sueñan ser Messi, Busquets o Risto Mejide, me parece a mí que atenerse a los gustos y preferencias estéticas de cada cual tiene muy poco de responsable y bastante de cinismo, postureo vecinal o interés personal mal o bien entendido; habría que revisar caso por caso para encontrar las verdaderas motivaciones.

Dice Lluís Bassat, antiguo aspirante a la poltrona, que bien harían los candidatos en abandonar la carrera por la presidencia y propiciar la continuidad del presidente no electo, Josep María Bartoméu, a quién el ajado publicista responsabiliza directamente de los éxitos deportivos de la entidad en el último año. Para su desgracia, por lo que tiene de retrato y bofetón, en entrevista casi proscrita quiso aclarar Xavi Hernández que los méritos de los presidentes son otros bien distintos, y en el caso de la junta actual no le parecen a él achacables ni siquiera los supuestos logros sociales, donde el eterno seis ha puesto el acento para todos aquellos que quieran echar un pequeño vistazo. Claro que, como dice un buen amigo mío, muy a menudo, “¿Xavi Hernández quién es?”. Ese es el auténtico drama y la verdadera cuestión, no la corbata del Jabalí.

 

 

 

 

3 comentarios en “El Jabalí y la cuestión

  1. O sea, Suarez, Neymar, Rakitic, Lucho, etc… estan alla de casualidad? o los ha traido la junta? le echas la culpa a la junta de los males del club pero los méritos son casuales, no? Quizás te olvides de algo, con Laporta, se vivía mejor a costa del club, y con Bartomeu no se chupa del bote porque gestiona el dinero como si fuera suyo… memoria selectiva..

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