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Miren ustedes a su alrededor y verán que todos tenemos cerca alguna persona un tanto desorientada, confusa, tan perdida y vulnerable como el mismísimo e ilustre Presidente de la Junta de Extremadura, el señor Guillermo Fernández Vara. Baso esta afirmación tan ligera y pronunciada desde la distancia en la confesión realizada por Don Guillermo a mi estimado Jorge Bustos, un madridista de raza y plenamente consciente de su blanca condición desde rapaz, en la que el político extremeño aseguró que por primera vez en su vida estaba decidido a renunciar al placer de ver un partido del equipo de sus amores, el Barça, muy disgustado por el asunto de las esteladas en el Camp Nou. ¡Ah, los amores de los presidentes extremeños! Darían para un libro, supongo.

Su confesión me recordó a un tío mío que se enganchó a la heroína en los ochenta sin apenas darse cuenta, como quien dice con los ojos cerrados. Cada día, él y un amigo del pueblo con las mismas inquietudes personales se pasaban a tomar algo por un local clandestino conocido como El Tele, apenas una vieja bodega de casa antigua equipada con un equipo estéreo, un video Beta, dos bombillas rojas, ramitas de incienso humeando por todas partes, una barra de ladrillo desnudo y algunas banquetas de madera, la mayoría cojas y destartaladas. En cierta ocasión en que por razones que no vienen al caso se presentó solo a desentenderse del mundo, un desconocido habitual se le acercó para proponer la compra a medias de una micra de heroína, lo cual escandalizó tanto a mi querido tío que amenazó con reventarle la cabeza allí mismo ante semejante oferta y atrevimiento. Desconcertado, el muchacho se disculpó aduciendo que creía haberlo visto varias veces pillando y consumiendo en compañía del amigo ausente aunque, bien mirado, podría estar confundido, claro. Mi tío respondió sin pestañear: “¡Pero nosotros nos metemos caballo, animal, no heroína!”.

A Fernández Vara nadie le ha explicado qué es el Barça, qué representa, de dónde viene y hacia dónde va, si lo dejan. Ni siquiera el mismísimo ex presidente Sandro Rosell, quién se desplazó a Extremadura nada más ganar las elecciones de 2010 para pedirle perdón por las excentricidades de su antecesor, Joan Laporta, tuvo la bondad. Fernández Vara ha leído poco a Montalbán, nunca se ha fijado en las fotografías de archivo y apenas se ha interesado por la historia del club que tanto dice amar, o de lo contrario no se atrevería con tales afirmaciones salvo que esté haciendo justamente lo contrario de lo que una vez solicitó públicamente: apartar al Barça de la política y tratar de buscar réditos electorales en otra parte. Como no tengo alma de historiador me ahorraré las explicaciones sobre la naturaleza del club pero si me permito aconsejar a Don Guillermo, y a otros muchos culés de la península que dicen sentirse ofendidos por la bandera de la estrella, a que se sumerjan en la apasionante historia de este club más allá de los editoriales de Mundo Deportivo, las zapatillas y pijamas del Sport o los cromos de Panini. Y si pese a todo lo que puedan descubrir siguen decididos a mantener su discurso, entonces bien harían en aplicar la filosofía de aquel amigo de Fernando González, mi admirado y celeste Gonzo, el cual aseguraba odiar el alcohol como pocas cosas en la vida y cuando se emborrachaba con los compañeros de clase, en la universidad, acompañaba cada trago con un sincero y apropiado “¡Joder, qué asco más rico!”.

Fotografía publicada por http://www.ara.cat

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