O noso Rabudo.

periodista-Nacho-Miras-Fole_EDIIMA20140204_0675_13 (1)

Un día, no sé exactamente cuándo, entró Nacho Mirás en casa por la pantalla del ordenador y ahí se quedó el tipo, sospecho que para siempre pues, ni él parece tener ganas de irse ni yo tengo ninguna de que se vaya. Cuando hablo de casa me refiero a la mía, claro; la suya sí que notará los cambios y la ausencia forzada por un tumor cerebral al que él mismo bautizó con el nombre de Casiano. “Él no quería“, que diría Pepe Domingo Castaño, pero el puto Casiano no le ha dejado más opción que poner rumbo al bar de Alvite, que estará llorando a estas horas, o enfurruñado, por tener que salir a recibirlo.

Cualquiera que no haya conocido en persona a Nacho Mirás, “¡por delante y por detrás!“, como gustaba recordarnos a menudo, puede darle estatus de compadre a base de rebozarse en los cientos de columnas que nos deja en herencia como un tesoro de abuelo, uno de esos que nunca se tiene muy claro dónde lo tenemos guardado pero que, el día que aparece, nos fuerza la sonrisa aunque toque ir al dentista, al oncólogo o a misa. Para cualquiera que no guarde lazos familiares con él, y no solo me refiero a los de sangre, es sencillo afrontar su temprana muerte pues a golpe de click se lo encuentra uno donde siempre, con la misma sonrisa franca y su prosa radioactiva, que dijo una vez el Riquiño.

Mi hermano Barros, Dieguiño, era su alumno, o al menos no presume de otra cosa, el muy cabrón. Para ser más precisos y no faltar a la verdad les cuento que ahora también presume de mellizos, pues ha sido padre hace poco tiempo, aunque tampoco descarten ustedes que sea de gemelos: mi cabeza sana vale la mitad que la de Mirás soportando la cacerolada de Casiano y las abrasiones de la ciencia para tratar de curarlo; no hay por dónde cogerla. Diego sí va a notar la marcha de su mentor pues lo suyo no era cosa de click y enlaces, lo suyo eran lazos de esos que se dicen estrechos, aunque lo único estrecho que se le intuía a Mirás desde la distancia era el bolsillo, como al noventa por ciento de la profesión.

Se va de su casa pero se queda en la de todos un periodista rabudo, un escritor de sete estralos, un gaiteiro y un percusionista, un motero, un padre, un marido y hasta un buen yerno… “Aprende de tu hijo“, le decía su suegra en los días en que la cordinación ya no lo acompañaba y le costaba hasta rebañar los yogures con la cuchara. A mí se me queda cierta pena por ser uno de los que solo podremos presumir de conservarlo intacto en el lugar de siempre, en la pantalla del ordenador, y también por saber que nunca podremos leer lo que Nacho Mirás Fole querría escribir sobre la muerte de Nacho Mirás Fole. Descanse en paz, Rabudo: O noso Rabudo.

Fotografía publicada por elrincondegalicia.com