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Lo mejor que tiene Manuel Jabois, además del pelo abundante y lustroso, es esa capacidad suya para transportarnos a momentos pasados -a veces incluso a futuros-, y rebozarnos en ellos como si fuésemos croquetas antes de freír nuestros sentidos en el aceite caliente de sus párrafos al punto. A mí, sin ir más lejos, me sacó de la inmundicia de las bodegas oscuras y las barras de bar con apenas sentarse a comer una caldeirada de rape, en Casa Otilio, a la que sacó tantas fotografías y mojó tanto pan que mi abuela estuvo a punto de salir de la cocina y repetir aquello tan suyo de “alguna enfermera se equivocó de criatura: tú no eres de esta familia, desgraciado”,  antes de adoptarlo a él como nieto, sin más preguntas, y previo paso a poner todo el capital familiar a su nombre en tan reñido testamento.

Puto Jabois… Unos meses después, en su casa de Madrid y con Juán Tallón como testigo de excepción, le pregunté que le parecían los primeros pasos de mi recién estrenado blog, a lo que él contesto: ¿Pero tú también escribes? No hay historias para tanto escritor, Cabeleira; vete a tu casa. En realidad me dejó dormir en su sofá, con una farola de la calle amargándome la noche frente a una ventana sin persianas, parpadeante, y por la mañana me desperté con las ojeras encendidas, el ánimo bajo y cubierto con una manta marrón con el logo de Casa Román: la competencia directa y más feroz de mi pequeño imperio hostelero en las Rías Baixas. Por un momento me sentí el protagonista de una nueva secuela de ‘Scarface’ y ante mis ojos vi pasar un camión de la basura con un letrero luminoso en la cabina que decía “El mundo es tuyo”, certificando mi muerte como escritor antes de haber comenzado, siquiera, a distinguir un pronombre de un adverbio… Y en esas seguimos todavía, no sé crean; qué les voy a contar.

Hace unas semanas, atrevido de mí, le envié un adelanto del libro que estoy intentando escribir, si es que se le puede llamar libro, que yo empiezo a sospechar que no pero tampoco he venido aquí a tirar piedras contra mi propio tejado, faltaría más. “Parece escrito por alguien que pretende ser escritor pero que no llega”, me dijo en un mensaje de whatsapp que ya me hubiese gustado plagiar y firmar. Para suavizar un poco el sopapo, añadió que la historia se dejaba leer y que eso era lo realmente importante, lo que me convenció de dos cosas: que ya me tiene un cierto afecto, digamos algo de cariño, y que debería enterrar el dichoso manuscrito bajo mil piedras y volver a empezar de cero, si no pedir plaza en algún atunero de bandera de conveniencia y marcharme a Senegal, a buscar mejor fortuna.

Leyendo ‘Pavés’, su último artículo para el País, volví a recordar por qué me metí yo en esta vaina de poner garabatos negros sobre un papel en blanco y atreverme a firmar con mi nombre, aunque sea falso: yo siempre quise ser como Jabois, en el fondo, solo que no lo conocía y nadie me avisó de los riesgos. Ojalá no sea demasiado tarde para que la abuela Saladina cambie de parecer y, al menos, siga teniendo un bar al que volver cuando termine esta aventura que, por lo que a mí respecta, comienza a parecerse demasiado a la cara de Gianni Bugno cada vez que intentaba poner contra las cuerdas a Miguelón y terminaba doblando la cabeza, el espinazo y respirando por los ojos. Me queda el consuelo, supongo, de que en medio del gran pelotón ciclistas parecemos todos, y tampoco es que me siente tan mal el maillot y el culote de Gatorade. “Escritor sin obra, maldito y eterna promesa: eres el under perfecto, Cabeleira”, me dijo en otra ocasión..Y tú el amigo ideal, querido Manu, pero empieza a ahorrarte algunas verdades incómodas, chuliño; hazme el favor.

Fotografía de Miguel Selas para “El Progreso”.

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