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Después de ciento cuarenta seis minutos más los descuentos, el Barça seguía perdiendo por cuatro a uno su quinta final de la temporada, esta vez frente al Athletic de Bilbao, justo y honroso campeón de la Supercopa de España. Así lo reconoció Luis Enrique en sala de prensa, alejándose del enfermizo victimismo del que hizo gala su secretario técnico, alguno de sus jugadores, la parte contratante de la prensa bizca habitual y un alto tanto por ciento de la afición, al menos la de ámbito tuitero: los mismos que suelen revolverse indignados cuando alguien osa poner en duda alguno de sus logros pero que, a la postre, se muestran incapaces de predicar con el ejemplo a la primera de cambio.

Cualquier esperanza de remontada, si es que la hubo, se la llevó a cuestas Piqué camino del vestuario, expulsado por acordarse de muy malas maneras de la madre de un juez de línea. Hace solo unos días que sus compañeros nombraron a Mascherano cuarto capitán del equipo y ayer pudimos comprobar, otra vez, el porqué. Y es que sabiendo quién era el árbitro del encuentro, y los antecedentes personales que arrastran, poco o nada debería costar al central catalán contener su verborrea despectiva y demostrar un poco más de profesionalidad, inteligencia y compañerismo. Prefirió dejar a su equipo con diez con treinta y cuatro minutos por delante para jugarse el título a una o dos cartas.

Poco o muy poco había demostrado el Barça hasta entonces, muy alejado de aquel vendaval que borró del campo al mismo rival en la final de Copa y que ayer apenas inquietó lo justo a un Athletic de Bilbao que debió salir ovacionado de un Camp Nou lleno de turistas, peñistas con entradas regaladas y un buen puñado de socios que cada día se sienten más extraños en su propia casa. El planteamiento impecable de Valverde, el desparpajo de una nueva camada de jóvenes leones, y la entrega de viejos roqueros como Aduritz y Gurpegui terminaron por llevarse un trofeo para Bilbao que llenó de alegría las ciudades de media España, en una explosión de sentimiento rojiblanco, blanco, y también rojo comunista, intuyo que inspirados por The Work Class Hero, Sergio Ramos.

Se quedó Luis Enrique sin completar el Gran Slam, algo que resulta tan complicado que nadie lo ha conseguido salvo un señor al que enseguida salieron unos cuantos voceros a recordarle que él no ha sido capaz de ganar una triste Supercopa en Alemania, como si no fuese él tan culé como el que más y ayer se alegrara de la derrota del club que se lo ha dado todo y al que ha devuelto hasta el último gramo de la gloria entregada con creces. El año pasado, por cierto, y antes de enfrentarse al Porto, comenzó la charla en el vestuario del Bayern con la siguiente advertencia: “Nunca os he hablado sobre los árbitros pero mañana nos pita Velasco Carballo”. Se le pasó ese detalle al más listo de la clase, precisamente: Gerard Piqué.

 

Foto publicada por deportesrcn.com

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