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No hay un solo defecto o tara que Leo Messi no sea capaz de desenmascarar en dos brochazos de ingenio, también fuera de los terrenos de juego. Lo hemos visto una y mil veces tronzar cinturas que se anunciaban inquebrantables, atornillar defensas al césped sin aparente esfuerzo, lo mismo sobre hierba natural que sobre césped artificial; sembrar el caos entre las más disciplinadas retaguardias, inocular el pánico en las cabezas mejor amuebladas del planeta Fútbol e incluso derrumbar montañas de piedra caliza y manoplas prodigiosas a los ojos de los vivos, que al paso tranco de su estela malvada nos parecieron pequeños castillos de arena y arquitectura infantil, rendidos a sus pies sin necesidad de fuerte oleaje ni de grandes vientos.

Otras mil veces, quizás algunas más, nos enseñó el rosarino a desnudar opiniones sin mayor fundamento que la inquina personal y el mal gusto, el retro-madridismo más exacerbado de un buen puñado de analistas, supuestamente objetivos y neutrales, o el patriotismo de tatuaje, bandera y grandes voces por las calles, sin duda el más cínico y aparente de todos, también el menos creíble. Tantas veces ha dejado al descubierto Lionel los finos hilos de verdad que sostenían los argumentos de sus críticos que ya no resulta extraño toparse con estos viejos dinosaurios de la opinión encaramados a sus columnas de papel y tomándose cumplida revancha ante cualquier tropezón del pequeño gran genio de nuestros tiempos.

Messi y Guardiola, por poner dos únicos ejemplos, representan como nadie la esencia del fútbol moderno y evolucionado, el fútbol del siglo XXI, organizado en torno al cuero y capaz de desordenar al rival a base de mover el esférico con precisión y velocidad endiablada, apoyos en corto, múltiples líneas de pase abiertas en cada envite y el asedio constante e innegociable de los dominios rivales, como pequeñas olas que van golpeando la costa una tras otra hasta cubrirla de sal, espuma y sangre ajena. Es el mismo fútbol que parecen incapaces de comprender aquellos que han anclado sus exitosas carreras a tres principios fundamentales de la literatura deportiva y que cualquiera puede intentar en su casa, ni siquiera lo llamaré análisis: la suerte, el físico y los santos cojones.

Messi cagón, se podía leer en una prestigiosa cabecera de la prensa nacional al día siguiente de la derrota de Argentina en la Copa América. Un torneo que parece recuperado de un pasado lejano, casi ancestral, y en el que los artistas son mirados con desprecio, sospechosos habituales ante el desastre, y donde los soldados más esforzados y rabiosos cosechan medallas, galones y elogios que jamás soñaron para sí ni tan siquiera sus familiares más cercanos, padres y madres de bestias iracundas y escasamente dotadas para el encanto, el virtuosismo y la seducción. Acostumbrados a redactar las causas en función del resultado, especialistas del cambio de tercio y párrafos ya escritos si la pelota se cuela en alguno de los marcos, superado el minuto noventa de partido, se aferran estos admirables escribas a su propia credibilidad incapaces de ver un poco más allá de los enormes marcadores luminosos que, hoy día, campean ya en la mayoría de los estadios y que conforman su única concesión a la modernidad y el nuevo fútbol.

No se extrañen si en los próximos días se reabre el debate sobre el verdadero valor del fútbol de Messi. No se asusten si, otra vez, vuelven a ver su nombre comparado con el de otros futbolistas de talla menor y camisetas menos ofensivas que la azulgrana lucida por el 10 desde su alumbramiento en la oscura y tenebrosa Masía de R’lyeh: la tierra del dios Cthulhu y del noi de Santpedor. No se ofendan ni se hagan cruces si regresan la mofa y el insulto fácil dedicados a quién tantas veces se encargó de palidecer la piel y el gesto del analista de turno hasta confundirlo, sin remisión, con el blanco de la camiseta oculta bajo las chaquetas y corbatas de plató de televisión. Ya no se trata de fútbol ni de periodismo, sino de asegurarse el plato de comida que nunca ha faltado en sus mesas, redondas y opulentas como aquellas en las que el Rey Arturo reunía a sus fieles caballeros para contarse batallitas, los unos a los otros, y presumir ante las damas de la corte de haber matado con sus propias manos al temible dragón. Dan ganas de compararlos con Sant Jordi pero como no pretendo faltar al respeto debido a tan leales caballeros y castellanos viejos de lanza en astillero, los llamaré simplemente ‘sanjorges’. Que dios, o sea el propio Messi, los coja confesados cuando la muerte los lleve y se percaten de su terrible e imperdonable error, Ovrebo mediante.

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